✅️🔞🦋👑En el imponente Imperio de Aethelgard, la luz y la piedra dictan las leyes. En la cima de las Torres de Marfil, la princesa Lysandra gobierna las cortes con una elegancia tan afilada como un puñal. Es hermosa, calculadora y letal en el juego de la política; una experta para asegurar la supervivencia de su dinastía.
En la base del reino, entre el barro, la lluvia y el eco del acero, se encuentra la general Kaelith. Marcada por las cicatrices de una guerra interminable contra las sombras de Umbralia, Kaelith es el escudo inquebrantable del imperio. Es una mujer de disciplina marcial y pocas palabras, pero esconde un secreto que podría costarle la cabeza: su lealtad no le pertenece a la corona, sino a la mujer que la lleva.👑🦋🔞✅️
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Cumplí mi parte
El choque de la marea oscura contra la barricada imperial fue como el impacto de un océano. El cañón de las almas perdidas se convirtió de inmediato en un matadero de gritos, acero desgarrado y humo negro. La primera línea de soldados de Kaelith resistió el embate inicial con los escudos en alto, pero la fuerza bruta de las criaturas de Umbralia era devastadora.
Kaelith se movía en la vanguardia como una tormenta de metal. Su espada rúnica trazaba arcos de luz blanca en la penumbra, cortando miembros de hueso y disolviendo los cuerpos de humo en nubes de ceniza. Tenía la armadura salpicada de fluidos oscuros y el hombro derecho le ardía por el esfuerzo, pero no retrocedía ni un milímetro.
—¡Mantengan la formación! —rugió Kaelith a través de la visera de su casco—. ¡No dejen que rodeen los flancos!
A su izquierda, Mael lideraba a un grupo de lanceros, enterrando sus armas en el pecho de unas bestias gigantescas que intentaban trepar por las paredes de piedra del cañón.
—¡General! —gritó Mael, esquivando las garras de un monstruo—. ¡La barricada central está cediendo! ¡Hay demasiada presión!
Kaelith miró hacia el centro de la defensa. Tres chamanes de Umbralia, ocultos detrás de la masa de bestias, canalizaban hilos de energía morada directamente hacia los bloques de piedra que los ingenieros habían colocado. Las rocas, encantadas para resistir impactos normales, empezaban a agrietarse y a deshacerse bajo la magia de sombras.
Si esa sección caía, el ejército enemigo pasaría como una inundación, masacrando a los soldados en cuestión de minutos.
—Mael, quédate aquí y sostén el flanco izquierdo con los ballesteros —ordenó Kaelith, tomando una decisión desesperada—. Voy a destruir esos chamanes.
—¡Es un suicidio, Kaelith! —protestó Mael, bloqueando un ataque—. ¡Hay un batallón entero entre tú y ellos!
—Si no lo hago, moriremos todos aquí de cualquier forma —respondió la general.
Kaelith no esperó réplica. Ajustó el agarre de su espada, respiró hondo el aire cargado de azufre y corrió directamente hacia la brecha que comenzaba a abrirse en la barricada central. Saltó por encima de un bloque de piedra derribado y se plantó en territorio enemigo.
El aire en el lado oscuro del cañón era tan pesado que dificultaba la respiración. Dos bestias se arrojaron sobre ella al instante. Kaelith esquivó a la primera, permitiendo que las garras pasaran de largo, y usó el pomo de su espada para destrozarle el cráneo a la segunda. Con un giro rápido, rebanó las patas de la criatura rezagada y siguió avanzando.
Cada paso era una batalla por su vida. Kaelith cortaba, esquivaba y golpeaba con el escudo. Su mente se había despojado de todo miedo, reduciéndose a un único objetivo puramente militar: destruir la fuente de la magia. Sin embargo, en el rincón más profundo de su consciencia, el motor que impulsaba sus músculos no era el odio al enemigo. Era el rostro de Lysandra. Era la necesidad de cumplir su promesa. «Gana tiempo para mí», le había pedido la princesa. Y Kaelith iba a comprar ese tiempo, aunque tuviera que pagar el precio con su propia vida.
Una ráfaga de fuego morado impactó directamente contra su escudo. La fuerza de la explosión la arrojó tres metros hacia atrás, haciéndola rodar por el suelo de ceniza. El escudo de metal quedó inservible, doblado y cubierto por una sustancia ácida que devoraba el metal. Kaelith lo soltó con desprecio y se levantó, sosteniendo su espada con ambas manos.
