Luna Salcedo murió traicionada por su prometido, su hermana y su propia familia. Antes de cerrar los ojos, entendió que el hombre al que más odiaba, Damian Alcázar, quizá había sido el único que nunca la abandonó.
Cuando despierta de nuevo en el pasado, Luna no piensa repetir la misma vida. Para vengarse, recuperar Grupo Rivas y desenmascarar a quienes la destruyeron, toma una decisión que sacude a todos: casarse con Damian, el hombre más temido del círculo empresarial.
Ella solo quería usar ese matrimonio como escudo. Él, en cambio, no piensa soltarla.
Entre celos, secretos familiares, viejas heridas y una pasión que ninguno de los dos sabe controlar, Luna descubrirá que su peor enemigo tal vez siempre fue su única salida.
NovelToon tiene autorización de lulu para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 13
Capítulo 13
Jimena eligió ese momento para hablar del accidente.
Quería recordarle a Luna que su madre murió cuando Damián salió a correr.
Quería verla romperse.
Pero Luna ya conocía otra verdad.
Una verdad que ellos no sabían.
—Damián, Diego, nada mal —dijo Jimena, mirando la pista—. Rompieron sus propios récords.
Luego giró hacia Luna.
—La señorita Salcedo dijo que quiere correr conmigo. Ustedes descansen y hagan de público.
Su sonrisa fue limpia.
Demasiado limpia.
—Tampoco esperaba que a la señorita Salcedo le gustaran las carreras.
Luna escuchó el énfasis.
Carreras.
Damián frunció el ceño.
—No.
No hubo duda.
—Es peligroso.
Luna lo miró con una dulzura falsa.
—No pasa nada. La señorita Duarte insiste tanto... Si nadie corre con ella, capaz que llora a escondidas. Yo sé lo que hago.
Diego se rio de inmediato.
—¿Jimena? ¿Llorar? Cuñada, no la conoces. Es más fuerte que todos nosotros. De niña era igual que un hermano. Yo nunca la he visto llorar.
Luna sonrió.
—Aunque no parezca chica, tampoco deberías decirlo así. Ustedes crecieron viéndola como uno más, pero sigue siendo mujer. Si por esos comentarios luego no se casa, te va a tocar hacerte responsable.
La cara de Jimena se puso verde.
Ese era su punto débil.
Durante años, su estilo de "uno de los chicos" le permitió estar cerca de Damián sin que nadie la apartara. Si la veían como mujer, perdería esa posición cómoda.
Diego levantó las manos, espantado.
—No, no, cuñada. Me retracto. Yo no pienso casarme con un hermano.
El golpe le cayó directo a Jimena.
Si Diego ni siquiera podía imaginarlo...
¿Y Damián?
Jimena miró a Damián por instinto.
Luna vio la reacción y no dijo más.
Ya bastaba.
Había logrado lo que quería.
—Entonces queda decidido —dijo Luna—. Corro una vuelta con la señorita Duarte. Aunque... necesito auto.
—¡Hay auto!
Diego levantó la mano.
—Cuñada, la sorpresa que te prometí llegó.
Unos minutos después, un remolque especial dejó frente a ellos un auto cubierto con tela roja y un moño.
Diego estaba más emocionado que si fuera su cumpleaños.
—Regalo de bodas para ti y el jefe. Anoche, cuando supe la noticia, me puse a prepararlo. Mira si te gusta.
En el mundo de Diego, tener contenta a la cuñada era tener paz.
Los demás seguro también estaban preparando regalos después de enterarse de la boda. Él no podía quedarse atrás.
Héctor, por cierto, ya iba rumbo a África por no saber dónde poner sus esfuerzos.
Luna retiró la tela.
Un Ultimate Aero blanco plata apareció bajo la luz.
Luna no pudo evitar abrir los ojos.
Ese auto era más caro que el que Damián acababa de usar.
Más rápido.
Más estable.
Y no se conseguía solo con dinero.
Diego observó su expresión y casi movió la cola de felicidad.
