NovelToon NovelToon
En la cama del esposo de mi hermana

En la cama del esposo de mi hermana

Status: Terminada
Genre:Romance / Venganza / Dominación / Vientre de alquiler / Romance oscuro / Completas
Popularitas:24.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Angel_fr_Hell

Valentina Reyes ha pasado toda su vida a la sombra de Mariana, la media hermana que le robó su lugar, su apellido y hasta el último recuerdo de su madre.
Cuando Mariana descubre que no puede darle un heredero a su poderoso esposo, obliga a Valentina a hacerse pasar por ella y entrar en la cama de Alejandro Quirós, el magnate más frío y temido de la Ciudad de México. El trato parece sencillo: quedar embarazada, entregar al bebé y desaparecer.
Pero Valentina no piensa obedecer.
De día será Mariana, la perfecta señora Quirós. Entre los sirvientes se ocultará bajo el nombre de Lucero. Y en secreto seguirá siendo Valentina, la mujer dispuesta a recuperar todo lo que su hermana le arrebató.
Solo hay un problema: Alejandro parece conocer cada una de sus máscaras. La observa demasiado, pronuncia su verdadero nombre cuando nadie debería saberlo y la desea como jamás deseó a su esposa.
Valentina creyó que estaba seduciendo al esposo de su hermana.
Lo que todavía no sabe es que Alejandro nunca fue engañado.

NovelToon tiene autorización de Angel_fr_Hell para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 5

Capítulo 5

La que toca el arpa

La rutina se armó en tres días.

Por las mañanas, Valentina bajaba a la cocina como Lucero, preparaba el café de Alejandro y se lo subía al estudio. Un minuto a solas con él. Dos, si tenía suerte. Él tomaba un trago, asentía con la cabeza, y ella se retiraba. Nunca le decía "Gracias." Nunca le pedía que se quedara. Pero tampoco dejó de pedirle el café.

Por las tardes, cuando Mariana "visitaba" la casa, Valentina se transformaba en su sombra: le cargaba el bolso, le servía agua, le respondía "Sí, señora" con la cabeza baja. Mariana apenas la miraba. El personal tampoco. Lucero Vargas era invisible, que era exactamente lo que necesitaba ser.

Por las noches, subía al estudio a las once. Tocaba el arpa hasta que Alejandro cerraba los ojos. A veces tardaba veinte minutos. A veces cuarenta. Ella aprendió a leer su respiración: cuando dejaba de moverse el pecho rápido y las manos se le aflojaban sobre los brazos del sillón, estaba dormido. Entonces dejaba de tocar, cubría el arpa y bajaba descalza por las escaleras.

Él nunca le dijo que tenía insomnio. No hacía falta. Las ojeras lo decían por él, y la forma en que cerraba los ojos cuando ella empezaba a tocar —como quien se mete a un baño caliente después de un día largo— lo confirmaba.

La cuarta noche, él habló antes de dormirse.

—¿Quién te enseñó?

Valentina dejó que la última nota se apagara antes de contestar.

—Mi madre.

—¿Toca ella también?

—Tocaba. Murió hace años.

Silencio. Alejandro la miró con esos ojos que siempre parecían saber más de lo que decían.

—Lo siento.

Dos palabras. Dichas sin inflexión, sin adorno, como todo lo que él decía. Pero Valentina sintió que le apretaban el pecho como si alguien le hubiera puesto una mano encima.

—Gracias —susurró, y siguió tocando.

El viernes de la segunda semana, Lucía Montero llegó sin avisar.

Valentina la escuchó desde la cocina: tacones altos contra el mármol del recibidor, una voz aguda que ordenaba a alguien que le cargara las bolsas, y la risa nerviosa de Rosita tratando de avisarle a Nana.

—¿Quién es? —le preguntó Valentina a Nana en voz baja.

—La prima. —Nana se secó las manos en el mandil con cara de quien oye truenos—. Lucía Montero. Hija de la tía Liliana. Viene cuando le da la gana y se queda el tiempo que quiere. Le cae mal todo el mundo, pero la quieren porque es la prima del señor y no hay de otra.

—¿Le cae mal Mariana?

—Le cae pésimo. Dice que es una trepadora que se casó con su primo por el dinero. Se lo dijo en su cara en la boda. Dos veces.

Valentina apretó el trapo que tenía en la mano.

Lucía entró a la cocina como si fuera suya. Veinticinco años, pelo negro lacio hasta la cintura, vestido rojo, labios pintados del mismo color. Guapa y lo sabía. Mirada que evaluaba todo en menos de un segundo y encontraba todo insuficiente.

—Nana, qué bueno que estás. Necesito que me prepares la habitación de siempre. —Se sentó en el banco de la barra y cruzó las piernas—. Vine a ver a mi primo. ¿Está?

—En el estudio, señorita. Pero tiene reunión por teléfono.

