Serena Mora tenía una vida perfectamente normal: universidad, tesis, y una novela de fantasía que leía para procrastinar. Hasta que despertó dentro de esa novela, atrapada en el cuerpo de la villana más odiada de la historia.
Su primera misión: hacer que el protagonista masculino se enamore de ella. El problema: él la odia con un puntaje de -123,456.
Adrián Navarro fue prisionero, torturado, y mutilado durante años. Su cuerpo se regenera de cualquier herida — un don que otros usaron para hacerlo sufrir. No confía en nadie. No ama a nadie. Y definitivamente no planea enamorarse de la mujer que lo tuvo cautivo.
Pero Serena no es la villana que él recuerda.
Con su espíritu guía (un loro parlanchín llamado Lilo), un medidor de afinidad que marca cifras ridículas, y un corazón demasiado terco para rendirse, Serena se propone cambiar el destino de todos. El de Adrián. El de sus amigos. El suyo propio.
Lo que no sabe es que su historia no empieza en una novela. Empieza hace diez mil años, cuando dos almas se encontraron por primera vez — y el destino juró separarlas.
Tres vidas. Trescientos años en el inframundo buscándola. Mil años reconstruyendo un cuerpo para volver a ella.
¿Cuántas primaveras hacen falta para un amor eterno?
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Capítulo 10
León Castellar decidió viajar cerca de Serena Mora.
No pidió permiso. No anunció intención. Simplemente apareció a su lado después de que el camino quedó libre, con el aire de quien acababa de concederle al mundo el honor de su presencia.
Serena lo soportó durante exactamente nueve minutos.
—¿Siempre caminas como si el suelo te debiera una disculpa? —preguntó.
León sonrió.
—¿Siempre hablas así con príncipes?
—No conozco suficientes para tener estadística.
—Qué lástima. Podrías empezar conmigo.
—Paso.
Valentina Rojas, unos metros adelante, soltó una risa. Tomás Calvo no miró atrás, pero sus hombros se movieron apenas. Alicia Nieves fingió revisar su bolsa de vendas. Adrián Navarro caminaba al otro lado del sendero, silencioso, como si cada palabra entre Serena y León fuera un ruido que prefería no escuchar.
León inclinó la cabeza hacia el tramo de camino que habían despejado.
—Lo del tronco fue curioso.
—Fue una cuerda y gente empujando.
—Fue una persona sin Don arcano diciéndoles a varios practicantes de Artes Arcanas cómo mover algo que ellos no podían mover.
—Cuando lo dices así, suena mejor.
—¿Dónde aprendiste?
Serena sintió a Lilo ponerse rígido dentro de su capucha.
—Problemas domésticos.
—¿Problemas domésticos?
—Muebles atorados, puertas hinchadas, mudanzas mal planeadas. La vida enseña.
León la miró como si no entendiera la mitad y esa mitad le interesara más.
Antes de que pudiera hacer otra pregunta, uno de los guardias de Héctor levantó la voz desde el segundo carruaje.
—Señorita Mora, el odre está casi vacío.
El grupo se detuvo cerca de un arroyo estrecho. El agua corría entre piedras oscuras, pero la lluvia de la noche anterior la había vuelto turbia. Un sirviente de León ya estaba inclinado para llenar una cantimplora cuando Serena lo vio.
—¡No la tomes así!
El hombre se sobresaltó y casi cayó al arroyo.
León arqueó una ceja.
—¿Ahora también das órdenes al agua?
Serena ignoró el comentario y se acercó al borde. El agua no olía mal, pero estaba llena de tierra fina y hojas deshechas. Después de una emboscada, con heridos y vendas abiertas, lo último que necesitaban era enfermarse por beber cualquier cosa.
Lilo asomó la cabeza desde la capucha.
—Sugerencia: filtrado básico. Tela, arena limpia, carbón de fogata, hervido posterior.
—Te quiero cuando eres útil —susurró Serena.
—Archivado para futuras discusiones.
Tomás se acercó.
—¿Hay algo en el agua?
—Tal vez. Tal vez no. El problema es que no podemos verlo.
Valentina miró el arroyo.
