Valeria Bellucci jamás imaginó que terminaría casada con el hombre más poderoso y frío de la ciudad.
Acorralada por las deudas de su familia, acepta un matrimonio por contrato con Enzo Ricci, un CEO multimillonario conocido por destruir a cualquiera que se interponga en su camino.
Las reglas eran simples: — No enamorarse.
— No interferir en la vida del otro.
— Mantener la apariencia de un matrimonio perfecto.
Pero vivir bajo el mismo techo con un hombre obsesivo, dominante y lleno de secretos hará que Valeria descubra que detrás de aquella mirada fría existe un pasado capaz de destruirlos a ambos.
Lo que comenzó como un simple acuerdo terminará convirtiéndose en una guerra de celos, deseo y sentimientos prohibidos.
Porque algunos contratos pueden firmarse con tinta…
pero otros terminan grabándose en el corazón.
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CAPITULO 12 ENTRE EL MIEDO Y EL SILENCIO
VALERIA
El hospital tiene una forma cruel de enseñarte lo frágil que puede ser todo.
Incluso cuando te dicen que “salió bien”.
Incluso cuando deberías estar tranquila.
Incluso cuando intentas convencerte de que ya pasó lo peor.
Pero no pasa.
Solo cambia de forma.
Mi papá llevaba tres días despierto después de la cirugía.
Tres días en los que yo apenas había logrado dormir unas horas seguidas.
Y tres días en los que Enzo seguía apareciendo en el hospital como si fuera parte del lugar.
Como si no fuera solo un contrato.
Estaba sentada frente a la habitación de mi papá, con la espalda encorvada, las manos apretadas entre sí y la mirada fija en la puerta. Si la perdía de vista por un segundo, sentía que algo podía romperse otra vez.
—No has dormido —escuché su voz.
Enzo.
No lo miré de inmediato.
—No es como si pudiera —respondí.
Lo sentí acercarse, pero no demasiado.
Siempre mantenía esa distancia exacta, como si supiera cuándo estar presente sin invadir.
—Está estable —dijo.
Solté una risa breve, sin humor.
—Eso dijeron antes de la cirugía.
Silencio.
Lo odiaba y lo necesitaba al mismo tiempo.
Porque su presencia me mantenía aquí.
Pero también me recordaba que nada de esto era normal.
Me obligué a respirar.
—No me mires así —murmuré sin verlo.
—¿Así cómo? —preguntó.
—Como si supieras qué decir.
Escuché su exhalación lenta.
—No lo sé.
Eso me hizo girar la cabeza hacia él.
Fue raro.
Enzo no parecía el tipo de hombre que admitía eso.
—No sueles decir eso —comenté.
—Conozco mis límites.
No supe qué responder.
Así que volví a mirar la puerta.
Mi papá estaba del otro lado.
Vivo.
Pero frágil.
Y eso era peor que verlo inconsciente.
—Mi papá me despertó antes de la cirugía —dije de pronto.
Sentí que Enzo se quedaba quieto.
—Me dijo que no dejara que el miedo me controlara —continué—. Como si fuera fácil.
Solté una pequeña risa cansada.
—Siempre habla como si el mundo fuera sencillo.
Lo miré de reojo.
—¿El tuyo también?
Hubo un silencio distinto.
Más pesado.
—No —respondió.
Solo eso.
No insistí.
Algo en su tono me dejó claro que no debía.
Un médico pasó cerca y revisó su carpeta sin detenerse.
—Señorita Bellucci —dijo— el señor Leonardo está despertando.
Sentí que el aire se me iba del cuerpo.
Me levanté de golpe.
Casi perdí el equilibrio.
Y antes de pensarlo, Enzo me sujetó del brazo.
—Calma.
Su voz fue firme.
Demasiado firme para alguien que decía no saber qué decir.
—Está despierto… —repetí, como si no fuera real.
—Sí.
Me soltó lentamente.
Y entré.
No pensé.
Solo entré.
Mi papá estaba ahí.
Conectado a máquinas, más delgado, con la voz débil… pero consciente.
—Vale… ¿estás bien? —susurró.
Algo dentro de mí se rompió y al mismo tiempo se sostuvo.
—Estoy bien, papá… estoy aquí.
Su sonrisa fue leve.
—Sigues exagerando todo…
—Y tú sigues enfermándote para asustarme.
Se rió apenas.
Y yo también, aunque me dolía todo por dentro.
El médico nos dio espacio.
—Puede entrar alguien más —dijo.
Salí de la habitación.
Y lo vi a él.
Enzo estaba de pie, como si no supiera si debía irse o quedarse.
Lo miré.
—Entra —le dije.
—No es necesario —respondió.
—Enzo.
Mi voz salió más firme.
Él me miró.
Y entró.
Dentro de la habitación, escuché a mi papá hablar con dificultad.
—Tú eres… el famoso Enzo.
No escuché respuesta inmediata.
Luego la voz de mi padre otra vez.
—Así que tú eres el que la ha tenido sin dormir.
—¡Papá! —protesté.
Se rió.
—Se nota en su cara.
Me ardieron las mejillas de inmediato.
Enzo no dijo nada.
Eso era lo raro en él.
Mi papá lo observó un rato.
—Cuídala —dijo de pronto.
Sentí que todo se detenía.
—Papá, no empieces…
—No estoy empezando —interrumpió—. Estoy viendo.
El silencio fue pesado.
Miré a Enzo.
Él tampoco hablaba.
Mi papá continuó:
—Esa niña se hace fuerte para que nadie la rompa… pero alguien siempre intenta.
Apreté la mano de mi papá.
—Ya basta.
Pero él no se detuvo.
—Si vas a estar cerca de ella… hazlo bien.
Silencio.
Y entonces Enzo habló.
—Lo haré.
Lo miré inmediatamente.
No esperaba eso.
No en ese tono.
No así.
Mi papá sonrió apenas.
—Eso quería escuchar.
Cuando salimos de la habitación, no lo miré de inmediato.
Caminé por el pasillo con las manos cerradas, sintiendo demasiadas cosas al mismo tiempo.
Cuando llegamos a una ventana del hospital, me detuve.
—No tenías que decir eso —murmuré.
Enzo se detuvo a mi lado.
—Tu padre lo pidió.
—Mi padre no te conoce.
—Pero te conoce a ti.
Me quedé callada.
No sabía qué responder a eso.
Me crucé de brazos.
—No quiero que sientas obligación.
Lo miré.
—No es obligación.
Fruncí ligeramente el ceño.
—Entonces qué es.
Silencio.
Su respuesta tardó demasiado.
—Conveniencia —dijo al fin.
Lo miré fijo.
—Mientes mal.
Por primera vez vi algo diferente en su expresión. No molestia. No frialdad.
Algo más humano.
—Lo suficiente para sobrevivir —respondió.
Bajé la mirada un segundo.
No debía importarme.
Pero me importaba.
—Gracias por estar aquí —dije al fin, más bajo.
No esperaba respuesta.
Pero lo vi quedarse en silencio.
Y eso fue suficiente.
Porque en algún punto muy extraño de todo esto…
Empecé a entender que Enzo no era solo el hombre del contrato.
Y eso era exactamente lo que más miedo me daba.