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LA CONDESA Y EL DEMONIO DEL MAR

LA CONDESA Y EL DEMONIO DEL MAR

Status: Terminada
Genre:Amante arrepentido / Amor eterno / Amor prohibido / Completas
Popularitas:4.5k
Nilai: 5
nombre de autor: mailyn rodriguez

En un rincón olvidado del Caribe, donde el salitre marca la piel y las olas susurran secretos prohibidos, nace una historia de orgullo, sangre y una pasión indomable. Clara de la Riva es la personificación de la pureza: de piel tan blanca como la espuma del mar y poseedora de un apellido que evoca nobleza. Sin embargo, tras los muros de su decadente mansión, el hambre y la ruina acechan. Su madre, una Condesa que se aferra con uñas y dientes a un título que ya no puede pagar, ve en la belleza de su hija la única salida para recuperar la gloria perdida.
Pero el destino tiene otros planes y llega al puerto bajo el nombre de Luis "Satán". Él es un hombre que no conoce leyes, un marinero de estatura imponente, músculos forjados por la tormenta y manos grandes capaces de dominar el océano. Luis ha crecido sin nombre y sin pasado, cargando con el estigma de ser un "hijo de nadie", mientras se convierte en el dueño absoluto de las rutas comerciales y del respeto —o el terror— de quienes lo ro

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Capítulo 13: Lo Que el Mar Devuelve

El desayuno fue silencioso, de esos silencios que no pesan sino que abrigan, como un mantón de lana en una noche de invierno. Clara comía poco, pero comía con ganas, y Luis la miraba comer con la misma atención con la que un hombre mira llover después de una larga sequía: sin parpadear, sin moverse, con la certeza de que si aparta los ojos un segundo, el milagro se va a acabar. La Condesa, en cambio, no probó bocado. Se sentó a la cabecera de la mesa, se sirvió una taza de café que fue enfriando sin que se la llevara a los labios, y se quedó mirando a los dos jóvenes con la cara de una mujer que está tomando una decisión que le va a doler el resto de la vida.

Cuando la última criada retiró los platos, la Condesa se levantó, se alisó la falda con las dos manos, y dijo, con la voz de quien ha ensayado muchas veces esta frase delante del espejo y todavía no está contenta con cómo le suena:

—Sentaos los dos. Los dos. Y no me miréis así, que no me voy a morir, solo voy a hablar.

Luis y Clara se sentaron uno al lado del otro, en el mismo sofá de la noche anterior, pero con una diferencia que los dos sentían hasta en los huesos: que ya no tenían miedo de tocarse. Los dedos de Luis descansaban sobre el respaldo, a dos centímetros del hombro de Clara, y ella, sin mirarlo, sin pensarlo, acercó un poco el cuerpo hasta que esos dos centímetros desaparecieron.

La Condesa, de pie frente a ellos, los observó un momento y luego comenzó a hablar, y su voz tenía la cadencia antigua de las mujeres que han aprendido a decir las cosas difíciles sin que la voz se les quiebre:

—Antes de que tu padre muriera, Luis, antes de que mi esposo muriera, que era el mismo hombre con distinto apellido, él me hizo prometer dos cosas. La primera, que te criaría como si fueras mío, pero no pude, me faltó el valor, me sobró el miedo, y eso es una deuda que cargo y que voy a seguir cargando hasta que me muera. Y la segunda, que te diría la verdad algún día, cuando ya fueras un hombre, cuando ya no pudiera hacerte daño con la verdad, sino solo con la mentira. Hoy es ese día.

Luis se enderezó en el sofá. Clara le apretó la mano sin darse cuenta, o quizá dándose cuenta, y la Condesa prosiguió:

—Tu padre, Luis, no murió en el mar. Eso fue lo que se dijo, lo que yo misma repetí para no tener que explicar nada, lo que Adrián repite cada vez que quiere justificarse. Tu padre murió en mi habitación, una noche de julio, hace veinticinco años, de un tiro que se disparó él mismo. Y ese tiro, hijo mío, ese tiro no fue un accidente. Fue un ajuste de cuentas.

El silencio que cayó sobre el salón fue tan denso que se podía cortar con un cuchillo de mantequilla. Luis tenía la mandíbula apretada, los ojos clavados en la Condesa, y en su mirada no había sorpresa: había confirmación. Clara, en cambio, había dejado de respirar, con la boca entreabierta y los ojos muy abiertos, mirando a su madre como si la viera por primera vez.

—Siga —dijo Luis, y la palabra le salió como un latigazo.

—Tu padre —continuó la Condesa, y ahora la voz le temblaba, pero siguió hablando, siguió adelante, porque las mujeres como ella han aprendido que parar a mitad de camino es peor que terminar— descubrió que Adrián, que entonces tenía diecisiete años, le estaba robando. No dinero: estaba robándole el control de los barcos, los contactos con los proveedores, las rutas secretas, todo. Tu padre lo encaró una noche en esta misma casa, y Adrián, en un ataque de rabia, le disparó. Yo estaba en el piso de arriba. Lo oí todo. Bajé cuando ya era tarde. Tu padre estaba vivo todavía, me miró, y con la mano en el pecho me dijo dos cosas: la primera, que lo dejara morir, que no llamara a nadie; la segunda, que te protegiera a ti, Luis, que eres el único Villalobos de verdad que ha llevado este apellido. Después cerró los ojos, y ya no los volvió a abrir.

