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Tu Peor Deseo

Tu Peor Deseo

Status: Terminada
Genre:Venganza / Completas
Popularitas:504
Nilai: 5
nombre de autor: ska

Para el mundo, Elena Vance es una camaleona indescifrable; para las mujeres atrapadas en relaciones tóxicas, es su última línea de defensa. Elena dirige una organización clandestina que ayuda a víctimas de hombres peligrosos y abusivos. Su método no es la violencia, sino la seducción psicológica: estudia a los objetivos, descubre sus deseos más profundos y se transforma físicamente y en personalidad en su "mujer ideal". Una vez que el abusador muerde el anzuelo y se obsesiona con ella, Elena expone sus verdaderos rostros ante la ley o la sociedad, liberando a sus víctimas.

Sin embargo, jugar con monstruos tiene un costo. El peligro real comienza cuando el detective asignado a investigar la extraña ola de "hombres poderosos arruinados" empieza a seguirle el rastro, desatando un romance de alta tensión, mientras el criminal más peligroso de la ciudad descubre su juego y la convierte en su presa.

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CAPÍTULO 24

El tramo de la Ruta 1 que ascendía hacia Big Sur se estrechaba en una cornisa de asfalto agrietado que colgaba trescientos metros por encima de la rompiente del Pacífico. A las dos de la madrugada, la niebla costera no era una presencia flotante, sino una masa densa, húmeda y helada que chocaba contra los acantilados de granito y se desparramaba sobre la calzada, reduciendo la visibilidad a la longitud de los haces amarillentos de los faros antiniebla de la furgoneta utilitaria gris. El aire del habitáculo se había vuelto tan frío que cada exhalación de Liam Cross formaba una pequeña nube grisácea antes de ser succionada por la rendija de la ventanilla del conductor.

Liam mantenía las dos manos fijas en el volante de plástico, con los nudillos blanqueados por el esfuerzo mecánico de corregir la dirección cada vez que una ráfaga de viento del oeste sacudía los paneles laterales del vehículo. Su hombro izquierdo, resentido por la humedad salina, le enviaba un pinchazo sordo y regular que se extendía hasta la base del cuello, un recordatorio físico de que el asfalto de la costa no perdonaba la fatiga acumulada. Sus ojos verdes, inyectados en sangre por las horas de vigilia nocturna, alternaban la fijeza en las líneas reflectantes de la calzada con rápidas miradas al espejo retrovisor interior. Detrás, en el espacio de carga, las cajas de herramientas de Marcus y las mantas de lana de la marina mercante permanecían en un silencio absoluto, sacudidas únicamente por el vaivén de la suspensión en las curvas del cañón.

En el asiento del copiloto, Elena Vance dormía con la frente apoyada en el cristal frío de la ventanilla lateral. Su respiración era un murmullo pausado, desprovisto de los sobresaltos y las tensiones sinápticas que la habían perseguido durante el viaje por el desierto de Coachella. Vestía una cazadora de lona oscura que Liam le había proporcionado en la cabaña de las salinas, y sus manos largas, con los dedos entrelazados sobre el vientre, conservaban esa quietud mineral que era la firma biológica de su diseño de laboratorio. El resplandor verde del cuadro de instrumentos iluminaba de forma intermitente el puente de su nariz y la delgada cicatriz de su pómulo, otorgándole el aspecto de una efigie de mármol olvidada en el interior de un transporte militar.

Liam redujo la marcha a la entrada del puente de Bixby Creek. La imponente estructura de hormigón se adentraba en la bruma como el esqueleto de un cetáceo prehistórico suspended sobre el vacío. El detective detuvo el vehículo justo antes de iniciar el cruce, dejando el motor diésel al ralentí con un ronroneo sordo y rítmico que parecía el latido de un corazón de hierro en medio de la nada costera. Sacó el paquete aplastado de tabaco del salpicadero, extrajo el último cigarrillo con los labios y lo encendió con el mechero de resistencia del coche, dejando que el resplandor anaranjado iluminara por un segundo las arrugas de cansancio de su rostro rudo.