—Si está sucia, la hiervo.
—Primero hay que quitarle tierra y restos. Luego hervirla.
León cruzó los brazos.
—¿Y eso lo aprendiste moviendo muebles?
—Esto lo aprendí sobreviviendo a gente que cree que "se ve clara" significa "no te va a destruir el estómago".
Alicia se arrodilló junto al arroyo, interesada.
—En la Orden hervimos agua para pociones, pero no siempre para beber.
—Pues hoy sí. Sobre todo por los heridos.
Serena pidió una tela limpia, un cuenco, arena de la orilla alta y restos de carbón apagado de la fogata de la mañana. Valentina hizo una mueca al ver que le entregaban el carbón.
—¿Quieres que cocine piedras también?
—Quiero que no nos dé fiebre a todos antes de llegar a Monte Celeste.
—Eso sería inconveniente.
—Muchísimo.
Tomás sostuvo la tela sobre el cuenco mientras Serena acomodaba capas improvisadas. No era un filtro perfecto, ni de lejos, pero era mejor que beber directo del arroyo. El agua pasó lenta, menos turbia. Después Valentina la calentó hasta hervir, con una precisión que hizo que el vapor subiera sin quemar el recipiente.
León dejó de burlarse a la mitad del proceso.
Eso fue más satisfactorio que mover el árbol.
—El agua clara también puede enfermar —explicó Serena, más para Alicia que para él—. Hay cosas demasiado pequeñas para verlas. Se quedan en las manos, en las vendas, en los recipientes. Si entran a una herida o al estómago, causan problemas.
Alicia frunció el ceño con atención.
—¿Como venenos diminutos?
—Algo así.
Lilo susurró:
—Aceptable simplificación.
Serena le dio un golpecito por encima de la capucha.
Adrián, que hasta entonces se había mantenido apartado, miró el agua hervida, luego sus propias vendas. Serena lo notó, pero no dijo nada. Alicia también lo notó y, sin acercarse, colocó un segundo cuenco de agua limpia cerca del frasco de ungüento.
—Para quien los necesite —repitió.
Adrián no respondió.
Pero sus ojos fueron al cuenco.
Uno de los guardias heridos bebió primero. Después Tomás. Luego Alicia usó parte del agua para lavar una venda antes de cambiarla. Valentina esperó a que se enfriara, probó un sorbo y levantó las cejas.
—Sabe a carbón triste.
—Pero no te mata.
—Título horrible para una receta.
—Agua que no mata es una receta excelente en tiempos de crisis.
León tomó el último cuenco que le ofrecieron. Bebió con cautela, como si admitir que funcionaba fuera una derrota política.
—No tienes Don arcano —dijo al final.
—Ya tuvimos esa humillación pública, gracias.
—No tienes entrenamiento, no tienes fuerza y no pareces saber montar guardia.
—Qué lista tan bonita. ¿La vas a bordar en una bandera?
—Pero sabes cosas raras.
Serena lo miró.
León ya no sonreía como antes. Seguía siendo arrogante, sí, pero debajo había una atención más precisa.
—Y las usas rápido —añadió—. Eso puede ser más peligroso que un Don mediocre.
Valentina chasqueó la lengua.
—No le infles el ego. Apenas está aprendiendo a no caerse.
—Todos tenemos dones —dijo León, sin apartar los ojos de Serena—. Algunos son menos evidentes.
Serena no supo si aquello era un cumplido o una advertencia.
Adrián sí lo tomó como advertencia.
Su mirada se clavó en León, fría, silenciosa.
León lo notó y sonrió otra vez.
—Tranquilo, Navarro. Solo estoy diciendo que tu carcelera es más interesante de lo que parece.
El aire cambió.
Serena dio un paso antes de que Adrián pudiera responder.
—No uses esa palabra.
León ladeó la cabeza.
—¿Carcelera?
—No.
León la estudió durante un segundo largo.
—Interesante —repitió.
Esta vez, Serena no tuvo una respuesta rápida.
Porque Adrián la estaba mirando también.
Y por primera vez, no parecía preguntarse solo qué quería ella.
Parecía preguntarse por qué esa palabra le había dolido.