En este imperio de sombras, ella es la única que puede calmarlo… o el motivo por el que su mundo arderá.
¿El amor puede sobrevivir cuando tu vida es propiedad del enemigo?
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19°
...*Alexei Morózo**v*...
^^^Reggio Calabria, Italia^^^
El aroma a incienso, mirra y cera quemada inundaba las colosales naves de la catedral, pero para mi el aire se sentía como puro azufre. Estaba sentado en la primera fila de los bancos de madera tallada, justo en el sector asignado a los líderes internacionales de la Bratva rusa. A mi lado, Sofía se acomodaba los pliegues de su ostentoso vestido de satén, sosteniendo en sus brazos a Bella Sofía, quien dormia ajena al nido de víboras en el que se encontraba. Nikolai y Elena flanqueaban nuestro flanco izquierdo como dos gárgolas de piedra, mudos, con la mirada fija en el frente.
Eché un vistazo rápido hacia el resto de la nave central. El templo estaba abarrotado por la crema y nata del crimen organizado europeo. Los capos más despiadados de la Cosa Nostra siciliana lucian sus trajes hechos a medida con una solemnidad casi religiosa, mientras que los representantes de la Camorra napolitana murmuraban entre dientes en las filas posteriores, marcando su territorio. Prácticamente todas las facciones importantes del viejo continente estaban allí para rendir pleitesía al Don de Calabria.
Todas excepto una.
Entorne los ojos al escanear la sección de los aliados asiáticos. El espacio reservado para la mafia de Corea estaba completamente vacío. Ni un solo enviado, ni un guardaespaldas de bajo rango, ni una nota de disculpa en nombre de sus líderes. Tras la supuesta reunión exitosa que Leonardo Bianchi habia tenido con ellos una semana atrás, su ausencia absoluta en el evento más importante de la 'Ndrangheta era un mensaje silencioso pero contundente. Algo andaba mal en el tablero internacional, pero en ese momento, la geopolítica de la mafia me importaba un soberano carajo.
De repente, los majestuosos acordes del órgano de tubos retumbaron contra las paredes de piedra milenaria, anunciando el inicio de la marcha nupcial. Toda la catedral se puso de pie al unísono.
Las colosales puertas de bronce del templo se abrieron de par en par, dejando entrar un torrente de luz diurna que recorto la silueta que había venido a buscar.
Ahí estaba ella.
Isabella avanzó a paso lento por el pasillo central, suspendida del brazo de su padre. El vestido de novia de encaje y tul la envolvía como una armadura de pureza, y el velo translúcido apenas lograba mitigar el brillo de su cabello rubio natural. Se veía dolorosamente hermosa, una aparición celestial caminando directamente hacia las garras del infierno. En el altar, Leonardo Bianchi la esperaba con una sonrisa desbordante de orgullo y un amor tan genuino que me revolvio las entrañas. El italiano creía que había ganado. Creía que la Rosa de San Petersburgo ahora le pertenecía por completo.
Cuando Isabella llegó a la mitad del pasillo, sucedió lo inevitablee
Como si una fuerza magnética invisible tirara de ella, desvió la mirada de los ojos de su prometido y clavó sus pupilas verdes directamente en las mías. El tiempo se detuvo. El sonido del organo, los murmullos de los capos y el llanto ahogado de los invitados desaparecieron por completo.
Se desato entre nosotros una tensión invisible, un hilo de alta tensión que cruzó el aire de la catedral con una violencia brutal. Era una corriente de electricidad estatica cargada de reclamos no dichos, de recuerdos enterrados en la nieve rusa y de una obsesión que se negaba a morir. Nadie a nuestro alrededor pareció notarlo, para Sofía, yo solo miraba con frialdad diplomática el desfile de la novia, y para los Bianchi, Isabella solo admiraba la comitiva internacional. Pero la verdad era que nos estábamos despedazando con la mirada. Vi un destello de pánico y vulnerabilidad cruzar sus ojos, un sutil titubeo en su andar que delató el impacto de mi presencia, antes de que se obligara a parpadear y regresara la vista al frente, alcanzando finalmente los escalones del altar.
Me senté lentamente cuando el resto de los invitados lo hizo, sintiendo los dedos de mi mano derecha enterrarse en la madera del banco con tal fuerza que creí que la astillaria
La misa transcurrió como un borrón de latín y cánticos eclesiásticos que no registre... Toda mi atención estaba fija en la espalda de Isabella, en la forma en que sus hombros se tensaban ligeramente cada vez que el sacerdote avanzaba en el rito. Nikolai me dio un sutil codazo de advertencia, recordándome que Sofía me observaba de reojo, lo que me obligó a relajar la mandíbula y adoptar mi mascara de hielo.
Finalmente, el momento de la verdad llegó. El sacerdote se aclaró la garganta, alzando las manos sobre la pareja.
—Leonardo Bianchi, ¿aceptas a Isabella Conti como tu legitima esposa, para amarla y respetarla, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separe?
—Acepto —la voz del italiano resono con una seguridad abrumadora, firme y clara, reverberando en cada rincón del templo.
El sacerdote se giró hacia ella. El silencio en la catedral se volvio sepulcral, tan denso que podía escuchar el tictac de mi propio reloj de pulsera.
—Isabella Conti, ¿aceptas a Leonardo Bianchi como tu legitimo esposo, para amarlo y respetarlo, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separe?
Isabella contuvo el aliento por una fracción de segundo. Sus ojos verdes buscaron los de Leonardo, encontrando en ellos la seguridad y el refugio que tanto habia anhelado desde que huyó de mis garras. Con una madurez absoluta y una sonrisa que me quemo la retina, pronuncio las palabras que sellaron mi condena.
—Sí, acepto —dijo con total sinceridad.
Un nudo de furia sádica y frustración me tranco la garganta. La había perdido, Morózov. Ella acababa de entregarse ante Dios y el mundo al Don de Calabria, y tú estabas ahí, atado de manos por la presencia de tu propia familia.
—Por el poder conferido por la Santa Iglesia, yo los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia....
Leonardo no esperó un segundo más, tomó el rostro de Isabella entre sus manos y la besó con una pasión contenida que desato los aplausos solemnes de la Cosa Nostra y la Camorra. Sofía aplaudio a mi lado, soltando un comentario sobre lo romántica que era la escena, mientras yo sentia que el mundo exterior se congelaba. La felicidad de Isabella brillaba con luz propia mientras se giraba de la mano de su ahora esposo para comenzar a caminar hacia la salida como la nueva e indiscutible señora Bianchi.
Dieron apenas tres pasos hacia abajo en el altar.
¡BOOM!...
Un estruendo descomunanal, ensordecedor y violento sacudio los cimientos mismos de la catedral. El impacto de una explosión masiva en los exteriores hizo vibrar los vitrales milenarios, haciendo que varios de ellos estallaran en mil pedazos de cristal que llovieron sobre los pasillos laterales. El suelo bajo nuestros pies tembló como si la tierra misma se estuviera abriendo...
El pánico se desato en un milisegundo. Los capos de la mafia echaron mano a sus armas automáticas de inmediato, Nikolai se interpuso frente a Sofía y la bebé, y los gritos de terror comenzaron a escuchar en la inmensidad del templo...
Pero por encima del caos, del estallido del metal y del rugido de la destrucción que se colaba desde las puertas principales, un grito desgarrador, agudo y cargado de una agonía absoluta corto el aire, congelandole la sangre a cada uno de los presentes en la iglesia.
su madre enferma es su mayor dolor
😁😁😁que tal encuentro