Elena abrió los ojos en ese instante. No hubo transición, ni parpadeo, ni esa desorientación ordinaria que sufren las personas al despertar. Su mirada gris se fijó de inmediato en el perfil del policía con una nitidez absoluta, como si hubiera estado despierta durante toda la travesía por el condado de Monterey.

—¿Por qué te detienes, sabueso? —preguntó ella, y su voz baja y limpia cortó el aire frío de la cabina con la precisión de una frecuencia de radio—. Las balizas del puerto de San Simeon quedaron atrás hace tres horas. Deberíamos estar cerca del punto de control fitosanitario de Carmel.

Liam exhaló un hilo de humo azulado hacia la rendija de la ventanilla, observando cómo la bruma devoraba las partículas de ceniza antes de que cayeran a la calzada.

—El radiador está pidiendo un respiro, camaleona —respondió el detective de homicidios, su tono ronco arrastrando la fatiga de las brigadas nocturnas—. La transmisión ha venido trabajando duro en las pendientes de Lucia y no quiero que la junta de la culata nos deje tirados en una curva donde no hay espacio ni para abrir las puertas. Además, la banda ciudadana ha estado demasiado silenciosa en las últimas cincuenta millas. Los camioneros que bajan con madera desde el norte suelen hablar sobre el estado de la calzada, pero esta noche solo hay estática en los canales de la marina. Es el tipo de silencio que solía preceder a las redadas en los muelles del distrito norte.

Elena se incorporó en el asiento, estiró los dedos de sus manos largas y deslizó la palma derecha sobre el plano de carreteras que Marcus había marcado con rotulador. Sus dedos se detuvieron en la muesca que señalaba los antiguos búnkeres de la defensa costera de la Segunda Guerra Mundial, construcciones de hormigón camufladas entre los acantilados que la marina federal había abandonado en los años cincuenta.

—McCade sabe que Marcus no se detendría en el condado de Monterey, Liam —dijo ella, mirando la cortina de niebla que ocultaba el fondo del cañón—. El Proyecto Perséfone fue diseñado para utilizar las rutas interiores de la sierra cuando el entorno se volvía hostil. Los analistas del fideicomiso estarán buscando firmas biométricas en las estaciones de pesaje de la Interestatal 5 o en los almacenes de grano de Fresno. Para ellos, esta carretera de la costa es solo una ruta turística, un espacio demasiado estrecho para que una unidad de transporte intente ocultar su trayectoria.

Liam apoyó el antebrazo izquierdo en el volante, sintiendo el pinchazo de la humedad en la articulación.

—McCade es un contable con despacho de caoba, Elena, pero los tipos que tiene contratados en las agencias de aduanas de la costa son sabuesos de calle como yo —replicó el policía, y sus ojos verdes se estrecharon al mirar el espejo retrovisor exterior—. Saben que cuando un animal herido sale de una trampa, no busca la línea recta de las autopistas; busca el fango de las marismas o la protección de los acantilados donde el rastreo por satélite pierde efectividad debido a la masa de las rocas. He pasado quince años pensando como los hombres que persiguen a la gente, y te aseguro que si yo fuera el encargado de encontrar el prototipo cero cuatro, tendría una patrulla de incógnito estacionada en el apartadero de Point Sur antes de que la marea terminara de subir.

A las tres de la madrugada, la furgoneta utilitaria gris reinició la marcha, cruzando el puente de Bixby con una lentitud de procesión. Los neumáticos de lona ancha producían un zumbido hueco al pisar las juntas de dilatación del hormigón, un sonido que el eco del acantilado devolvía amplificado como los impactos lejanos de una batería de artillería.

A la salida del viaducto, la pista de tierra batida que conducía al faro de Point Sur aparecía bloqueada por una valla de alambre de espino que llevaba el cartel oxidado del departamento de parques del estado. Sin embargo, Liam no se fijó en la valla, sino en las marcas de neumáticos recientes que cruzaban el arcén de grava, líneas profundas y paralelas que denotaban el paso de un vehículo pesado, probablemente equipado con neumáticos de perfil militar para terreno embarrado.

El detective detuvo la furgoneta en la sombra que proyectaba un saliente de arenisca, apagó los faros delanteros y dejó el motor diésel en completo silencio. La oscuridad cayó sobre ellos como una manta pesada, rota únicamente por el resplandor rítmico y lejano de la linterna del faro que giraba en la cumbre de la roca volcánica, barriendo la niebla con un haz de luz blanca que parecía el ojo de un cíclope de hierro.

