Adrián y Valentina son una pareja perfecta ante los demás. Él es un abogado exitoso; ella, una restauradora de arte. Pero todo se quiebra cuando Valentina descubre que su mejor amiga, Daniela, y su propio esposo la engañan desde hace años. Lo que Valentina no sabe es que Adrián planeó todo para quedarse con su herencia. El tercero en discordia es Leonardo, un socio de Adrián que guarda un secreto: está enamorado de Valentina desde la universidad y ha esperado una década para destruir a Adrián desde dentro
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Capítulo 13 – La trampa perfecta (venganza etapa 2)
La semilla que Valentina había plantado en la oscuridad del dormitorio germinó más rápido de lo que esperaba. Al día siguiente, Adrián amaneció con el rostro demacrado y los ojos inyectados en sangre. No había dormido. Ella lo sabía porque tampoco había dormido ella, pero por razones muy distintas.
—¿Te pasa algo? —preguntó Valentina con una dulzura venenosa mientras le alcanzaba el café.
—Nada. Solo estoy cansado.
Mentira. Estaba furioso. Lo notaba en la tensión de su mandíbula, en la forma en que apretaba la taza hasta que los nudillos se le ponían blancos. La idea de que Valentina tuviera a otro lo corroía por dentro. No porque la amara. Porque era suya. Su propiedad. Su inversión. Y nadie tocaba lo que era suyo.
Valentina sonrió para sus adentros. Los celos, pensó, eran el arma más afilada del mundo. Más que el odio. Más que la venganza. Los celos hacían que los hombres inteligentes cometieran estupideces. Y Adrián era muy inteligente. Pero también, ahora lo sabía, muy estúpido.
Esa mañana, mientras Adrián se vestía para ir al bufete, Valentina envió un mensaje a Daniela desde el número temporal:
"Adrián sospecha de ti. Cree que vas a traicionarlo. Esta noche, después de las nueve, llama a este número. Te diré cómo salir viva."
La respuesta llegó al minuto: "¿Quién eres? ¿Por qué me ayudas?"
"Porque quiero que él pierda todo lo que ama. Y eso te incluye a ti."
Daniela no volvió a escribir. Pero Valentina sabía que llamaría. El miedo siempre ganaba.
El siguiente paso era más delicado. Valentina necesitaba que Adrián descubriera algo que lo empujara a actuar antes de tiempo. Algo que lo hiciera sentir acorralado. Un animal acorralado ataca. Y un ataque impulsivo era más fácil de grabar y de probar que un plan meticuloso.
Por eso, esa tarde, "sin querer", dejó una copia del recibo del hotel sobre la mesa de la cocina. No el original. Una fotocopia. Lo suficiente para que Adrián supiera que alguien lo había descubierto, pero no para que pudiera identificar a quién.
Llegó a casa a las siete. Adrián ya estaba allí. Eso era raro. Nunca llegaba antes de las ocho.
—Hola, amor —dijo ella, dejando el bolso en la entrada.
—Hola.
Él estaba de pie junto a la mesa de la cocina. En la mano, sostenía la fotocopia del recibo. Su rostro era una máscara perfecta de calma, pero sus ojos quemaban.
—¿Qué es esto? —preguntó, agitando el papel.
Valentina fingió sorpresa. Se acercó, cogió el recibo, lo miró con una expresión de confusión ensayada durante horas frente al espejo.
—No lo sé. Debe de haberse caído de algún sitio.
—¿De algún sitio? ¿De qué sitio, Valentina? Esto es un recibo de un hotel. Y tiene mi nombre.
—¿Tiene tu nombre? —Se acercó más, como si no lo hubiera leído ya cien veces—. No entiendo. ¿Por qué estaría tu nombre en un recibo de un hotel?
—Eso es lo que me gustaría saber a mí.
El silencio se instaló entre ellos. Pesado. Eléctrico. Valentina mantuvo la mirada baja, las manos temblorosas (fingidas), los labios apretados. Daba el papel de esposa confundida y herida. Era una actuación digna de un premio.
—Adrián —dijo, levantando la vista con los ojos húmedos—, ¿me estás siendo infiel?
—No. Claro que no.
—Entonces, ¿qué hace esto aquí?
Él dio un paso hacia ella. Le puso una mano en el hombro. La mano temblaba. No de nervios. De rabia contenida.
—Alguien está intentando separarnos. Alguien que quiere hacernos daño.
—¿Quién?
—No lo sé todavía. Pero lo voy a averiguar.
Valentina asintió. Se dejó abrazar. Cerró los ojos y sintió el latido acelerado del corazón de Adrián contra el suyo. No era amor. Era adrenalina. Era miedo a ser descubierto. Y era perfecto.
Esa noche, después de cenar, Valentina se encerró en el baño y llamó a Leonardo.
—Está nervioso —susurró—. El recibo funcionó. Ahora cree que alguien lo está investigando. No sabe que soy yo.
—¿Y Daniela?
—Llamará a las nueve. A las nueve y diez, Adrián recibirá un mensaje anónimo diciéndole que Daniela lo va a traicionar. Con eso tendremos suficiente para que haga algo estúpido.
—¿Y si no funciona?
—Va a funcionar. Porque los hombres como Adrián no soportan perder el control. Y ahora mismo, está perdiendo el control de todo.
Colgó. Salió del baño con el pelo mojado y una bata blanca. Adrián estaba en el salón, mirando la televisión sin verla. Tenía el teléfono en la mano. Lo miraba como si fuera una bomba a punto de estallar.
Valentina se sentó a su lado. Apoyó la cabeza en su hombro.
—¿Todo bien, amor?
—Todo bien.
Pero no lo estaba. Y ella lo sabía.
A las nueve en punto, el teléfono de Valentina vibró en su bolsillo. Era Daniela. No contestó. Dejó que sonara hasta que pasó a buzón. Luego, desde el número temporal, le envió un mensaje: "Espera. Todavía no es seguro."
A las nueve y cinco, el teléfono de Adrián vibró. Él lo cogió. Lo miró. Su rostro cambió. La máscara se resquebrajó por un instante y Valentina vio algo que nunca había visto antes: miedo auténtico.
—¿Qué pasa? —preguntó ella.
—Nada. Un mensaje de trabajo.
Se levantó. Fue al estudio. Cerró la puerta con llave.
Valentina se quedó en el salón, sonriendo.
Había enviado ese mensaje. Decía: "Daniela está hablando con la fiscalía. Si no la detienes hoy, mañana te detienen a ti."
Adrián no sabía que el número era falso. No sabía que Daniela estaba tan asustada como él. Solo sabía que su mundo se estaba derrumbando y que el jueves quedaban dos días.
Demasiado tiempo.
Ahora tendría que actuar antes.
Valentina se levantó, fue a la cocina y preparó una taza de té. Mientras el agua hervía, sacó la grabadora del bolsillo de la bata y comprobó que todo estuviera en orden.
Lo estaba.
La trampa perfecta no era una. Eran muchas, tejidas unas dentro de otras, como muñecas rusas. Cada vez que Adrián creía haber encontrado una salida, se topaba con otra pared. Y la última pared, la más alta, la más infranqueable, se llamaba Valentina.
Y ella ya no tenía miedo.
Tenía sed de justicia.