Serena Mora tenía una vida perfectamente normal: universidad, tesis, y una novela de fantasía que leía para procrastinar. Hasta que despertó dentro de esa novela, atrapada en el cuerpo de la villana más odiada de la historia.
Su primera misión: hacer que el protagonista masculino se enamore de ella. El problema: él la odia con un puntaje de -123,456.
Adrián Navarro fue prisionero, torturado, y mutilado durante años. Su cuerpo se regenera de cualquier herida — un don que otros usaron para hacerlo sufrir. No confía en nadie. No ama a nadie. Y definitivamente no planea enamorarse de la mujer que lo tuvo cautivo.
Pero Serena no es la villana que él recuerda.
Con su espíritu guía (un loro parlanchín llamado Lilo), un medidor de afinidad que marca cifras ridículas, y un corazón demasiado terco para rendirse, Serena se propone cambiar el destino de todos. El de Adrián. El de sus amigos. El suyo propio.
Lo que no sabe es que su historia no empieza en una novela. Empieza hace diez mil años, cuando dos almas se encontraron por primera vez — y el destino juró separarlas.
Tres vidas. Trescientos años en el inframundo buscándola. Mil años reconstruyendo un cuerpo para volver a ella.
¿Cuántas primaveras hacen falta para un amor eterno?
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Capítulo 13
El incendio llamado León Castellar no se apagó después del duelo.
Solo aprendió a caminar junto al grupo con una sonrisa demasiado tranquila y la promesa tácita de volver a intentarlo en cuanto Tomás Calvo se distrajera. Serena Mora lo notó. Valentina Rojas también. Tomás, por desgracia, lo notó mejor que todos.
—Nada de revancha en el camino —dijo por tercera vez.
—No he dicho revancha —respondió León.
—La estás respirando.
—Qué imaginación tan agresiva.
Adrián Navarro no participó. Caminaba con el hombro recién vendado, el paño de Serena usado y guardado en un bolsillo de la capa como si no supiera qué hacer con él y tampoco quisiera devolverlo.
Serena fingió no verlo.
No estaba lista para pensar en eso.
El sendero bajó hacia una zona de colinas suaves, donde el aire olía a tierra caliente y hojas aplastadas. A media tarde, cuando todos estaban cansados, hambrientos y demasiado irritables para discutir con gracia, escucharon voces detrás de una curva.
—Te dije que era por la izquierda —decía un hombre.
—Dijiste "creo que es por la izquierda" —respondió otro, más joven y mucho más cansado.
—La fe empieza con un creo.
—Perderse también.
Valentina levantó la mano y una chispa apareció entre sus dedos.
—Si son otros atacantes, hoy sí quemo a alguien.
Tomás suspiró.
—Prudencia.
—Mi prudencia viene con fuego preventivo.
Al doblar la curva, encontraron a dos jóvenes junto a un carrito inclinado. Uno de ellos, alto, despeinado y con una sonrisa que parecía incapaz de aceptar tragedias menores, intentaba levantar una rueda hundida en el barro. El otro, más joven, de rostro serio y ropa cubierta de polvo, sostenía un mapa al revés con expresión de derrota absoluta.
Serena reconoció sus nombres antes de que se presentaran: Rafael Vega y Miguel Vega.
La novela los había tratado como alivio y como cuchillo. Rafael, libre, bromista, de esos personajes que hacían ruido para que nadie notara su miedo. Miguel, más callado, pegado a su hermano como una sombra sobria.
Verlos vivos, sudados y peleando con una rueda fue más conmovedor de lo que Serena esperaba.
Rafael levantó la vista.
—¡Por fin! Testigos de nuestra injusta batalla contra la ingeniería rural.
Miguel cerró el mapa.
—Estamos perdidos.
—Temporalmente reubicados —corrigió Rafael.
Miguel miró al grupo completo: las capas de la Orden, el carruaje de León, los guardias de Héctor, Adrián apartado en silencio. Su mano bajó de inmediato hacia el cuchillo malo que llevaba en el cinturón, pero no lo sacó.
—No buscamos problemas —dijo.
Rafael levantó las dos manos embarradas.
