In-Oh es una fotógrafa de veintidós años atrapada entre los fantasmas de su memoria y la comodidad de su rutina. Un viaje inesperado de regreso al pueblo costero de su infancia entrelaza violentamente su pasado y su presente. Tras diez años de dolorosa ausencia, reaparece Min-Woo, su primer amor platónico de la niñez, transformado ahora en un enigmático hombre. Al mismo tiempo, su incondicional mejor amigo de la secundaria, Seo-Jun, decide dar un paso al frente y confesarle un sentimiento guardado durante siete años. Atrapada entre el eco de una antigua promesa de verano y la calidez de un amor maduro que teme arruinar la amistad, In-Oh deberá enfrentar los traumas de su pasado para aprender a abrir su corazón al presente.
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un paréntesis en el tiempo
Los días siguientes se convirtieron en un remanso de paz, una tregua necesaria que Min-Woo se encargó de tejer con dedicación absoluta. Cada mañana, me despertaba con la expectativa de una nueva aventura, lejos de la casa silenciosa y de la ausencia punzante de Seo-Jun. Min-Woo era incansable en su afán por devolverme la sonrisa; organizaba excursiones a los miradores ocultos de la región, donde el viento soplaba limpio y podíamos ver el valle extendiéndose como un tapiz verde bajo nuestros pies.
Me llevaba a pequeñas cafeterías de pueblo donde el café se servía en tazas de loza antigua, o caminábamos por las orillas de los ríos cercanos, donde el agua cristalina arrullaba cualquier rastro de ansiedad. En esos paseos, sus gestos eran constantes: siempre buscaba mi mano para entrelazarla con la suya, un contacto cálido que me recordaba que estaba presente. A veces, sin decir nada, se detenía en medio del camino, tomaba mi rostro entre sus manos y me dedicaba una mirada cargada de una ternura que me desarmaba. Me regalaba detalles sencillos, flores silvestres que encontraba en el camino o algún dulce artesanal de la zona, pequeños gestos que, poco a poco, fueron derribando mis muros defensivos.
Con él, me sentía transportada a mis doce años, a esa época de inocencia donde el amor era un sentimiento puro, sin las complejidades y el dolor que la madurez nos había impuesto. Su capacidad para hacerme reír, incluso cuando los recuerdos de Seo-Jun intentaban asaltar mi mente, era su mayor virtud. Min-Woo sabía cuándo bromear, cuándo escuchar y cuándo simplemente dejar que el silencio hablara por nosotros. Me sentía vista, valorada y, sobre todo, querida.
Una noche, bajo un cielo estrellado que parecía envolvernos en un abrazo infinito, Min-Woo me dejó frente a la casa de mis abuelos. El motor del auto se apagó, pero ninguno de los dos hizo el amago de salir. El silencio en el vehículo era cómodo, cargado de una electricidad que antes me habría asustado, pero que ahora me resultaba irresistible.
—No quiero que esto termine cuando te vayas —dijo él, rompiendo la calma con una voz suave pero firme. Se giró hacia mí, acortando la distancia—. In-Oh, estos días me han confirmado lo que ya sospechaba. No quiero ser solo un recuerdo de tus vacaciones en el pueblo. Quiero ser parte de tu vida, de la real, de la que tienes allá en la ciudad.
Sus palabras resonaron en mi interior, encontrando eco en el sentimiento que había florecido durante la última semana. Lentamente, tomó mi rostro entre sus manos, sus dedos acariciando mis mejillas con una delicadeza que me obligó a cerrar los ojos. Nuestros labios se encontraron en un beso lento, pausado, un reconocimiento mutuo de todo lo que habíamos vivido en tan poco tiempo.
Cuando nos separamos, ambos estábamos agitados, con la respiración entrecortada y el rostro encendido por la intensidad del momento. Lo miré a los ojos, notando la vulnerabilidad y la esperanza que se reflejaban en ellos. La decisión ya estaba tomada en mi corazón; el miedo a perder a Seo-Jun seguía allí, pero el deseo de construir algo nuevo con Min-Woo era, en ese instante, más fuerte.
—Está bien —respondí en un susurro, mientras le acariciaba el rostro con suavidad—. Te daré la oportunidad. A lo nuestro. Quiero ver a dónde nos lleva esto.
Él sonrió, una sonrisa plena y sincera que iluminó la penumbra del auto, y por primera vez en mucho tiempo, sentí que el futuro no era un lugar al que temía llegar, sino un horizonte que quería explorar a su lado.