—¿Te gusta?
—Mucho.
Luna lo elogió sin guardarse nada.
Damián, a un lado, se puso ácido.
La había oído elogiar más al auto que a él.
—Es demasiado caro —dijo Luna—. Con que me lo prestes una vuelta basta. Gracias, Diego.
—Ni hablar. Es regalo. No vale tanto.
No podía dejar que no lo aceptara.
En el futuro necesitaría que la cuñada lo protegiera.
Una sola palabra de Luna ya había hecho que Damián corriera con él.
Eso era poder real.
Jimena no soportó más la escena.
—Ya que la señorita Salcedo tiene auto, empecemos.
—Basta.
La voz de Damián cortó el aire.
Miró a Jimena con filo.
Ella cerró la boca.
Conocía el temperamento de Damián.
No se atrevía a empujar demasiado frente a él.
Luna lo miró con ojos tranquilos.
—¿Qué? ¿Tan tacaño eres que no quieres prestarme un auto?
Damián perdió algo de dureza.
—Si quieres, todos los autos de aquí pueden ser tuyos. Pero correr en pista no es seguro. No es para ti.
—Me subestimas demasiado.
Luna sonrió.
—Jimena dijo hace rato que no corres con mujeres. Si no, también me gustaría correr contigo. Tal vez así podría hacerte sentir lo que es perseguirme.
Usar las palabras de Jimena contra Jimena era lo más limpio.
Los ojos de Damián se oscurecieron.
La comisura de su boca se levantó apenas.
—Ya lo estoy sintiendo.
Perseguir a Luna era una experiencia muy especial.
Después de decirlo, Damián se detuvo un segundo.
Recordó que Jimena también había usado esa frase.
Antes no le pareció incómoda.
Ahora sí.
Luna vio el cambio en su rostro.
Funcionó.
Si Jimena solo fuera una amiga, Luna no haría nada.
Pero Jimena quería algo más.
Quería a su hombre.
Y eso no.
El precio de perseguir a Luna fue verla subir al Ultimate Aero blanco plata.
Jimena subió a su auto rojo, firme, hermosa, segura.
Miró de reojo a Luna en la línea de salida.
Luna tenía una mano en el volante y la otra apoyada junto a la ventana. Se veía relajada, casi perezosa.
Jimena soltó una risa fría.
No la tomaba en serio.
El disparo sonó.
Los dos autos salieron disparados.
Luna tomó el volante con una naturalidad limpia. Sus movimientos eran suaves, fluidos, como si el cuerpo recordara antes que la mente.
—Yo... yo... —Diego se quitó medio casco—. Jefe, ¿estoy viendo bien? ¿No es ilusión?
El primer derrape fue exacto.
En la curva, Luna no perdió velocidad.
En la S, manejó como si fuera una recta.
Diego se quedó con la boca abierta.
—Desde hoy, la cuñada es mi diosa.
Damián no dijo nada.
También estaba sorprendido.
Manejar un auto normal podía aprenderse en días.
Correr así, no.
Eso era técnica.
Horas.
Años.
Instinto.
¿Cuándo aprendió Luna a correr?
En la segunda vuelta, Jimena solo podía ver las luces traseras de Luna.
El Ultimate Aero cruzó primero la meta.
Jimena llegó seis segundos después.
Seis segundos.
En pista, eso era un abismo.
Luna ganó.
Y ganó precioso.
Cuando estacionó y bajó, Diego salió corriendo.
—¡Cuñada! ¡Quiero que seas mi maestra!
Luna lo miró, confundida.
Damián apagó su sueño sin piedad.
—Ni lo pienses.
Hasta él miraba a Luna con asombro.
Su esposa seguía dándole sorpresas.
Jimena tardó en salir de su auto.
La llamada diosa de la pista no podía aceptar que otra mujer la hubiera derrotado de esa forma.
Su orgullo se rompió.
Luna no fue a burlarse.
No hacía falta.
La victoria ya era el golpe.
Miró la hora.