—Confirmo. Si buscáramos problemas, yo tendría una pose más heroica y Miguel estaría regañándome con más volumen.
Serena dio un paso para que la vieran primero a ella y no a Adrián.
—Nosotros tampoco buscamos problemas. Últimamente los problemas nos encuentran con demasiada puntualidad.
Miguel la estudió, serio.
—Eso suena honesto.
—Es agotadoramente honesto.
Valentina apagó la chispa, decepcionada.
—No parecen asesinos.
—Gracias —dijo Rafael—. Es la frase más amable que nos han dicho hoy.
Tomás avanzó con cautela.
—¿Quiénes son?
Rafael se enderezó, se sacudió barro de las manos y sonrió como si estuviera en una recepción, no al borde de un camino.
—Rafael Vega, aspirante a discípulo de la Orden de la Libertad, hermano mayor, víctima de mapas defectuosos y futuro sobreviviente de este barro.
Miguel levantó la mano.
—Miguel Vega. También aspirante. El mapa no es defectuoso.
—Traidor.
Tomás pidió ver sus cartas de recomendación. Miguel las entregó de inmediato, protegidas dentro de una funda impermeable. Rafael intentó limpiarse las manos en el pantalón antes de ayudar; Miguel le apartó la mano con una paciencia que parecía vieja.
—Son válidas —dijo Tomás tras revisarlas—. Van a Monte Celeste.
—Eso intentábamos —dijo Miguel.
—Con gran convicción —añadió Rafael.
León observó el carrito inclinado.
—¿Y esto?
—Nuestra fortuna material —dijo Rafael—. Tubérculos, hierbas, una olla, mantas, dos cuchillos malos y un queso que Miguel protege como si fuera reliquia sagrada.
Miguel abrazó la bolsa que llevaba contra el pecho.
—Es lo único que no arruinaste.
—El día aún es joven.
Alicia Nieves sonrió pese al cansancio.
Serena se acercó al carrito. La rueda no estaba rota, solo hundida y trabada contra una piedra. Después de sobrevivir a un árbol enorme, aquello parecía casi tierno.
—Necesitamos descargar peso, levantar desde atrás y poner ramas bajo la rueda —dijo.
León apareció a su lado.
—Otra clase de problemas domésticos.
—Exacto. Hoy el curso incluye barro.
Rafael miró a Serena como si acabara de encontrar a una santa.
—Si nos salvas el carrito, te juro lealtad eterna hasta la cena.
—Qué oferta tan limitada.
—Tengo hambre. Mi eternidad está débil.
Entre todos, descargaron el carrito. Valentina puso ramas secas bajo la rueda, Tomás coordinó el empuje y Adrián, sin decir palabra, levantó un lado del eje con una fuerza que hizo que Rafael dejara de bromear por tres segundos completos.
La rueda salió del barro con un sonido húmedo.
Rafael levantó ambos brazos.
—¡Victoria! Miguel, anota que no morimos.
—No llevo diario de tus casi tragedias.
—Deberías. Sería educativo.
La risa recorrió el grupo con más facilidad de la esperada. Incluso Valentina parecía menos lista para quemar algo.
Tomás decidió que acamparían temprano. Los heridos necesitaban descanso, el carrito de los Vega requería revisión y el camino hasta Monte Celeste aún podía traer más sorpresas.
Cuando abrieron las bolsas de provisiones, el ánimo volvió a caer.
Había tubérculos duros, hierbas amargas, un puñado de granos secos, sal gruesa y el queso de Miguel, que parecía bueno pero insuficiente para tanta gente.
Rafael miró la comida.
—Puedo cocinar.
Miguel cerró los ojos.
—No.
—Mi propio hermano me censura.
—Porque la última vez hiciste sopa con sabor a humo y arrepentimiento.
Serena miró los ingredientes. Luego miró a Lilo, que ya estaba inflando el pecho con orgullo de manual.
—No digas nada dramático —le advirtió.
—Activando paquete de cocina básica para crisis de moral grupal.
Serena suspiró.
—Está bien. Yo cocino.
Rafael se llevó una mano al corazón.
—Ahora sí creo en los milagros.
Adrián, desde el borde del campamento, levantó la mirada.