De día soy el hijo perfecto, el alumno intachable que todos esperan ver. De noche me pongo la máscara y me convierto en Nox: la voz libre que miles esperan escuchar. Todo funcionaba en secreto hasta que mi seguidor más fiel, la única persona que realmente me entiende, resulta ser el mismo hombre que cada día me despierta curiosidad en la vida real. Ahora debo elegir: seguir escondiéndome para siempre, o encender la luz y mostrarle quién soy de verdad.
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SEGUNDA TEMPORADA CAPÍTULO 1
El viento golpeaba suavemente contra la ventana de la pequeña habitación que Damián ahora llamaba suya: un espacio sencillo, lleno de luz, en una casa que su madre había alquilado lejos de la mansión familiar, lejos de los muros que lo habían encerrado durante años. Habían pasado casi cuatro meses desde aquella tarde en el parque, cuatro meses desde que las investigaciones se abrieron, desde que su padre tuvo que enfrentar las consecuencias de sus actos, desde que por fin le dijeron que era libre de decidir sobre su propia vida. Sin embargo, esa palabra —libertad— todavía se sentía extraña en su boca, como algo que no le pertenecía del todo, como un regalo frágil que podía romperse en mil pedazos si se movía con demasiada fuerza.
Se sentó al borde de la cama y miró sus manos: ya no estaban tan temblorosas como antes, pero todavía le costaba mantener la calma cuando escuchaba un ruido inesperado, cuando alguien llamaba a la puerta, cuando veía un coche oscuro detenerse demasiado tiempo cerca de la acera. Las heridas físicas habían sanado hacía mucho, pero las otras —las que se clavan en la mente y en los instintos— seguían ahí, latentes, apareciendo en cada pesadilla que lo despertaba sudando frío en mitad de la noche, con el corazón golpeándole desbocado y la sensación de que todavía estaba encerrado en esa habitación de la planta baja, escuchando cerrojos cerrarse tras de sí.
Gael apareció en el marco de la puerta unos minutos después. Traía dos tazas de té caliente, y se detuvo un instante al ver la expresión perdida de Damián. Sabía exactamente qué estaba pensando; lo notaba en la forma en que sus hombros se mantenían ligeramente tensos, en cómo su aroma natural, que solía ser suave y dulce, ahora se mezclaba con un trasfondo de inquietud que no lograba ocultar. Se acercó despacio, sin hacer movimientos bruscos, y le extendió una de las tazas.
—¿Otra vez soñaste con eso? —preguntó con voz baja, sentándose a su lado sobre el borde de la cama.
Damián asintió sin levantar la vista, sintiendo cómo se le humedecían los ojos.
—Pensé que con el tiempo se irían —susurró—. Pensé que al estar aquí, contigo, ya no tendría que sentir miedo. Pero a veces… a veces siento que nada ha cambiado realmente. Que solo es cuestión de tiempo para que todo vuelva a ser como antes. Que en cualquier momento vendrán a buscarme y me llevarán de nuevo.
Gael dejó la suya sobre la mesita y tomó con mucho cuidado la mano de Damián entre las suyas, entrelazando sus dedos como solían hacer antes, pero ahora con una delicadeza aún mayor, consciente de lo frágil que se sentía todo.
—Es normal que te sientas así —le dijo con sinceridad—. No se borran años de miedo en unos pocos meses. Lo que vivimos nos marcó a los dos, Damián. Yo también me despierto a veces pensando que todavía estás encerrado, que no logré sacarte a tiempo. Pero estamos aquí. Estamos intentándolo. Eso es lo que importa.
Sin embargo, por más que intentaran construir pequeños momentos de calma, el pasado no dejaba de llamar a su puerta de formas sutiles y perturbadoras. Esa misma tarde, cuando Damián regresaba de dar un paseo corto por el barrio, encontró un pequeño sobre blanco apoyado contra el pomo de la puerta de entrada. No tenía remite, ni nombre, ni ninguna marca que indicara quién lo había dejado. Al abrirlo con manos temblorosas, solo encontró dentro una sola frase escrita con letra impresa: *“Las cadenas solo se rompen por fuera. Los nudos siguen ahí adentro. No creas que has ganado”*.