—Ustedes sigan. Tengo que ir a Grupo Rivas.
Acababa de tomar la empresa el día anterior. No aparecer hoy sería mala idea.
Damián no insistió en acompañarla.
Llamó al chofer.
Después de que Luna se fue, Jimena bajó del auto.
Seguía caminando como si nada, pero Damián vio la derrota y la rabia en sus ojos.
—No habrá próxima vez.
La voz de Damián fue más fría que el hielo.
Jimena se detuvo.
La advertencia le cortó la piel.
Damián sabía que la carrera fue idea suya.
Tal vez Jimena creía que estaba defendiendo a Damián por todo lo que Luna hizo en el pasado.
Pero Damián no necesitaba eso.
Si no fuera por los años de amistad, obligar a Luna a entrar a una pista habría bastado para sacarla de su círculo.
Jimena apretó los labios.
—Sí, Damián.
—Llámame jefe. Como Diego y los demás.
La frase cayó sin emoción.
Jimena sintió que las lágrimas casi le salían.
Le quitaron su excepción.
El derecho a llamarlo Damián.
El derecho que construyó durante años.
Solo por una carrera con Luna.
—Sí, jefe.
No se atrevió a preguntar por qué.
Temía perder más.
La rabia le ardió por dentro.
Luna Salcedo.
Todo era por Luna Salcedo.
No iba a perdonarla.
Del otro lado, Luna iba en el auto mirando la ciudad retroceder por la ventana.
Recordó la primera vez que Mateo la llevó a un club de carreras.
Ella no sabía manejar.
Se quedó sola, mirando desde un lado mientras él se divertía.
Para estar a su altura, aprendió.
Sacó licencia.
Estudió técnicas.
Buscó instructores.
Durante cinco años entrenó cada semana, sin importar lluvia, cansancio o dolor.
Solo quería que la próxima vez que Mateo la llevara, pudiera sorprenderlo.
Pero Mateo nunca volvió a llevarla.
Lo único que esperó hasta el final fue la mesa de operaciones.
La muerte.
Su esfuerzo de cinco años se volvió una broma.
Hasta hoy.
Hoy le sirvió para derrotar a Jimena.
Eso sí se sintió bien.
El celular sonó.
Luna miró la pantalla.
Damián era demasiado cuidadoso.
Su celular se perdió en La Hiedra y ella ni siquiera se lo dijo. Esa mañana, don Ramiro ya le había entregado uno nuevo con su número transferido.
El nombre en la pantalla era Ernesto Salcedo.
Dejó sonar un buen rato antes de contestar.
—Luna, vuelve a casa. Hay algo que hablar.
Ernesto no gritó.
Habló como siempre, como si el desastre de la boda no hubiera pasado.
—Puedes decirlo por teléfono.
La casa Salcedo no era casa.
Era un infierno.
La voz de Clara apareció al otro lado. Seguramente le arrebató el celular.
—Luna, soy Clara. Vuelve un momento. Los asuntos de familia se resuelven en familia. Sé que lo de Renata y Mateo te golpeó, pero...
—No expliques. No quiero saber.
Antes creyó que Clara era una buena madrastra.
Ahora sabía que solo fue fácil de engañar.
—En realidad es otra cosa —dijo Clara—. Sobre tu madre.
Luna se enderezó.
—¿Qué cosa?
—Tu madre dejó una carta. Creemos que ya estás casada y es momento de que la conozcas.
—¿Una carta?
Luna apretó el celular.
Oficialmente, Viviana murió en un accidente.
En realidad, Ernesto la mandó matar en una mesa de operaciones.
¿Cómo iba a tener una carta?
—Vuelve y la verás.
Clara no dijo más.
—Bien.
Luna colgó.
La cara se le enfrió.
—Toño, cambia la ruta. Vamos a la casa Salcedo.
Ella todavía no atacaba a los Salcedo.
Y ellos ya empezaban otra vez.
—Sí, señora.
Toño, el chofer del día anterior, miró por el retrovisor.
—¿Quiere que avise al señor?