Sebastián es el confidente incondicional de toda la vida, el refugio al que ella corre tras cada desamor. Pero lo que ella ve como una amistad perfecta es, para él, una tortura silenciosa: la lleva amando en secreto desde hace años.
Ella busca consuelo en el lugar equivocado, sin saber que su "hogar" es en realidad la condena de un hombre que se desmorona por no poder confesar su verdad. ¿Qué sucede cuando el refugio se vuelve insoportable y el secreto amenaza con romperlo todo?
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Ecos de un juramento
La luz del sol se filtraba por las rendijas de las persianas, dibujando rayas doradas sobre el desorden de la sala. El apartamento, que durante la noche había sido un santuario de consuelo, ahora se sentía como un escenario expuesto a la claridad impía de la mañana.
Me desperté en el sofá, con el cuerpo entumecido y el sabor amargo de la resignación en la boca. Sophia ya no estaba en mis brazos. El sonido de la cafetera burbujeando en la cocina me devolvió a la realidad: ella estaba allí, moviéndose con esa naturalidad que me perforaba el alma, como si las lágrimas de hace apenas unas horas fueran una prenda de ropa que ya se había quitado.
Me puse en pie, obligándome a adoptar la máscara de siempre. Entré en la cocina y la vi tarareando una canción suave. Se giró al sentirme, con el rostro lavado y esa energía renovada que solo ella poseía, tan distinta a la chica rota de la madrugada.
—Buenos días, gruñón —dijo, ofreciéndome una taza de café—. Prometo que hoy no te daré la lata con mis dramas. Solo necesitaba... soltarlo.
Sus palabras me hirieron más que sus sollozos. Soltarlo. Para ella era una catarsis; para mí, una noche de insomnio guardando sus secretos.
Mientras la miraba, un recuerdo me golpeó con la fuerza de una marea alta, arrastrándome años atrás, a los callejones de nuestra infancia.
Tenía diez años y Sophia lloraba sobre su bicicleta tirada en el suelo, con la rodilla sangrando tras una caída aparatosa. Yo estaba ahí, pequeño y asustado, pero con la determinación absoluta de que no podía verla sufrir.
—Ya pasó, Sophy —le dije, mientras le vendaba la herida con un trozo de mi propia camiseta, exactamente como hacía ahora con su corazón—. Mientras yo esté aquí, nadie te hará daño. Prometido.
Ella me miró entonces con esa fe ciega que me marcó para siempre, antes de entrelazar su dedo meñique con el mío. Era un juramento de sangre y juegos infantiles que, sin saberlo, se había convertido en la cadena que me ataba a ella dos décadas después.
—Sebas, ¿estás bien? —Su voz me trajo de vuelta al presente. Estaba demasiado cerca, tocando mi brazo con una familiaridad que me quemaba—. Te has quedado mirando a la nada.
—Estoy bien —mentí, apartando la mirada para que no leyera en mis ojos la historia de una condena que ella nunca pidió—. Solo pensaba... en que hoy tienes una entrevista de trabajo, ¿no? No deberías llegar tarde.
Ella se iluminó, volviendo a ser esa chica vibrante que se olvida de los desastres en cuanto sale el sol. Me dio un beso rápido en la mejilla —un roce casual que se sintió como una quemadura— y corrió a buscar sus llaves.
Me quedé solo en la cocina, con el eco de su risa rebotando en las paredes. Observé el café humeante, recordando la promesa que le hice cuando solo éramos niños. Había cumplido mi palabra: nadie la había dañado más de lo que yo me estaba dañando a mí mismo al permanecer a su lado. Y mientras ella salía por la puerta para perseguir sus sueños, yo me quedaba allí, atrapado en la inercia de ser el hogar al que ella siempre volvía a refugiarse.