Axel nunca tuvo talento.
No era el más inteligente.
No era el más fuerte.
No era el más popular.
Mientras otros avanzaban, él parecía quedarse atrás.
A sus 22 años, su vida era una colección de trabajos temporales, sueños abandonados y promesas que nunca cumplía. Cada día se parecía al anterior: levantarse cansado, trabajar por poco dinero y regresar a casa sintiendo que no estaba llegando a ninguna parte.
Pero una noche todo cambia.
Al escuchar a su madre llorar en silencio por las deudas y los problemas que amenazan a su familia, Axel comprende una verdad dolorosa: nadie vendrá a rescatarlo.
No existe un destino especial.
No existen los milagros.
No existe un camino fácil.
Si quiere una vida diferente, tendrá que construirla con sus propias manos.
Así comienza una batalla que durará años.
Una batalla contra la pobreza.
Contra el cansancio.
Contra el miedo.
Contra los errores.
Y, sobre todo, contra sí mismo.
En el camino conocerá a Sofía, una joven que parece tener la vida bajo control, aunque detrás de su sonrisa también esconde heridas que nadie imagina. Juntos descubrirán que crecer no significa volverse perfecto, sino aprender a seguir adelante incluso cuando todo parece perdido.
Entre fracasos, pequeñas victorias, amistades verdaderas, amores complicados y decisiones que cambiarán su futuro, Axel descubrirá que la disciplina duele, que los sueños tienen un precio y que convertirse en alguien mejor es mucho más difícil de lo que imaginaba.
Porque la vida nunca estuvo diseñada para ser fácil.
Y cuando el mundo te obliga a jugar en desventaja...
Solo queda una opción.
Activar el modo difícil.
NovelToon tiene autorización de Jan Vilar para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 14 - El síndrome del impostor
Axel siempre había pensado que el miedo desaparecía después de dar el primer paso.
Estaba equivocado.
A veces el miedo se volvía más fuerte.
Mucho más fuerte.
Porque ahora ya no estaba imaginando el desafío.
Ahora estaba dentro de él.
La primera semana del programa fue brutal.
No físicamente.
Mentalmente.
Cada sesión parecía confirmar una sospecha que Axel llevaba días intentando ignorar.
Todos parecían saber más que él.
Todos parecían entender más rápido.
Todos parecían tener más experiencia.
Mientras algunos hablaban de proyectos que habían realizado, él apenas podía pensar en las cajas que cargaba diariamente en el almacén.
Mientras otros discutían conceptos y estrategias, él tomaba notas intentando no perderse.
Mientras otros hacían preguntas inteligentes, él luchaba por entender algunas explicaciones.
Cada día regresaba a casa más cansado que el anterior.
Y más inseguro también.
El jueves ocurrió algo que empeoró todo.
El instructor hizo una dinámica grupal.
Dividieron a los participantes en equipos.
Cada grupo debía analizar un caso práctico y presentar una solución.
Cuando llegó el momento de participar, Axel sintió que el cerebro se le apagaba.
Tenía ideas.
Algunas incluso eran buenas.
Pero cuando intentó hablar, las palabras no salieron como esperaba.
Se trabó.
Dudó.
Se confundió.
Y terminó explicándose peor de lo que realmente pensaba.
No fue un desastre.
Pero para él sí lo pareció.
Durante el resto de la actividad apenas habló.
Y cuando terminó, solo quería desaparecer.
Aquella tarde ni siquiera fue directamente al parque.
Caminó durante casi una hora por la ciudad.
Sin rumbo.
Con las manos en los bolsillos.
Pensando.
Sobrepensando.
Castigándose mentalmente.
—No pertenezco ahí.
La voz había regresado.
—Tarde o temprano lo descubrirán.
Axel apretó los dientes.
—Solo estás perdiendo el tiempo.
Intentó ignorarla.
Pero era difícil.
Porque aquella voz utilizaba sus propios miedos.
Y los conocía perfectamente.
Cuando finalmente llegó al parque, Sofía estaba sentada en la banca habitual.
Leyendo.
Como siempre.
Pero apenas lo vio cerrar el libro.
—¿Qué pasó?
—Nada.
—Mentira.
—¿Tan obvio es?
—Muchísimo.
Axel se dejó caer sobre la banca.
Durante unos segundos permaneció en silencio.
Luego comenzó a hablar.
Le contó todo.
La dinámica.
Los errores.
La inseguridad.
La sensación de no pertenecer.
Cuando terminó, esperaba algún consejo.
Quizás una frase motivadora.
Tal vez algo inteligente.