Clara sollozaba en silencio, con la cara escondida en el hombro de Luis, y Luis la sostenía con un solo brazo, sin apartar la vista de la Condesa, como si necesitara verle los ojos para saber si lo que estaba diciendo era verdad o era la mentira más grande que había escuchado en su vida. Pero los ojos de la Condesa no mentían. Los ojos de la Condesa estaban cansados, rotos, arrepentidos, y tenían el color opaco de las cosas que ya no se pueden arreglar.

—¿Por qué no me lo dijo antes? —preguntó Luis, y la pregunta le salió con un hilo de voz.

—Porque tenía miedo, hijo. Miedo de que si lo sabías, te lanzarías contra Adrián como un loco, y él te habría matado. Miedo de perder a Clara. Miedo de quedarme sola en esta casa con un hombre que ya había matado una vez. Y sobre todo, Luis, sobre todo, miedo de que si te decía la verdad, tú me mirarías como me estás mirando ahora.

Luis se levantó del sofá. Caminó hacia la Condesa, y Clara, instintivamente, extendió la mano para detenerlo, pero no lo detuvo, porque entendió que ese momento no era suyo, que ese momento era de ellos dos, de la mujer que había callado durante veinticinco años y del hijo que por fin se estaba parando delante de ella para juzgarla.

Luis llegó hasta la Condesa, se detuvo a un paso, y la miró desde arriba, con toda la altura de su metro noventa, con toda la largura de sus brazos, con toda la oscuridad de sus ojos. La Condesa levantó la cara hacia él, esperando el golpe, esperando el grito, esperando la maldición que se merecía. Pero Luis, en lugar de todo eso, hizo algo que la Condesa no esperaba: se arrodilló. Se arrodilló en el suelo de baldosas frías, le tomó las dos manos, y se las besó, una por una, con una reverencia que no era de un hijo, sino de un devoto.

—Gracias —dijo Luis, y la palabra le salió limpia, sin rencor—. Gracias por cuidarme desde lejos, gracias por no dejarme morir en el mar, gracias por callar cuando tenía que callar y por hablar hoy que ya no se puede seguir callando. No la perdono, doña, eso no puedo perdonárselo todavía, pero la entiendo, y en este puerto entender a alguien es casi lo mismo que quererlo.

La Condesa se derrumbó. No con llanto, no con gritos: con un derrumbe físico, de rodillas, como una torre que se viene abajo cuando le quitan el pilar que la sostenía. Luis la sostuvo, y Clara corrió a sostener a los dos, y los tres se quedaron así, en el suelo del salón, en un abrazo que no era de perdón todavía, pero que ya era el principio del perdón, que es la única forma en que los perdones de verdad empiezan: torpes, incómodos, con las rodillas en el suelo y con las manos temblando.

—¿Y ahora qué hacemos con Adrián? —preguntó Clara, desde el suelo, con la voz todavía empapada de llanto.

—Ahora —respondió Luis, y se puso de pie, y la levantó a ella, y levantó a la Condesa, con la misma facilidad con la que un marinero levanta una vela— vamos a hacer lo que tu padre hubiera querido que hiciéramos. Vamos a pelear con la ley, con la luz, con el nombre. Pero no en la oscuridad, no con un cuchillo, no como él. Vamos a pelear como gente decente, que es la única forma decente de ganarles a los indecentes.

Y la Condesa, que se había quedado sin lágrimas, que se había quedado sin rencor, que se había quedado hasta sin orgullo, levantó la cara y le sonrió por primera vez a Luis como se le sonríe a un hijo. Una sonrisa tímida, rota, una sonrisa que llevaba veinticinco años guardada y que por fin, en un salón de baldosas frías y de luz de mañana, encontró su destino.

Afuera, en el puerto, los marineros de Luis estaban descargando el cofre en el muelle. Y en algún lugar del pueblo, un jinete con librea negra llevaba un mensaje a la ciudad: un mensaje que decía, en letras de molde y en papel sellado, que el señor Adrián Villalobos solicitaba una orden de captura contra un hombre que se hacía pasar por su hermano. La guerra, en realidad, apenas estaba empezando.

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Nerika Moreno
Mientras más leo más me confundo 😠
Nerika Moreno
Esa Condesa está loca como rompe esa carta sin leerla, seguro ahí contaba secretos 😞
Nerika Moreno
Ya me perdí¿Quien es hermano de quién? que arroz con mango es ese🤪
Nerika Moreno
Que hermoso 😍 me muero de amor 🥰 quien no quiere un marinero grandote y q te cuide 🤪☺️
Zonia Guzman
El Adrián no creo que sea hijo de el ni la chica
Zonia Guzman
Esta como aburrida
Zonia Guzman
Que enredada pero que no sean hermanos porque entonces???
Liliana García
Tiene que haber gato encerrado, uds no pueden ser hermanos
Liliana García
Entonces son medios hermanos 😪😪😪
Enith García
Y te gustó, que rico!!!!
Enith García
Ese macho te puso a temblar la de abajo🤭
Enith García
Me encanta, buen inicio de obra
Vicenta Peñalver
así es no xq uno venga de abajo los demás valen más w uno todo lo bueno bien del corazón
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