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Debajo De Tus Sábanas

Debajo De Tus Sábanas

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor prohibido / Traiciones y engaños
Popularitas:2.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Miliarias

Todos sabían que Víctor Moreira se había convertido en un hombre solitario tras su reciente y complicado divorcio con Ángela. Desde entonces, se había concentrado exclusivamente en una sola cosa: ser un padre intachable, enfocado en su trabajo y, sobre todo, en proteger el bienestar de su hija Angélica, una adolescente de quince años.
Pero nadie sabía sobre esos deseos sexuales que se encendieron con cada mirada recibida por Cecilia Morales, su nueva secretaria de veinte años. Una joven que fingía ser tímida, discreta y sumamente profesional ante el mundo, cuando en realidad ocultaba fantasías intensas y deseaba a ese hombre mayor y con autoridad solo para ella.

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Capitulo 24

La mañana del viernes cayó sobre la ciudad como un manto gris y pesado. En el piso doce de la empresa, el silencio era sepulcral, roto únicamente por el rítmico tecleo de la recepción. Cecilia Morales estaba sentada frente a su escritorio, vistiendo un impecable vestido de punto color azul marino que se ceñía con delicadeza a la madurez de sus curvas. Su cabello rubio estaba recogido en un moño bajo y tirante, dándole un aire de solemnidad que contrastaba con la tormenta que ardía en su pecho.

La noche anterior apenas había podido pegar el ojo. La imagen de Ángela arrojando aquellas fotografías sobre el escritorio de caoba y su sibilante amenaza de destruir la relación de Víctor con su hija Angélica se repetían en bucle en su mente. Cecilia conocía perfectamente los fetiches y los deseos más oscuros de su jefe, sabía lo que significaba entregarse por completo a su autoridad dominante debajo de las sábanas, pero también entendía el peso de la realidad. Víctor era un hombre de treinta años con una reputación impecable que proteger y, por encima de todo, era un padre devoto. Angélica era su cable a tierra, su prioridad absoluta. Si su exesposa cumplía la promesa de envenenar la mente de la adolescente con esas imágenes íntimas, el daño sería irreparable.

Con las manos temblorosas pero una determinación gélida, Cecilia deslizó un papel membretado en la impresora. Al ver el documento impreso, las letras de su renuncia voluntaria e irrevocable parecieron quemarle los ojos. Era la decisión más dolorosa de su vida, pero también el último y más puro acto de sumisión y amor hacia el hombre que le había enseñado el verdadero significado de la posesión. Para salvarlo a él y garantizar la tranquilidad de su hogar, ella tenía que desaparecer de su mapa.

A las nueve en punto, la puerta de vidrio del despacho principal se abrió. Víctor entró vistiendo un traje negro que resaltaba su imponente presencia física y sus hombros anchos. Su rostro serio y maduro denotaba el cansancio de haber pasado la noche en vela ideando estrategias legales contra Ángela, pero al fijar sus ojos oscuros en Cecilia, una chispa de esa atracción magnética de siempre se encendió en sus pupilas.

—Señorita Morales, a mi oficina. Traiga los reportes del comité de riesgos —ordenó Víctor. Su voz profunda y ronca vibró en el espacio vacío, una orden que en cualquier otro momento habría hecho que las piernas de Cecilia temblaran de anticipación.

Cecilia se levantó despacio. Alisó la tela de su vestido azul sobre sus caderas con un movimiento pausado, dolorosamente sensual, consciente de que esa sería la última vez que caminaría bajo su mirada en ese lugar. Tomó la carpeta que contenía los informes y, oculto entre ellos, el papel de su renuncia.

Entró al despacho y el clic definitivo del pestillo de la puerta trasera resonó como una sentencia de muerte.

Víctor no esperó a que se acercara al escritorio. Con la velocidad de un depredador que reclamaba su territorio tras la amenaza del día anterior, acortó la distancia y la tomó del brazo con una firmeza implacable. La arrastró suavemente hacia la pared de caoba, acorralándola con su robusta contextura física. Su respiración caliente, impregnada de ese aroma amaderado que a ella la volvía loca, inundó sus sentidos.

—No he dejado de pensar en ti en toda la noche, Cecilia —le susurró Víctor contra los labios, con una mezcla de furia posesiva y adoración cruda—. Lo que dijo Ángela no va a cambiar nada. Ya hablé con mis abogados. Voy a ponerle un límite definitivo a sus chantajes. Tú no tienes por qué esconderte. Eres mía, y nadie en esta maldita empresa ni fuera de ella va a quitarme el control de lo que tenemos.

