Sinopsis
Sofía tiene dieciocho años y una beca universitaria que promete cambiarlo todo. Pero nadie le advirtió que el primer día de clases iba a descubrir algo peor que la pobreza: la invisibilidad.
Sofia no es la chica que solo soñaba, ahora es la chica que camina cuarenta minutos con un teléfono que se apaga a media clase que toma apuntes en hojas y llega tarde a su clase porque sale todos los días a vender tortas con su mamá ya muy tarde
Un día su teléfono dejó de funcionar se apaga en medio de un examen virtual que vale el treinta por ciento de la nota, Sofia corre por las calles buscando un enchufe, una sombra, un milagro de dos minutos, no lo encuentra pierde el examen, llora en una esquina y por primera vez se pregunta si su sueño realmente vale el precio de su dignidad.
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El primer día Cap 2
El primer día de clases amaneció con un sol amarillo furioso. No había una sola nube en el cielo. Parecía que el universo quería probarme desde el minuto cero.
Me levanté a las cinco de la mañana. No porque tuviera que madrugar para viajar, sino porque no había dormido. El sobre seguía bajo mi almohada, pero ya no pesaba tanto. Ahora pesaba otra cosa: el miedo a no estar a la altura.
Mi madre ya estaba en la cocina. Me había planchado la única camisa blanca que tenía, la que usaba para las fotos del colegio. La colgó en la puerta del ropero con una nota que decía: "Tu puedes, mi vida". La letra era temblorosa. Mi madre aprendió a escribir de grande.
Me puse la camisa, los zapatos negros que tenía guardados para las ocasiones especiales —la suela se despegaba un poco del lado izquierdo—, y agarré la mochila heredada de mi prima. Adentro: dos cuadernos espiral, tres lapiceras azules, una regla prestada y mi teléfono. El teléfono. Ese aparato miserable que me había sacado de tantos apuros y que, justo ese día, decidió que tenía personalidad propia.
—Quedate quieto —le susurré mientras lo metía en el bolsillo delantero de la mochila.
El campus quedaba a una hora y media de mi barrio. Primero caminaba veinte minutos hasta la avenida principal, después tomaba un colectivo que pasaba cada nunca, y finalmente caminaba otros quince minutos entre edificios altos y árboles podados con una precisión que me daba risa. En mi barrio los árboles crecen como quieren.
Llegué con el tiempo justo. El vestíbulo de la facultad era enorme, con pisos de mármol que reflejaban las luces del techo. Me sentí como si hubiera entrado a otro país. Los otros estudiantes caminaban rápido, seguros, algunos con auriculares inalámbricos, todos con mochilas nuevas y computadoras que asomaban por los costados. Yo apreté la mía contra mi pecho, como si mi mochila rota pudiera delatarme.
La primera clase era Introducción a la Literatura. El aula tenía aire acondicionado. Cuando entré, sentí un escalofrío. No de frío. De asombro. Un pizarrón blanco impecable, proyectores, enchufes en cada mesa, Ahí entendí algo que me dolería después: todos tenían computadores. Todos menos yo.
El profesor —un hombre de barba canosa y lentes de marco grueso— entró y sin saludar mucho dijo:
—Hoy vamos a activar sus cuentas en la plataforma digital. Ahí subirán todas las lecturas, los foros y las entregas de trabajos. Saquen sus equipos.
Un murmullo de teclados que se abrían. Pantallas que se iluminaban como un bosque de luciérnagas. Yo metí la mano en la mochila y toqué el teléfono. Apenas tenía batería. La pantalla se encendió con un brillo tímido, como si también tuviera vergüenza.
—¿Problemas, señorita? —preguntó el profesor, mirándome por encima de sus gafas.
—No —mentí—. Solo que mi computador… no lo traje hoy.
Él asintió sin darle importancia. Para él era un detalle menor. Para mí era el principio de una grieta que amenazaba con abrirse bajo mis pies.
Esa noche, de vuelta en casa, me senté en el borde de la cama y lloré. No con hipo ni con gritos. Lloré en silencio, como se aprende a llorar cuando no quieres que tu madre se despierte. Porque ella ya tenía suficientes preocupaciones. Porque ella creía que yo ya había ganado. Y yo acababa de descubrir que ganar era solo el comienzo de una batalla más larga.
Afuera, el sol se había ido. Pero su recuerdo me seguía quemando.