Reencarné dentro de la novela que más amaba, pero no como la heroína. Soy la hija del duque más temido y odiado del imperio — un personaje que ni siquiera debería existir. No conozco mi final, pero sí sé una cosa: protegeré a mi familia aunque el mundo entero se ponga en mi contra.
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Llegaron de vuelta a la mansión tres días después.
Rame estaba en la entrada cuando el carruaje se detuvo — igual que cuando se fueron, con los brazos cruzados y la espalda contra la columna, aunque esta vez Invierno estaba sentado a su lado con la majestuosidad tranquila que el tigre había desarrollado junto con su tamaño en las últimas semanas.
Cuando Nazaria bajó del carruaje, Invierno se puso de pie y caminó hacia ella sin prisa, como alguien cumpliendo un protocolo establecido.
Nazaria le puso la mano entre las orejas.
—Te porté bien —dijo Invierno, o al menos eso fue lo que Nazaria interpretó en el movimiento de su cabeza.
—Cómo estuvo —preguntó Rame, sin preámbulos.
—Interesante —dijo Nazaria—. Te cuento dentro.
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Le contó esa tarde, sentados en el jardín con Invierno echado entre los dos como si fuera un mueble muy cálido y ligeramente peligroso.
Le contó el salón. La dama con las esmeraldas. La conversación con el Emperador. El hombre junto a la columna.
Rame escuchó todo sin interrumpir, con esa concentración que ponía cuando consideraba que la información era importante. Cuando Nazaria terminó, se quedó en silencio un momento.
—El hombre junto a la columna —dijo—. ¿Estás segura de que miraba al duque y no a ti?
Nazaria lo pensó.
«¿Estoy segura?»
«Lo que vi era... a mi padre. Pero ¿podría haber sido a mí?»
—No completamente —admitió—. Asumí que era a mi padre porque tiene más razones para ser observado. Pero tienes razón en que no puedo estar segura.
Rame asintió.
—¿Tu padre qué dijo cuando le contaste?
—Que lo investigarían. Que tenía una idea de quién era.
—¿Y tú le crees?
—Siempre le creo cuando dice que tiene una idea. Lo que no sé es cuándo me va a decir lo que es esa idea.
Rame miró hacia el muro norte del jardín — hacia los árboles, hacia el bosque invisible del otro lado.
—¿Tienes miedo? —preguntó, con esa honestidad directa que no preguntaba por preguntar.
«¿Miedo?»
Nazaria lo consideró con la misma honestidad.
—No de lo que vi —dijo—. Miedo de lo que no vi. De las cosas que están pasando y que todavía no entiendo.
—¿Qué vas a hacer al respecto?
«Esa es la pregunta correcta», pensó Nazaria. «No qué sientes. Qué haces.»
—Eso es lo que quería hablar contigo —dijo.
Rame la miró.
—¿Conmigo?
—Con Kein, en realidad. Pero quería decírtelo a ti primero.
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Kein estaba en el patio de entrenamiento cuando Nazaria lo encontró esa tarde, practicando solo con una espada larga con los movimientos precisos y repetitivos de alguien que lleva años convirtiendo las técnicas en músculo.
Se detuvo cuando la vio.
—Señorita.
—Kein, quiero que me entrenes.
El caballero la miró.
No con sorpresa — Kein rara vez mostraba sorpresa — sino con esa evaluación silenciosa que hacía cuando procesaba algo antes de responder.
—¿En qué, señorita?
—En todo lo que puedas enseñarme. Defensa, movimiento, cómo leer una situación de peligro antes de que se convierta en peligro. —Hizo una pausa—. No quiero depender siempre de que alguien más me proteja.
Kein siguió mirándola.
—¿El duque lo sabe?
—Se lo voy a decir esta noche.
—¿Y si dice que no?
—Lo convenceré.
Un silencio.
«Dime que sí, Kein», pensó Nazaria. «Sé que puedes ver que esto es necesario.»
—Tiene siete años, señorita —dijo Kein finalmente.
—Lo sé.
—El entrenamiento va a ser duro. No voy a suavizarlo porque sea usted.
«Perfecto», pensó ella.
—No quiero que lo suavices.
Otra pausa.
—Empezamos mañana —dijo Kein—. Al amanecer.
—Al amanecer —confirmó Nazaria.
Se dio la vuelta para irse.
—Señorita.
Se detuvo.
—Lo que vio en el palacio —dijo Kein, sin preguntar cómo lo sabía, porque Kein siempre sabía—. Hizo bien en contárselo al duque.
—¿Tú sabes quién era el hombre?
Una pausa muy breve.
—Tengo una idea —dijo Kein, con exactamente el mismo tono que había usado su padre.
«Interesante», pensó Nazaria. «Los dos tienen la misma idea y ninguno de los dos me la dice todavía.»
«Lo cual confirma que es algo que necesito saber pero que todavía no sé si estoy lista para manejar.»
«Bien. Entonces me preparo para estar lista.»
......................
La conversación con su padre esa noche fue diferente a lo que Nazaria esperaba.
Entró al estudio con la explicación preparada — por qué necesitaba entrenamiento, qué había visto en el palacio, por qué la preparación mágica sola no era suficiente. Tenía los argumentos ordenados, las objeciones anticipadas, las respuestas listas.
El duque la escuchó hasta el final sin interrumpirla.
Luego dijo:
—Ya le pedí a Kein que empiece mañana.
Nazaria parpadeó.
—¿Ya lo sabías?
—Kein me lo informó hace una hora.
«Kein», pensó Nazaria con una mezcla de admiración e irritación. «Me dijo que sí antes de que yo hablara con mi padre. Y luego fue a informarle de todas formas.»
«Absolutamente implacable.»
—¿Estás de acuerdo? —preguntó Nazaria.
El duque tomó su taza de té.
—Debí haberlo organizado antes —dijo simplemente.
Eso, viniendo de su padre, era más que un acuerdo. Era una admisión de que había subestimado algo, lo cual el Duque Ainsworth hacía aproximadamente nunca.
Nazaria asintió.
—¿El hombre de la columna? —preguntó.
—Lo están investigando. —Una pausa—. Cuando tenga información confirmaré.
—¿Cuándo me lo vas a decir?
El duque la miró por encima de la taza.
—Cuando sea el momento correcto.
«El momento correcto», repitió Nazaria mentalmente. «Que en el idioma de mi padre significa cuando considere que puedo manejarlo sin que cambie lo que estoy haciendo.»
«Lo cual es exactamente lo que haría yo también.»
«Está bien. Esperaré.»
«Pero mientras tanto me preparo.»