—Quédate en el habitáculo, Elena —ordenó Liam, su mano derecha bajando de inmediato hacia el espacio situado bajo el asiento del conductor, de donde extrajo la pistola de 9 milímetros envuelta en el paño de algodón—. Voy a revisar el apartadero. Hay un vehículo estacionado detrás de la antigua caseta de la comisión de aguas y no lleva las luces de posición encendidas.

Elena no discutió la orden, pero sus dedos no buscaron el pestillo de la guantera; se deslizaron hacia el interior de la bota de cuero, de donde extrajo el estilete de acero que Clara le había entregado en el muelle de Gaviota. Su rostro pálido no mostraba agitación; la serenidad mineral de sus rasgos se mantuvo inalterada, reflejando esa adaptación biológica a la violencia que formaba parte de su anatomía sináptica.

—No dispares a menos que veas una firma lumínica encriptada en los chalecos de los operarios, Liam —susurró ella, y su voz baja tuvo una firmeza moral que hizo que el policía se detuviera un instante antes de abrir la puerta—. Si son contratistas de la junta de aduanas, llevarán los receptores térmicos activos en la banda de los trescientos megahercios. Si es la policía del condado, se limitarán a usar las linternas de mano y a pedir los documentos de la furgoneta. No necesitamos otra escena de crimen en este estado si lo que buscamos es desaparecer en las marismas del norte.

Liam bajó del vehículo con la agilidad ruda del cazador de calle, utilizando el sonido de la rompiente para camuflar el crujido de sus botas sobre la grava del arcén. El viento del Pacífico le batía la franela de la camisa, pegándola a su pecho ancho y fuerte, mientras avanzaba pegado a la pared de roca con el cañón de la pistola dirigido hacia el suelo.

Detrás de la caseta de madera desvencijada de la comisión de aguas, un todoterreno de color negro mate, desprovisto de placas de matrícula y con las ventanas tintadas, permanecía oculto entre los matorrales de salvia silvestre. El motor estaba frío, lo que indicaba que llevaba al menos dos horas estacionado en el lugar, y la chapa lateral mostraba los soportes soldados para las antenas de alta ganancia que las unidades de intercepción de Pendelton utilizaban en las operaciones de contrainteligencia urbana.

Liam se aproximó a la ventanilla del conductor, con el pulgar izquierdo apoyado en el martillo de la pistola de 9 milímetros. No había nadie en el interior del habitáculo. El salpicadero conservaba el soporte vacío para un terminal de datos de espectro medio y un mapa topográfico del condado de Monterey extendido sobre el asiento del copiloto, con varias anotaciones marginales escritas con la caligrafía geométrica y precisa de los analistas de sistemas de los búnkeres del norte.

El detective extendió la mano izquierda, tomó el mapa a través de la rendija de la ventanilla entreabierta y lo examinó bajo la luz intermitente del faro de Point Sur. Las marcas rojas no señalaban las carreteras de servicio, sino los puntos de desembarco de la flota de arrastre en la bahía de Monterey y las coordenadas de la pequeña cabaña forestal de las salinas donde se habían ocultado la noche anterior. En el margen inferior del papel, una línea de texto troquelada ponía fin a cualquier duda paranoica:

"OPERACIÓN PERSÉFONE - UNIDAD DE SEGUIMIENTO TÁCTICO #03 - LIQUIDACIÓN DE ACTIVOS EXCEDENTES"

Liam Cross contrajo los músculos de la mandíbula, sintiendo que la frialdad de los callejones regresaba a su sangre con la fuerza de una marea negra. No era la policía local, ni los guardas de pesca; eran los liquidadores secundarios de McCade, el equipo de limpieza que el fideicomiso financiero enviaba cuando las unidades de control de aduanas fracasaban en la contención de los activos dañados.

Un crujido sordo, apenas el roce de una suela de lona contra la arenisca suelta, se escuchó a su espalda, justo en el espacio que quedaba entre el todoterreno negro y la parte trasera de la furgoneta utilitaria gris.

