En los años de mayor esplendor de Al-Jazair, cuando la paz reinaba absoluta tras la gran victoria de Karim y Amara, el palacio real brillaba con una luz que parecía no pertenecer a este mundo. Los jardines eran eternamente verdes y floridos, las fuentes cantaban día y noche, y la gente vivía segura y feliz bajo el gobierno sabio y justo del Rey Zayn y la Reina Elena. Todos conocían y amaban la historia de su hijo mayor, Karim, el príncipe que había salido en busca de su destino, había vencido a la oscuridad y había traído la luz definitiva. Su nombre se contaba en canciones, en libros y en historias que las madres contaban a sus hijos antes de dormir.
Pero había otra historia, la de alguien que vivía en la misma sombra de esa gloria, alguien que tenía la misma sangre, la misma magia, pero un espíritu completamente distinto y salvaje. Era Layla, la hija pequeña de Zayn y Elena, nacida años después que su hermano.
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EL PRÍNCIPE DE VELARION
El viento soplaba fuerte y fresco entre las montañas altas, trayendo consigo el olor a pino, a tierra húmeda y a nieve lejana, mientras Layla y Caelen cabalgaban lado a lado, alejándose cada vez más de las Tierras de la Frontera Salvaje. Ya no iban con paso lento ni incierto; ahora, cada paso que daban tenía un propósito, un destino claro. Había cambiado todo entre ellos: la duda había desaparecido, y en su lugar había surgido una certeza absoluta, poderosa y brillante.
Caelen cabalgaba erguido, con la cabeza alta, y aunque seguía vistiendo sus ropas sencillas de siempre, algo en su porte, en su mirada y en la forma en que se movía había cambiado por completo. Ya no era el hombre sombrío, el guía despreciado que todos ignoraban. Ahora, cada gesto suyo revelaba la grandeza que llevaba dentro, la autoridad innata de quien ha nacido para gobernar, de quien pertenece a una estirpe legendaria.
—Velarion —repitió él en voz baja, probando el sonido de esa palabra antigua, dejándola rodar en su lengua como si fuera algo precioso que hubiera recuperado tras mucho tiempo—. La Casa de Velarion… El Reino de Aethyr. La Luz Eterna. Lo he escuchado en mi cabeza tantas veces, como un susurro lejano, pero nunca le di sentido hasta ahora.
Se volvió hacia Layla, y sus ojos, ese azul grisáceo que tanto le gustaba a ella, brillaban ahora con destellos de un azul profundo y real, del color del zafiro más puro, tal como correspondía a su linaje.
—Me contaste que tu tía Amara es la princesa de Zoraya, el reino del Sol Azul —dijo él, con esa voz grave y potente que hacía que el cuerpo de Layla reaccionara siempre—. Entonces, mi familia… los Velarion, somos los guardianes de la Luz Eterna, la sangre más antigua que existe, anterior incluso a la de Zoraya y a la de Al-Jazair. Éramos los más poderosos, los que mantenían el equilibrio de la magia en todo el mundo.
Layla asintió, maravillada, escuchándolo hablar. A medida que él iba reconociendo su verdad, su memoria regresaba poco a poco, y ella, que había leído todos los libros de historia antigua de la biblioteca real, iba encajando las piezas del rompecabezas con una emoción creciente.
—Sí —respondió ella, acercando su caballo al suyo para rozar su mano con la suya—. Hace más de veinte años, hubo una gran guerra en el norte. Se habló de traición, de magia oscura que quiso apagar la luz de tu reino. Se dijo que toda la familia real fue aniquilada, que el castillo se derrumbó y que el reino desapareció bajo una niebla eterna. Pero siempre hubo leyendas que decían que el heredero había sobrevivido, que lo habían escondido en algún lugar seguro, lejos de sus enemigos, para proteger su sangre y su poder. Tú eres ese heredero, Caelen. Tú eres el último Príncipe de Velarion.
Él apretó su mano con fuerza, mirando al horizonte con una mezcla de dolor, rabia y orgullo que le hacía brillar los ojos con lágrimas que no quería derramar.