El contacto de su cuerpo firme contra el de ella desató la electricidad habitual. Cecilia sintió el impulso salvaje de rodear su cuello con los brazos, de entregarse a esa superioridad natural que tanto la desarmaba y dejar que él resolviera el mundo. Pero la madurez de su decisión la sostuvo. Con una parsimonia desgarradora, levantó sus manos y las colocó en el pecho de Víctor, no para abrazarlo, sino para empujarlo sutilmente, marcando una distancia que congeló el aire del despacho.

—Víctor... detente —pidió ella en un hilo de voz suave, pero cargada de una firmeza que él nunca le había escuchado.

Víctor frunció el ceño, sus pupilas se dilataron por la sorpresa y la confusión. Jamás, desde que habían establecido sus reglas en el viaje, ella había rechazado su contacto de esa manera.

—¿Qué pasa, Cecilia? Te di una orden. Te prohibí que dejaras que el miedo te dominara —dictó él, intentando recuperar su tono de mando implacable.

—Esto no es miedo, es realidad —respondió ella, forzando una mirada dócil pero inquebrantable. Con dedos firmes, abrió la carpeta y sacó el papel de la renuncia, extendiéndolo hacia él—. Esto es lo mejor para los dos. He firmado mi renuncia. Me voy de la empresa, Víctor. Y me voy de tu vida.

Víctor se quedó mudo. Tomó el papel como si fuera veneno, recorriendo las líneas con una incredulidad que rápidamente mutó en una rabia sorda. Rompió el documento en mil pedazos en un segundo, arrojando los restos al suelo.

—¡No acepto tu renuncia! —rugó Víctor, y su voz profunda vibró con una desesperación cruda que desarmó la formalidad del despacho. La tomó de las muñecas con fuerza, inmovilizándola contra la madera—. Te lo dije el mes pasado, te lo repetí ayer: yo pongo las reglas en esta relación. Y mi palabra es que te quedas a mi lado. No vas a huir solo porque las cosas se pusieron difíciles.

—¡No estoy huyendo por mí, estoy huyendo por ti! —exclamó Cecilia, rompiendo por fin su máscara robótica de frialdad mientras las lágrimas amenazaban con nublar su vista—. ¿No lo entiendes, Víctor? Si Ángela le muestra esas fotos a tu hija, la vas a perder. Angélica está en una edad difícil, está rebelde. El escándalo destruirá tu reputación en la junta directiva y le dará a tu exesposa el arma perfecta para quitarte la custodia. No puedo ser la causa de que tu mundo se desmorone.

Se produjo un silencio espeso, roto solo por sus respiraciones agitadas. Víctor la miró desde arriba, con la mandíbula tensa y los ojos inyectados de dolor. Ver a la mujer que dominaba en secreto debajo de las sábanas, a la dócil secretaria que adoraba su autoridad, sacrificando su propio placer y su estabilidad solo por protegerlo a él y a su hija, le partió el alma. Entendió que el sacrificio de Cecilia no era un acto de desobediencia, sino la entrega más absoluta y profunda que jamás recibiría de nadie.

Cecilia aprovechó su silencio para zafar sus muñecas con suavidad. Se acercó a él por última vez, eliminando la distancia, permitiendo que el calor de sus cuerpos se fusionara en una despedida silenciosa. Deslizó sus manos por las solapas de su traje negro, subiendo hasta acariciar su mandíbula madura con una ternura infinita.

—Déjame ir, Víctor... por la tranquilidad de tu hija. Esta es la última orden que te pido que respetes —le rogó en un susurro ronco, rozando sus labios con los de él en un beso que sabía a despedida, a promesas rotas y a una atracción que jamás se apagaría.

Víctor no pudo evitarlo. La rodeó con sus brazos grandes, pegándola a su pecho con una fuerza posesiva salvaje, como queriendo fundirla con su propia piel. La besó con desesperación, un beso profundo, caliente y lleno de una devoción cruda que selló su romance secreto en la penumbra del despacho.

Minutos después, Cecilia salió de la oficina con paso firme, sin mirar atrás. Dejó la recepción vacía, llevándose consigo sus nuevos hábitos y dejando a Víctor Moreira solo en su inmenso despacho, con el control de su empresa intacto, pero con el corazón encadenado al recuerdo de la única mujer que había sido dueña de su voluntad.

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Kookie
ojalá subas capitulos muchos
Kookie
tuvieron un bebé
Kookie
ya se la ganó
Kookie
tanto tiempo pasó
Kookie
entiendo a Ceci
Kookie
ya empezó el juego
Kookie
la odiosa de su ex esposa
Kookie
se está poniendo bueno
Kookie
la niña le dió su merecido a esa bruja
Kookie
no tenía que irse
Kookie
más trasfondo de la madre
Kookie
uffffff
Kookie
Ya le confesó 🤭🤭
Kookie
Más capitulos plis
SAQ
Red
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