Liam giró sobre sus talones con una rapidez elástica que desafió la rigidez de su hombro herido, levantando el arma con las dos manos hacia la silueta que emergía de la bruma costera. La luz blanca del faro barrió el apartadero en ese preciso instante, iluminando el rostro del intruso con la nitidez de una fotografía de archivo forense.

No era un liquidador de Pendelton. Era Marcus.

El operador de comunicaciones vestía un abrigo de marinero gastado y llevaba una gorra de lona que le ocultaba la frente, pero sus ojos oscuros conservaban esa mirada cansada y lúcida de los hombres que han pasado demasiadas noches frente a las pantallas de respaldo de los servidores analógicos. No sostenía un arma; mantenía las manos metidas en los bolsillos del abrigo y su respiración formaba un hilo de vapor espeso que el viento marino disolvió contra la chapa del todoterreno negro.

—Baja el arma, sabueso —dijo Marcus, su tono bajo y monótono cortando el murmullo de la rompiente con una familiaridad ordinaria—. Si hubiera querido que el equipo de limpieza de McCade encontrara esta furgoneta utilitaria, me habría limitado a dejar los repetidores de San Luis Obispo activos durante doce horas más. He tardado tres días en limpiar este sector de la costa para asegurarme de que cuando ustedes cruzaran el puente de Bixby, solo encontraran la estática de la banda ciudadana.

Liam no redujo la presión sobre el gatillo; su postura se mantuvo firme, con esa solidez ruda de los hombres de la ley que no confían en los milagros de la frontera.

—¿Qué hace este todoterreno corporativo en el apartadero de Point Sur, Marcus? —preguntó el detective, su voz ronca sonando como el roce de dos piezas de cuero viejo—. El mapa del asiento tiene marcadas las coordenadas de la cabaña de las salinas. Alguien ha estado midiendo la distancia de nuestra patrulla desde el martes.

Marcus dio un paso al frente, se sacó la gorra de lona y se limpió la frente húmeda con el dorso de la mano izquierda, revelando la delgada línea de los electrodos de control que cruzaba su sien.

—Este coche pertenecía al equipo de intercepción que McCade envió a la cantera de Lowell —explicó el analista, señalando los soportes de las antenas—. Lo recuperé en la frontera de Bakersfield antes de que la policía estatal acordonara la zona de los incendios. Las marcas del mapa las hice yo mismo, sabueso. Necesitaba calcular el tiempo de reacción de las patrullas fitosanitarias para asegurar el pasaje de las chicas hacia los condados del norte. Clara y las tres operarias de comunicaciones ya están a bordo del pesquero Albatross, sesenta millas mar adentro, rumbo a los puertos de Oregón. Están fuera del alcance de las fuerzas especiales del distrito financiero.

Elena Vance se aproximó a ellos desde la sombra del saliente de roca, con el estilete de acero oculto bajo la manga de la cazadora de lona. Sus ojos grises se fijaron en el rostro de Marcus con una intensidad directa que no buscaba el mimetismo conductual, sino la confirmación moral de las palabras del analista.

—¿Por qué no seguiste la ruta del norte con las demás réplicas, Marcus? —preguntó Elena, y su tono bajo tuvo una vibración dulce que hizo que el hombre se tensara sutilmente—. El puente de datos de las Bahamas ya está borrado. No hay razones para que te mantengas en el asfalto de esta costa si los contables de Pendelton creen que el Proyecto Perséfone está liquidado de forma irreversible.

Marcus esbozó una sonrisa cansada, una mueca de ironía civil que suavizó la rigidez de sus rasgos marcados por las pantallas de control.

—Alguien tenía que quedarse en el arcén para quemar los últimos cuadernos de Julian Vance, número cuatro —respondió el operador, extrayendo una pequeña cartera de cuero del interior de su abrigo y dejándola sobre el capó del todoterreno negro—. Encontré estos registros en el archivo de respaldo del búnker de Blackwood antes de que los ingenieros de la compañía de aguas inundaran las celdas de aislamiento. Son las secuencias de aminoácidos de las primeras doce réplicas del lote de control. Las firmas genéticas que McCade podría utilizar para demostrar que la patente biológica sigue activa en los condados forestales si la junta de aduanas decide abrir una auditoría interna en los próximos cinco años.

