Sinopsis
Un reino a punto de cambiar. Un secreto congelado en el corazón. Y un amor que desafiará a dos coronas.
A punto de ascender al trono de Arendor, la princesa Aria vive aterrorizada por dos grandes cargas: la abrumadora responsabilidad de gobernar a su pueblo tras la muerte de sus padres y un peligroso don milenario de magia de hielo que apenas puede controlar.
Buscando una tregua antes del día de su coronación, Aria se aventura de incógnito por las calles de la ciudad. Pero lo que debía ser una simple escapada la conduce a un rincón olvidado de Arendor y a los ojos de Erik, un misterioso y atractivo joven del norte que parece entender su soledad como nadie. Entre tardes furtivas en un banco de madera, caricias robadas y un beso desesperado en la penumbra, una chispa imprevista amenaza con consumir sus miedos.
Sin embargo, el destino guarda su propia revelación.
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CAPÍTULO 12: La Llegada del Príncipe Lian y la Sangre del Norte
La tranquilidad relativa de Arendor se vio sacudida tres días después con la llegada al puerto de una flota de tres imponentes dromones de guerra procedentes de Vaeloria. Al frente de la delegación no venía un general adusto ni un embajador anciano, sino el príncipe heredero secundario: Lian Voronov.
Aria y Lyra, flanqueadas por la guardia real y el propio Rey Erik, recibieron a la delegación en la Gran Plaza de Armas del castillo.
Cuando el joven príncipe desmontó de su semental blanco y se quitó el yelmo de viaje, una brisa marina pareció refrescar la plaza. Lian tenía diecinueve años y poseía la belleza impactante propia de la dinastía Voronov, pero donde Erik era una fortaleza de piedra y severidad, Lian era luz, dinamismo y expresividad. Su cabello oscuro era algo más largo, cayéndole en rizos rebeldes sobre la frente, y sus ojos azules no tenían el tono de un glaciar impenetrable, sino el color transparente de un lago de montaña bajo el sol estival.
—¡Hermano! —exclamó Lian, rompiendo todo el protocolo de la corte. Avanzó con pasos largos y se arrojó a los brazos de Erik.
Para sorpresa de Aria y de los nobles presentes, el normalmente imperturbable Rey Erik correspondió al abrazo con una fuerza devastadora, levantando a su hermano menor del suelo por un instante y revolviéndole el cabello con una sonrisa amplia y llena de orgullo fraternal.
—Te dije que no vinieras con tanta escolta, Lian —reprendió Erik con tono afectuoso pero firme.
—¿Y dejar que te enfrentes solo a estos diplomáticos del sur? Ni lo sueñes —rió Lian, para luego girarse con elegancia impecable hacia la reina de Arendor—. Su Majestad, Reina Aria. Es un honor que va más allá de las palabras contemplar finalmente a la mujer que ha logrado derretir el corazón de granito de mi hermano.
Aria sonrió con calidez, notando de inmediato la devoción mutua entre ambos hermanos.
—Bienvenido a Arendor, Príncipe Lian —dijo Aria—. Tu hermano no ha dejado de hablarme de tu talento y de tu lealtad.
—Solo dice la verdad sobre mi talento, los elogios sobre mi disciplina seguro son exageraciones —bromeó el joven príncipe, haciendo una reverencia teatral.
Fue en ese instante cuando la mirada de Lian se desplazó hacia la figura que permanecía un paso detrás de la reina: la princesa Lyra.
Lyra vestía un traje de cabalgata de terciopelo carmesí que contrastaba violentamente con sus rizos castaños y sus ojos avellana encendidos. Observaba al recién llegado con los brazos cruzados y una ceja alzada, evaluándolo como si fuera un invasor insolente.
Lian se detuvo. Una chispa indiscreta brilló en sus ojos azules.
—Y esta joya indomable debe ser la famosa Princesa Lyra —dijo Lian, dando un paso hacia ella y tomando su mano antes de que la joven pudiera reaccionar. En lugar de besar el dorso con la frialdad protocolaria, rozó la piel con sus labios mientras mantenía la mirada fija en los ojos de ella—. Había oído historias sobre la belleza rebelde de la casa real de Arendor, pero veo que los cronistas se quedaron cortos.
Lyra retiró la mano con brusquedad, sintiendo un calor repentino subirle por las mejillas que la irritó profundamente.
—Y yo había oído que los príncipes del norte tenían modales de hielo, pero veo que tú prefieres los halagos baratos de taberna, Príncipe Lian —replicó Lyra con mordacidad, ajustándose el guante.
Lian soltó una carcajada limpia y sonora que resonó en las paredes de piedra.
—Me gusta. Tiene fuego —comentó el príncipe mirándola con abierta fascinación—. Vaeloria es demasiado fría; un poco de fuego nos vendría bien.
Erik y Aria intercambiaron una mirada divertida, mientras que Lyra rodó los ojos y dio media vuelta con altivez, aunque el latido desbocado de su corazón traicionaba su aparente indiferencia.
Esa misma tarde, mientras las dos familias reales compartían un almuerzo privado en la terraza de las glicinias, Aria pudo constatar la hermosa y profunda relación entre los hermanos Voronov. Lian no solo era el hermano menor; era el confidente, el alivio cómico y el pilar emocional de Erik.
Cuando Erik se alejó un momento para hablar con el capitán de la guardia, Lian se acercó a Aria y le habló con absoluta seriedad.
—Erik ha cargado con el peso de nuestro reino desde los catorce años, Majestad —explicó Lian, bajando la voz—. Nuestro padre era un hombre despiadado que convirtió la infancia de Erik en un entrenamiento militar sin fin. Yo me salvé de esa crueldad porque Erik siempre se puso entre mi padre y yo. Él recibió los golpes, los castigos y las exigencias para que yo pudiera crecer pintando, esculpiendo y siendo libre. Le debo mi vida y mi alma. Si él ha decidido que su felicidad está a tu lado en Arendor... yo haré lo que sea necesario para proteger su decisión, incluso si eso significa enfrentarme al Consejo de nuestro reino.
Aria sintió un nudo en la garganta ante la nobleza del joven.
—¿Tú también posees la magia del hielo, Lian? —preguntó la reina suavemente.
Lian sonrió con modestia y extendió la mano hacia una copa de cristal llena de agua sobre la mesa. A diferencia de la magia abrumadora e imponente de Erik o el poder tempestuoso de Aria, la energía de Lian era delicada. El agua de la copa comenzó a congelarse desde el centro, elevándose en una fina espiral transparente hasta formar la figura perfecta de un colibrí helado que extendió sus alas minúsculas antes de descansar sobre el borde de la mesa.
—La mía no sirve para la guerra ni para congelar ejércitos —admitió Lian con una leve sonrisa—. Es una magia pequeña, artística. Pero es mi forma de recordar que incluso en el invierno más severo hay espacio para la belleza.
Desde el otro extremo de la terraza, Lyra observaba la escultura de hielo con los ojos abiertos de par en par, incapaz de ocultar la fascinación que el joven príncipe del norte estaba empezando a despertar en ella.