Pero Sofía hizo algo diferente.
Se rio.
Literalmente se rio.
Axel la miró indignado.
—¿Qué tiene de gracioso?
—Todo.
—Gracias por tu apoyo.
—No, espera.
Sigo sin entender.
—¿Qué cosa?
—¿Esperabas ser bueno?
—¿Qué?
—El primer mes.
¿Esperabas ser uno de los mejores?
Axel abrió la boca.
Y volvió a cerrarla.
Porque nunca había formulado la pregunta de esa manera.
—Supongo que no.
—Entonces ¿por qué estás actuando como si fracasaras?
Aquello lo dejó pensando.
Mucho.
Porque tenía razón.
Estaba comparando su primer mes con personas que probablemente llevaban años preparándose.
Era absurdo.
Completamente absurdo.
Y sin embargo lo hacía constantemente.
Esa noche, antes de dormir, abrió la libreta.
Y escribió una frase enorme en una página nueva.
NO NECESITO SER EL MEJOR. NECESITO MEJORAR.
La observó durante varios minutos.
Luego añadió otra.
Compararme con otros me roba energía. Compararme conmigo me da dirección.
Era una de las mejores cosas que había escrito.
Porque era verdad.
La única comparación útil era con la persona que había sido ayer.
Los días siguientes fueron diferentes.
No porque las cosas se volvieran fáciles.
No lo hicieron.
Seguían siendo difíciles.
Pero Axel cambió la forma de observarlas.
Cada vez que alguien sabía más que él...
Intentaba aprender.
Cada vez que alguien cometía un error...
Prestaba atención.
Cada vez que no entendía algo...
Preguntaba.
Y poco a poco comenzó a notar algo interesante.
Las personas que admiraba también tenían dudas.
También cometían errores.
También se equivocaban.
La diferencia era que no se escondían cuando ocurría.
Simplemente seguían adelante.
Un sábado, después de una sesión particularmente larga, ocurrió algo inesperado.
Uno de los participantes se acercó.
Se llamaba Diego.
Era uno de los que Axel consideraba más preparados.
Más inteligentes.
Más seguros.
Más capaces.
—Oye.
—¿Sí?
—Quería agradecerte.
Axel parpadeó.
—¿Agradecerme?
—Sí.
—¿Por qué?
Diego sonrió.
—Porque haces preguntas.
—¿Eso es algo bueno?
—Claro.
Muchas veces quiero preguntar lo mismo, pero tú te atreves primero.
Axel se quedó inmóvil.
Porque aquella respuesta no encajaba con la imagen que tenía de sí mismo.
Él pensaba que sus preguntas demostraban ignorancia.
Resultaba que otros las encontraban útiles.
Aquello cambió algo dentro de él.
Pequeño.
Pero importante.
Esa misma tarde recibió otro mensaje del hombre del traje.
Solo una línea.
"¿Cómo va todo?"
Axel sonrió.
Y respondió honestamente.
"Difícil."
La respuesta llegó pocos minutos después.
"Perfecto."
Axel soltó una carcajada.
Otra vez esa palabra.
Perfecto.
Bien.
Parecía que aquellos dos conceptos perseguían su vida últimamente.
Entonces llegó un segundo mensaje.
"Si fuera fácil, no estarías creciendo."
Axel observó la pantalla.
Y por primera vez no sintió presión.
No sintió ansiedad.
No sintió miedo.
Solo una tranquilidad extraña.
Porque comprendió algo importante.
No estaba fallando.
Estaba aprendiendo.
Y había una diferencia enorme entre ambas cosas.
Aquella noche regresó a casa más tarde de lo habitual.
Su madre estaba viendo televisión.
—Llegaste tarde.
—Sí.
—¿Cómo va el programa?
Axel sonrió.
—Difícil.
Ella soltó una pequeña risa.
—Entonces va bien.
Axel se quedó inmóvil.
—¿Ahora tú también?
—¿Qué?
—Nada.
Sacudió la cabeza.
Y ambos terminaron riéndose.
Mientras caminaba hacia su habitación, pensó en algo curioso.
Meses atrás habría abandonado.
Lo sabía.
El antiguo Axel habría encontrado una excusa.
Habría dicho que no era para él.
Que era demasiado complicado.
Que otras personas eran mejores.
Y se habría rendido.
Pero esta vez no.
Esta vez seguía avanzando.
Asustado.
Inseguro.
Confundido.
Pero avanzando.
Y quizás eso era lo que realmente significaba crecer.
No dejar de sentir miedo.
Sino aprender a caminar con él.
Fin del Capítulo 14