El casco se le había soltado en la caída. Sus ojos se fijaron en los tres chamanes, que ahora la miraban con sorpresa debajo de sus capuchas de harapos. Estaba a menos de diez metros de ellos, pero entre la general y los magos se interponía una criatura de sombras que doblaba su tamaño, un ejecutor de Umbralia armado con una gigantesca hacha de hierro negro.
El ejecutor rugió y levantó el hacha, descargándola con una velocidad aterradora.
Kaelith rodó hacia la derecha. El arma enemiga se hundió profundamente en la tierra gris, levantando una nube de polvo. Aprovechando el momento en que el monstruo intentaba liberar su hacha, Kaelith corrió por el mango de madera del arma, saltó en el aire y enterró su espada rúnica directamente en el ojo brillante del ejecutor.
La criatura soltó un alarido de agonía antes de disolverse. Kaelith cayó de rodillas, recuperando su espada, y se impulsó hacia adelante antes de que los chamanes pudieran reaccionar.
Con movimientos limpios y precisos, nacidos de la furia y la adrenalina, su acero cortó las gargantas de los tres magos. La energía morada que sostenía a la vanguardia de Umbralia estalló en el aire, disipándose como humo arrastrado por el viento.
En todo el cañón, las bestias menores soltaron chillidos de confusión y debilidad al perder el sustento de sus amos. Los soldados de Aethelgard, al ver caer a los chamanes, gritaron con renovada fuerza y empujaron las líneas, haciendo retroceder al enemigo.
Kaelith permaneció de pie entre los restos de los chamanes, con la respiración entrecortada y el cuerpo temblando. Había ganado. El ataque masivo había sido contenido y el cañón resistiría, al menos por unas horas más.
Sin embargo, el silencio de su victoria duró poco.
Detrás de la primera oleada que acababa de destruir, el verdadero ejército de Umbralia comenzó a surgir de la niebla del fondo. Miles de siluetas más avanzaban, un número infinito contra el que sus cansados soldados no tenían oportunidad sin los refuerzos de la capital.
Kaelith intentó dar un paso atrás para regresar a la barricada, pero una punzada de dolor insoportable en el costado izquierdo la hizo caer de rodillas.
Bajó la vista. Durante el combate contra el ejecutor o en la explosión de los chamanes, una esquirla de hierro negro o una garra envenenada había perforado la placa lateral de su armadura. Una mancha de sangre espesa y oscura empapaba su túnica militar, extendiéndose con rapidez. El veneno de las sombras ya empezaba a correr por sus venas, enfriándole el cuerpo por dentro.
—No... todavía no —susurró Kaelith, intentando apoyarse en su espada para levantarse, pero sus piernas no respondieron. Su visión empezó a nublarse, volviéndose borrosa en los bordes.
—¡Kaelith! —escuchó el grito desesperado de Mael a lo lejos.
La general vio la silueta de su amigo corriendo hacia ella, abriéndose paso entre los restos del combate para alcanzarla, pero su voz se escuchaba cada vez más distante, como si estuviera bajo el agua.
El frío en su pecho se intensificó. Kaelith llevó su mano hacia el bolsillo interior de su túnica militar, apretando los dedos contra el pergamino sellado con cera azul que contenía su carta de despedida. El papel seguía allí, intacto, guardando el secreto de su amor prohibido.
Con las últimas fuerzas que le quedaban, Kaelith miró hacia el norte, hacia la dirección donde las altas Torres de Marfil de Aethelgard se alzaban por encima de las nubes. En su mente, el sonido de la guerra desapareció. Ya no había monstruos, ni ceniza, ni dolor. Solo quedaba el recuerdo de unos ojos verdes mirándola en la penumbra del jardín, y la sensación fantasma de unos labios que nunca llegó a besar.
«Cumplí mi parte, Lysandra...», pensó, mientras su cuerpo cedía por completo y caía de costado sobre la tierra fría del sur. «Te gané el tiempo que me pediste».
Mael llegó a su lado, arrodillándose en el barro y tomándola por los hombros, gritando por un médico del ejército, pero Kaelith ya no podía escucharlo. Sus ojos se cerraron lentamente mientras la oscuridad del cañón la envolvía por completo, dejando su destino y el del imperio suspendidos en el filo de una navaja.