—Lo espero. —Sus ojos se posaron en Valentina—. ¿Y esta quién es?

—Lucero Vargas. Asistente personal de la señora.

Lucía la recorrió de arriba abajo. La marca de nacimiento en la mejilla. El uniforme oscuro. Las manos quietas.

—Asistente personal. —Sonrió con la mitad de la boca—. Mi prima política necesita una sirvienta que la siga a todos lados. Qué modesto.

Valentina bajó la cabeza.

—Con permiso, señorita.

—No te vayas. —Lucía se inclinó hacia adelante—. ¿Cuánto llevas trabajando para ella?

—Unas semanas, señorita.

—¿Y cómo es? ¿Te trata bien?

La pregunta era una trampa. Cualquier respuesta que diera sería usada en contra de alguien. Valentina lo supo en el acto.

—La señora es muy amable conmigo.

Lucía soltó una carcajada corta y seca.

—Amable. Claro. —Se levantó del banco—. Voy a subir a ver a Alejandro. Que me suban un café, ¿quieres?

Salió sin esperar respuesta. Sus tacones resonaron escalera arriba.

Nana y Valentina se miraron.

—Te dije —murmuró Nana—. Un huracán con tacones.

Esa noche, Valentina cometió un error.

Eran las diez. Lucía estaba cenando con Alejandro en el comedor. Mariana había llamado para avisar que no iría esa semana. El personal ya se había retirado.

Valentina se escabulló al estudio.

No iba a tocar para Alejandro, que todavía estaba abajo. Iba a tocar para ella. Llevaba dos semanas interpretando piezas suaves, de cuna, diseñadas para dormir a alguien. Esta noche quería tocar algo que le doliera.

Se quitó la marca de nacimiento falsa. Se soltó el pelo. Dejó el mandil en el respaldo de una silla.

Se sentó frente al arpa, ajustó las cuerdas, y tocó.

La pieza era una que Aurora le enseñó el último invierno antes de morir. Menor, lenta al principio, con un arpegio descendente que sonaba como alguien caminando por una casa vacía. Después subía. Se complicaba. Los dedos le volaban por las cuerdas, las notas chocando unas contra otras, creando disonancias que se resolvían justo antes de romperse. El tipo de música que hace que te duela el pecho sin saber por qué.

Valentina cerró los ojos. Le temblaban los labios.

La última nota se sostuvo en el aire como un hilo a punto de romperse.

—No pares.

Abrió los ojos.

Alejandro estaba de pie en la puerta del estudio. No supo cuánto tiempo llevaba ahí. Camisa arremangada, sin corbata, un vaso de agua en la mano. La miraba con una expresión que ella no le conocía. Algo que se parecía a la atención que le ponía a los documentos del trabajo, pero más lenta. Más personal.

Se le cortó la respiración.

No traía la marca de nacimiento. Tenía el pelo suelto. Estaba sentada en el estudio de él, de noche, tocando el arpa de su madre muerta, sin uniforme, sin máscara, sin nada que dijera "Lucero Vargas, empleada de servicio."

—Señor, yo...

—Toca —repitió él. Se sentó en el sillón de siempre. Dejó el vaso en la mesa y la miró.

Se limitó a sentarse, como si encontrar a una empleada sin uniforme tocando el arpa de su madre a las diez de la noche fuera lo más normal del mundo.

Valentina tragó. Los dedos le temblaban sobre las cuerdas.

Tocó.

Eligió algo más seguro esta vez. Una pieza que conocía de memoria, que podía tocar con los ojos cerrados y el cerebro en otro lado. Necesitaba pensar. Necesitaba calcular cuánto había visto, cuánto había oído, cuánto había deducido.

Pero los dedos le desobedecían. La pieza segura se deslizó hacia otra, y luego hacia otra, y sin darse cuenta estaba tocando la misma melodía de antes: la de Aurora, la que dolía.

Cuando terminó, Alejandro tenía los ojos cerrados.

Dormido.

Valentina se quedó sentada un minuto más, con las manos sobre las cuerdas, mirándolo respirar. El ceño se le había relajado. La mandíbula, siempre apretada, estaba suelta. Parecía diez años más joven.

Se levantó en silencio. Cubrió el arpa. Recogió el mandil. Se pegó la marca falsa en la mejilla con las manos todavía temblándole.

Salió del estudio y cerró la puerta sin hacer ruido.

En el pasillo, se recargó contra la pared y se llevó las manos a la cara.

La había visto. Sin la marca. Con el pelo suelto. Tocando como Valentina, no como Lucero.

Y no había dicho nada.

1
Elizabeth Del Valle Romero
no me gustó el final 😔
Dorkis Huerta
Buenas noches.
neumidia ruiz
te felicito escritora me encantó la narración, la trama fue distinta a tantas otras que he leído, me fascinó los personajes de los protagonistas
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play