Para salvar a su familia de la quiebra, Elena Moretti firma un contrato matrimonial de doce meses con Alessandro Rossi, el CEO más frío y despiadado de Milán.
Él es poder, oscuridad y venganza hecha hombre.
Ella solo es una pieza en un juego que comenzó hace cinco años.
Obligada a vivir bajo el mismo techo del hombre que odia, Elena descubrirá pronto que detrás de esos ojos grises se esconde un secreto devastador: Alessandro no la eligió por casualidad. Lo ha planeado todo para hacerle pagar.
Entre noches ardientes, malentendidos que rompen el alma y verdades que pueden destruirlo todo, el odio se convierte en una pasión peligrosa.
Pero cuando la venganza se mezcla con el deseo… ¿quién de los dos perderá el control primero?
Un matrimonio de conveniencia.
Un amor prohibido.
Una verdad que podría aniquilarlos a ambos.
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Capítulo 5 – Entre la desconfianza y el deseo
Elena se quedó mirando el teléfono durante varios minutos, con el corazón latiéndole en la garganta. El mensaje desconocido era claro: la estaban vigilando. Y quienquiera que fuera, sabía exactamente dónde estaba y qué hacía.
Se levantó rápidamente de la cama y caminó descalza por la enorme habitación de Alessandro. El lugar olía a él: sándalo, madera y un toque de algo peligroso. La cama aún conservaba el calor de su cuerpo. Recordó cómo la había abrazado durante la noche y un calor traicionero subió por su cuello.
—No —se dijo a sí misma en voz alta—. No puedes caer en esto. Es solo un contrato.
Pero su cuerpo no parecía estar de acuerdo.
Se duchó rápidamente en el baño principal, que era más grande que su antiguo apartamento entero. Cuando salió, encontró ropa nueva perfectamente doblada sobre una silla: un vestido negro ajustado hasta las rodillas, elegante pero sencillo, y una chaqueta de cuero suave. Junto a él, una nota de Alessandro:
«Reúnete conmigo en el comedor a las 9:00. No llegues tarde.
Hoy vamos a hablar de reglas nuevas.»
Elena suspiró. Reglas. Siempre reglas.
Bajó al comedor a la hora indicada. Alessandro ya estaba allí, impecable con un traje azul oscuro que resaltaba sus ojos grises. Al verla entrar, su mirada se oscureció con algo que Elena no supo identificar: ¿aprobación? ¿Deseo? ¿Desconfianza?
—Te queda bien —comentó él, señalando el vestido.
—No necesito tus cumplidos —respondió Elena sentándose—. Necesito respuestas.
Alessandro sonrió ligeramente, esa sonrisa peligrosa que hacía que su estómago se contrajera.
—Primero desayuna. Luego hablamos.
Comieron en silencio durante varios minutos. Croissants calientes, jugo de naranja recién exprimido, huevos benedictinos y café fuerte. Elena apenas probó bocado. Su mente seguía en el almacén del puerto y en ese mensaje amenazante.
Finalmente, Alessandro dejó los cubiertos y la miró fijamente.
—Anoche desobedeciste una orden directa. Pudiste haber muerto.
—Recibí una amenaza contra ti —replicó ella—. ¿Qué esperabas que hiciera? ¿Quedarme cruzada de brazos?
—Que me lo contaras a mí —dijo él con voz grave—. Soy tu esposo, Elena. Aunque sea en papel, mi trabajo es protegerte.
—¿Protegerme o controlarme?
Alessandro se levantó y rodeó la mesa. Se detuvo detrás de su silla y colocó las manos en sus hombros. El contacto fue firme, caliente.
—Ambas cosas —admitió sin vergüenza—. Y cuanto antes lo aceptes, mejor para los dos.
Elena se tensó, pero no se apartó. El aroma de él la envolvía.
—Quiero ver a mi padre hoy —exigió, cambiando de tema.
—Te llevaré esta tarde. Pero irás conmigo.
—No necesito niñera.
—Después de lo de anoche, sí la necesitas.
Alessandro se inclinó y le susurró al oído:
—Y otra cosa… esta noche dormirás de nuevo en mi habitación. Sin discusión.
Elena giró la cabeza. Sus rostros quedaron a centímetros.