Liam Cross bajó la pistola de 9 milímetros, dejándola apoyada contra el lateral de su pantalón de lona, aunque sus ojos verdes mantuvieron la fijeza tranquila sobre los hombros del analista.

—¿Y qué propones hacer con esa cartera de cuero, Marcus? —preguntó el detective.

Marcus sacó una pequeña lata de esencia de trementina del bolsillo lateral de su abrigo, vertió el líquido espeso sobre los documentos de cuero hasta que las páginas quedaron saturadas con el aroma dulce y penetrante de la resina, y luego extrajo un paquete de cerillas de madera de la chaqueta.

—Quiero que la Camaleona encienda el fuego, sabueso —dijo el operador de comunicaciones, ofreciendo las cerillas a Elena con un movimiento pausado—. El peor de los deseos de Julian Vance se construyó sobre la base de estos caracteres de control. Si los borramos de la memoria del estado en este apartadero de Point Sur, para los servidores de la metrópoli el Proyecto Perséfone dejará de ser una anomalía estadística y se transformará en una línea de ceniza fría que el viento del Pacífico disolverá en menos de una hora contra las rocas de la marisma.

Elena extendió su mano larga, tomó la cerilla de madera y la frotó contra el lateral de la caja con un movimiento rápido y firme. La llama amarilla y viva iluminó sus rasgos reales por un largo segundo, revelando esa resolución humana que Liam Cross había impreso en su conducta durante la travesía de las interestatales.

Acercó el fuego a la cartera de cuero empapada de trementina. El papel ardió de inmediato con un siseo sordo y violento, levantando una columna de humo negro y espeso que el viento del oeste arrastró hacia los acantilados de granito. Las hojas de control, que contenían los nombres, los códigos de acceso y las firmas biométricas de las mujeres que habían gobernado las sombras de los consulados de la costa este, se arrugaron bajo el fuego, transformándose en fragmentos de ceniza gris que la rompiente del mar recibió con un eco de trueno espumoso.

A las cuatro y media de la mañana, la claridad del alba comenzó a romper la niebla del este, mostrando una línea de cielo de color zinc que devolvió al paisaje costero su solidez mineral. El todoterreno negro permanecía en el apartadero, pero Marcus ya se había colocado la gorra de lona y caminaba hacia la pista de tierra batida que bajaba hacia los muelles de servicio del faro, donde una lancha neumática de los astilleros locales esperaba su llegada entre las rocas de la orilla.

—No vuelvan al asfalto de la Interestatal 101, sabueso —dijo Marcus, deteniéndose en el borde del acantilado para mirar por última vez a la furgoneta utilitaria gris—. Sigan las pistas de servicio forestal que bordean el cabo de Mendocino. Hay un viejo aserradero abandonado en el condado de Humboldt que pertenece al sindicato de carpinteros del distrito norte; la madera de los tablones está seca y no hay medidores de flujo de agua digital en tres millas a la redonda. Es una buena geografía para los hombres que prefieren vivir sin una placa en el bolsillo de la chaqueta.

Liam Cross asintió con una sutil inclinación de cabeza, reconociendo en la fijeza tranquila de los ojos oscuros de Marcus esa hermandad marginal de los seres que han sobrevivido al colapso de las corporaciones financieras gracias a la lealtad de las sombras civiles.

—Cuida de la flota de arrastre, Marcus —respondió el detective, su tono ronco llevando el último saludo de la ley de calle—. Si algún liquidador de Pendelton decide subir al Albatross a buscar el lote de control, dile que el inspector Cross sigue teniendo dos cartuchos del doce en el maletero de esta furgoneta utilitaria y que sigo recordando la dirección de los despachos de caoba de Long Island.

Elena Vance caminó hacia el borde del camino de grava, con su trenza oscura moviéndose sutilmente sobre la espalda de su cazadora de lona, y extendió la mano derecha hacia el analista en un saludo breve, un contacto de cuerpos fuertes y ropas gastadas por el exilio que sustituyó de manera definitiva la frialdad de los laboratorios del norte por la fraternidad de las carreteras secundarias.