El corazón se le detuvo un instante. Entró a la casa corriendo y se lo mostró a Gael, que al leerlo frunció el ceño con preocupación creciente.
—¿Crees que es él? —preguntó Damián con voz entrecortada—. ¿Crees que mi padre sigue vigilándome?
—No lo sé —admitió Gael con total honestidad—. Pero no vamos a dejar que esto nos vuelva a atemorizar. Iremos a la policía si es necesario, pondremos medidas de seguridad, haremos lo que haga falta. Pero no dejes que estas palabras vuelvan a meterse en tu cabeza.
Pero ese mensaje fue solo el primero. En los días siguientes empezaron a ocurrir cosas extrañas: objetos que desaparecían y luego aparecían en lugares donde recordaban haberlos puesto, luces que se encendían solas por la noche, llamadas telefónicas que se cortaban en cuanto contestaban. Cada pequeño suceso, por insignificante que pareciera, hacía que la tensión volviera a crecer entre ellos. Damián empezó a aislarse de nuevo, a mirar por la ventana con desconfianza, a preguntarse si realmente habían dejado atrás el peligro o si este solo había cambiado de forma. Gael, por su parte, sentía que la responsabilidad recaía entera sobre sus hombros: si algo le pasaba a Damián, sería su culpa por no haber sabido protegerlo lo suficiente. Esa culpa silenciosa empezó a crear una pequeña pero dolorosa distancia entre ellos: Damián no quería ser una carga, así que callaba sus miedos; Gael no quería agobiarlo, así que callaba sus propias preocupaciones. Y poco a poco, sin darse cuenta, dejaron de hablar de lo que realmente les dolía.
Una noche, mientras cenaban en un silencio incómodo, Damián se atrevió a decir lo que llevaba días guardando:
—Quizás… quizás sería mejor que tomemos distancia un tiempo.
Gael levantó la vista de golpe, con la expresión herida y confundida.
—¿Qué estás diciendo?
—Que tal vez si no estás conmigo, no te pase nada malo —respondió Damián con la voz rota—. Todo lo que nos pasa, todas estas cosas extrañas… es por mi culpa. Por estar conmigo te pones en riesgo una y otra vez. No quiero seguir arrastrándote a esto.
—¡No digas eso! —exclamó Gael, levantándose de la silla sin poder contenerse—. Tú no eres una carga, Damián. Yo estoy aquí porque quiero estar, porque elijo estar contigo a pesar de todo. Pero si seguimos ocultándonos lo que sentimos, si seguimos cargando esto solos, entonces sí nos vamos a perder.
Esa discusión les hizo darse cuenta de que, aunque las amenazas externas habían cambiado, su mayor dificultad ahora estaba entre ellos mismos: las secuelas de todo lo vivido, la dificultad para confiar plenamente, el miedo constante a que el otro salga lastimado. Y como si esto no fuera suficiente, al día siguiente llegó una noticia que sacudió todo lo que creían saber: la madre de Damián recibió una llamada inesperada que le informaba que habían encontrado documentos antiguos guardados en un archivo olvidado de la familia, documentos que revelaban que la enemistad entre los Vera y la familia de Gael no era algo reciente, sino que se remontaba a más de treinta años atrás, a un suceso del que nadie había hablado jamás.
Cuando Damián se lo contó a Gael, ambos se quedaron mirándose en silencio, entendiendo de golpe que lo que estaban viviendo no era solo una pelea entre un padre autoritario y su hijo: eran el eslabón más reciente de una historia rota, llena de secretos y rencores que venían de mucho antes que ellos. Y que ahora, esas verdades olvidas habían despertado, y no los dejarían en paz.
La noche cayó sobre ellos más pesada que nunca. Sabían que la lucha no había terminado, al contrario: apenas empezaba a mostrarles su verdadera cara. Y lo más doloroso era que, incluso estando juntos, sentían que caminaban sobre suelo inestable, sin saber qué nuevo secreto saldría a la luz al día siguiente, ni qué precio tendrían que pagar por estar el uno al lado del otro.