—No soy tu juguete, Alessandro.
—No —respondió él, rozando apenas sus labios con los suyos—. Eres mucho más peligrosa que eso.
El beso no llegó. Se quedó en esa tensión insoportable, en esa promesa de algo que ninguno de los dos quería nombrar todavía.
Por la tarde, cumplieron la promesa. Fueron al hospital donde estaba internado el padre de Elena. Don Matteo Moretti estaba despierto, pero muy débil. Al ver a su hija entrar de la mano de Alessandro Rossi, sus ojos se llenaron de sorpresa y miedo.
—Elena… ¿qué es esto?
Ella se acercó y lo abrazó con cuidado.
—Papá, es… complicado. Pero estoy bien. Alessandro está ayudando con la empresa y con tus tratamientos.
Don Matteo miró a Alessandro con odio puro.
—Tú… destruiste todo lo que tenía. ¿Ahora vienes por mi hija?
Alessandro permaneció de pie, imperturbable.
—Hice lo que tenía que hacer, Matteo. Y ahora estoy arreglando las cosas a mi manera.
Elena sintió la tensión entre los dos hombres. Había historia allí. Mucha historia.
Cuando salieron del hospital, Elena estaba callada. Alessandro conducía personalmente, algo raro en él.
—¿Qué pasó realmente entre tú y mi padre? —preguntó de pronto.
Alessandro apretó el volante.
—Hace cinco años, tu padre y Sofia estaban haciendo negocios sucios. Lavado de dinero. Tráfico de influencias. Yo descubrí todo y corté relaciones. La noche del incendio… alguien quiso silenciarme. Casi lo logra.
—¿Y yo qué tengo que ver en eso?
—Esa es la pregunta que todavía no puedo responder —dijo él con sinceridad—. Pero voy a descubrirlo. Cueste lo que cueste.
Llegaron a la mansión cuando ya anochecía. Apenas entraron, Alessandro recibió una llamada. Su expresión cambió a piedra.
—Quédate aquí —le ordenó—. No te muevas.
Subió las escaleras casi corriendo. Elena esperó diez minutos y luego, incapaz de quedarse quieta, lo siguió. Lo encontró en su despacho, hablando por teléfono con voz baja y furiosa.
—…quiero toda la vigilancia del puerto de anoche. Cada cámara, cada testigo. Alguien se está acercando demasiado.
Cuando colgó, se giró y la vio en la puerta.
—Te dije que te quedaras abajo.
—No soy tu mascota.
Alessandro se acercó con pasos lentos y depredadores. La acorraló contra la pared del despacho. Sus cuerpos casi se tocaban.
—Estás jugando con fuego, Elena.
—Tal vez me gusta el calor —respondió ella, sorprendiéndose a sí misma.
Los ojos de Alessandro brillaron. Bajó la cabeza y esta vez sí la besó. Fue un beso duro, posesivo, lleno de toda la frustración y la atracción que habían acumulado desde el primer día. Elena intentó resistirse solo un segundo… y luego respondió con la misma intensidad.
Cuando se separaron, ambos respiraban agitadamente.
—Esto no cambia nada —dijo ella, con los labios hinchados.
—Cambia todo —contestó Alessandro—. Ya no solo quiero la verdad. Te quiero a ti.
Esa noche, durmieron juntos de nuevo. Esta vez sin excusas. Alessandro la abrazó por detrás, su pecho contra la espalda de ella. Ninguno habló de amor. Ninguno habló de confianza. Pero el deseo ya estaba allí, quemando entre los dos.
A las dos de la mañana, el teléfono de Elena vibró de nuevo sobre la mesita.
Mensaje desconocido:
«Bonito beso en el despacho.
Sigue así y tu esposo descubrirá la verdad antes de lo que imaginas.
La verdad que te destruirá.»
Elena borró el mensaje rápidamente, pero el miedo ya se había instalado en su pecho.
Alessandro se movió detrás de ella.
—¿Todo bien? —murmuró medio dormido.
—Sí… solo fue una pesadilla.
Lo abrazó más fuerte, ocultando el rostro en su pecho.
Estaba empezando a enamorarse del hombre que podía destruirla.
Y alguien, en las sombras, lo estaba disfrutando.