A las seis de la mañana, la furgoneta utilitaria gris coronó las colinas perimetrales de Carmel, entrando en la región de los bosques de secuoyas que precedía a la bahía de Monterey. El sol del este comenzaba a teñir las copas de los árboles de un color dorado viejo, dibujando sombras alargadas y delgadas tras los troncos monumentales que recordaban a las hileras de columnas de la granja de dátiles de Coachella.

Liam Cross conducía con una tranquilidad elástica que reflejaba la disolución total de los últimos residuos de la niebla paranoica del viaje. Había colocado su pistola de 9 milímetros debajo de su asiento, envuelta en el paño de algodón impregnado en aceite, dejando la guantera libre para los mapas de carreteras forestales y los paquetes de tabaco nuevos que Hank les había facilitado en Gaviota. Su mano derecha descansaba sobre el muslo de Elena, sintiendo la calidez de su piel a través de la lona de los pantalones con una presión lenta y deliberada que transmitía una devoción absoluta, ajena a cualquier simulación de salón o a las directrices de los manuales de proyectos especiales.

—¿Dónde nos detendremos a desayunar, sabueso? —preguntó Elena, mirando la silueta de los barcos de arrastre que se alineaban en los muelles del puerto viejo como miniaturas de hierro sobre el plano azul del océano.

Liam redujo la marcha, desviando el vehículo hacia una pista forestal de tierra batida que bajaba hacia los antiguos campamentos de pescadores de la barra de arena.

—Hay un pequeño almacén de ramos generales cerca de la desembocadura del río, Elena —respondió el detective, su voz ronca sonando como un bálsamo de realidad en la claridad de la mañana—. Tienen tocino ahumado de la sierra, café de porcelana caliente que no pasa por los terminales de datos del estado y un porche de madera contrachapada donde el viento del mar borra de manera definitiva el ruido de fondo de las autopistas corporativas. Mañana compraremos un juego de sedales nuevos y aprenderemos a buscar lubinas en los canales de la marea. Marcus dice que si eres capaz de mantener el sedal tenso cuando la corriente del Pacífico tira hacia el fondo, eres capaz de sobrevivir en cualquier rincón de esta geografía sin tener que explicarle tus razones a un analista de aduanas del distrito financiero.

Elena se acercó a él, rodeó su cuello con sus brazos fuertes y apoyó los labios contra la comisura herida de la boca del policía. Fue un beso rudo, profundo, cargado con toda la verdad de su nueva existencia civil y libre de las máscaras de salón que habían gobernado su infancia en los búnkeres del norte. Sabía a la sal de la costa de Big Sur, al humo de la trementina que había quemado los cuadernos de Julian y a la lealtad moral de dos personas que habían elegido las grietas del mapa para salvar el tamaño real de sus almas libres.

—No necesito aprender a pescar lubinas para saber que mi hogar está en este habitáculo, Liam —susurró ella, y sus ojos grises reales brillaron con el fuego de una justicia marginal que el cazador de la ley conocía bien—. He pasado quince años siendo la sombra de los peores deseos de este continente, pero en esta cabaña de las salinas, la Camaleona va a descubrir lo que ocurre cuando una mujer decide que su propia historia se escribe con las reglas de un policía retirado que sabe cómo amar en medio de la tormenta. Acelera la furgoneta, Liam. El sol se está levantando sobre la barra de arena y quiero ver cómo la bruma del mar borra las últimas líneas del mapa de las corporaciones.

Liam Cross esbozó una sonrisa hermosa, cínica y atractiva, esa sonrisa de sabueso de calle que había sobrevivido a las redadas de los muelles y al colapso de los búnkeres de la frontera, metió la primera marcha con un movimiento seco de la transmisión y avanzó por la pista de tierra batida hacia la orilla del océano. La furgoneta utilitaria gris se difuminó en la claridad violeta del crepúsculo costero, perdiéndose en la inmensidad de la geografía civil mientras el pasado del Proyecto Perséfone se transformaba en una línea de ceniza fría en los espejos retrovisores, demostrando que la verdad de los seres que saben cómo cuidar de sus sombras siempre es más fuerte que el eco de todos los laboratorios del mundo en la eternidad del asfalto del sur.

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Cliente anónimo
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