—Recuerdo el ataque —dijo él de repente, con voz entrecortada, mientras imágenes nítidas empezaban a inundar su mente—. Recuerdo el fuego, el humo negro que lo cubría todo. Recuerdo a mis padres… mi padre, alto, fuerte, con una capa blanca bordada en oro, y mi madre, hermosa, dulce, con el cabello del color del trigo y ojos del mismo azul que los míos. Recuerdo que me abrazaron, me pusieron este medallón… —se tocó el pecho, justo donde debajo de su ropa llevaba la pieza de oro que le habían puesto de niño—… y me dieron a unos hombres de confianza, diciéndoles: «Llevadlo lejos. Protegedlo. Él será quien nos vengue y recupere nuestra luz». Luego… nada. Oscuridad. Hasta que desperté solo en el bosque.
Se detuvo un instante, respirando hondo para calmar la emoción que le estrujaba el pecho, y luego volvió a mirar a Layla, con una intensidad que la hizo estremecerse de amor y admiración.
—Y luego te encontré a ti —dijo él con suavidad—. La princesa de Al-Jazair, la sobrina de Amara de Zoraya. ¿Te das cuenta, Layla? Nuestras familias siempre estuvieron unidas por alianzas antiguas, por magia compartida, por historia. Lo que hay entre nosotros no es solo amor… es destino escrito hace siglos. Nosotros somos la unión de las tres sangres más poderosas del mundo. Juntos, podemos hacer cosas que nadie más en la historia ha podido hacer.
Layla sintió un escalofrío recorrerle todo el cuerpo, pero no de miedo, sino de una emoción inmensa, de la conciencia de la grandeza de lo que estaban viviendo. Él tenía razón. No era casualidad que ella hubiera huido de casa, que hubiera llegado a esas tierras, que lo hubiera defendido en el mercado, que hubieran conectado de esa forma tan explosiva y perfecta desde el primer segundo. Todo estaba planeado por fuerzas más grandes que ellos mismos.
—Entonces, mi príncipe de Velarion —dijo ella con una sonrisa desafiante y llena de amor—, ¿cuál es el siguiente paso? ¿Vamos a reclamar tu reino? ¿Vamos a enfrentarnos a los que te quitaron todo?
Caelen sonrió también, esa sonrisa que ahora tenía la seguridad de un rey, y espoleó su caballo para ir más rápido, hacia las montañas del norte, hacia donde su memoria le decía que debían ir.
—Vamos a recuperar lo que es nuestro —respondió él con firmeza—. Pero primero… vamos a asegurarnos de que nada ni nadie nos separe. Porque ahora que sé quién soy, sé también que mi mayor tesoro, lo único que realmente importa en este mundo, eres tú, Layla.
Al llegar a un valle profundo y protegido, rodeado de rocas altas que formaban un refugio natural, decidieron detenerse para descansar y pasar la noche. El sol empezaba a ocultarse, tiñendo el cielo de colores intensos, y la luz de las estrellas comenzaba a brillar con una fuerza especial, como si el cielo mismo reconociera la presencia del Príncipe de Velarion.
Mientras encendían un fuego pequeño para calentarse, la tensión que siempre existía entre ellos, esa mezcla de amor, misterio y pasión, se volvió casi insoportable. Ahora que sabían la verdad, que habían confirmado que eran iguales, que pertenecían el uno al otro por derecho de sangre y de destino, el deseo ardía con más fuerza que nunca.
Caelen se acercó a ella despacio, con esa elegancia natural que tenía, y la tomó entre sus brazos, pegando su cuerpo fuerte y cálido al de ella. Sus ojos zafiros la miraban con hambre, con adoración, con una posesividad real que hacía que el corazón de Layla latiera desbocado y que su piel se cubriera de escalofríos de placer.
—Te amo, Layla —le susurró contra los labios, con voz ronca y profunda—. Te amo como hombre, como príncipe, como mago y como todo lo que soy. Y esta noche… voy a amarte como lo que eres: mi igual, mi reina, mi todo.