Damiano quería a Zakhar, pero lo quería bajo sus propias reglas.
Ahora, obligado por la mafia italiana a casarse con el letal líder ruso para formar una alianza y así destruir a la Yakuza, se siente como un trofeo entregado en bandeja de plata.
Pero lo que Damiano no sabes es que detrás del frío líder de la mafia rusa de la costa oeste, se esconde una obsesión feroz que lleva años germinando en la oscuridad. Cuando las traiciones estallen y la sangre comience a correr, Damiano descubrirá la magnitud de los pecados de su esposo. En un mundo donde todos quieren verlos caer, el amor retorcido y la protección extrema de Zakhar serán su escudo... aunque el precio sea aceptar que siempre fue la presa perfecta. Pero quizás eso es lo que Damiano siempre había querido y no sabía....
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CAPÍTULO 13: SECRETOS EN LA NIEVE [+18]
Terminaron una temporada de la serie pasada la medianoche, pero ninguno de los dos hizo el amago de levantarse. La tenue luz azul de la pantalla en pausa iluminaba el perfil de Zakhar, quien mantenía a Damiano atrapado contra su pecho.
Damiano trazó con el dedo índice una de las cicatrices más gruesas en el antebrazo del ruso, una marca irregular que parecía hecha por unos dientes.
– Nunca me has dicho cómo te hiciste
esta – susurró Damiano en la oscuridad del cine.
Zakhar se tensó imperceptiblemente, pero luego suspiró, su aliento acariciando la nuca de Damiano.
– No fue en una pelea con otra familia. Fue mi padre – la voz de Zakhar era plana, carente de cualquier emoción, lo cual la hacía aún más aterradora. – Cuando tenía doce años, me encerró en el foso de los perros de pelea en la finca de Siberia. Quería que aprendiera a sobrevivir. Dijo que los Ivanov no crían hijos, crían armas. Tuve que matar a mi perro favorito de su perrera con mis propias manos para que me dejara salir.
Damiano dejó de respirar por un segundo, su corazón encogiéndose ante la imagen de un niño en la nieve y la sangre.
—Él me entrenó, Damiano. Me torturó física y psicológicamente hasta que no quedó nada del niño que fui. Me enseñó a morder antes de ladrar, a no sentir nada por nadie. Funcionó... hasta que te vi.
Damiano giró la cabeza para mirarlo a los ojos.
– ¿En la fiesta de hace cuatro años?
– No – Zakhar negó con la cabeza, sus ojos brillando con una obsesión antigua. – Tú tenías diecinueve. Fue en una reunión neutral en un hotel de la costa. Tu padre llevó a tu hermano mayor para presentarlo en sociedad. A ti te dejaron en el lobby, como si fueras una distracción irrelevante.
Zakhar acercó sus labios a la oreja de Damiano, sumergiéndose en el recuerdo.
—Yo bajé a fumar. Y te vi. Llevabas un traje que claramente odiabas, estabas recostado contra una columna de mármol y tenías esa mirada... esa maldita mirada de desafío. Tu hermano se acercó a gritarte por algo, intentó empujarte, y tú no retrocediste. Le sonreíste con ese veneno tan tuyo y le respondiste algo que lo dejó lívido.
La mano de Zakhar subió hasta la mejilla de Damiano, acariciándola como si tocara el objeto más valioso del universo.
– Ese día vi un fuego en ti que nadie en mi mundo tenía. Eras hermoso, arrogante y estabas rodeado de idiotas que no sabían lo que valías. Mi padre me enseñó a destruir lo que deseaba para no tener debilidades... pero contigo, supe en ese instante que preferiría arrancar mi propio corazón antes de dejar que alguien más lo tocara. Ahí empezó todo, moya radost. Cuando tenias diecinueve, y decidí que ibas a ser mi mundo entero.
Damiano cerró los ojos, abrumado por el peso de una devoción tan absoluta y destructiva. Se giró por completo y besó a Zakhar, un beso lento y profundo que buscaba curar las heridas de la nieve siberiana con el fuego de la Costa Oeste.
Sus labios se fundieron con ternura, como si el tiempo se hubiera detenido solo para ellos. Las manos de Damiano subieron por el pecho de Zakhar, desabrochando con delicadeza cada botón de su camisa, rozando la piel con las yemas de los dedos como si estuviera memorizando cada latido. Zakhar suspiró contra su boca, un sonido bajo y vulnerable que hizo que Damiano sonriera suavemente en medio del beso.
– Déjame cuidarte – susurró Damiano contra sus labios, bajando poco a poco por su cuello, dejando un rastro de besos cálidos y húmedos.
Se arrodilló frente a él con una gracia natural, sin prisa, como si ese acto fuera una ofrenda sagrada. La sala de cine privado estaba en penumbras, iluminada solo por la suave luz azulada de la pantalla apagada que proyectaba sombras suaves sobre sus cuerpos. Zakhar se apoyó contra el respaldo del sofá de cuero oscuro, respirando agitado, mientras observaba con ojos brillantes cómo Damiano lo miraba desde abajo con una mezcla de adoración y deseo.
Damiano desabrochó el pantalón con dedos reverentes, bajándolo lo justo para liberar su erección. Primero lo besó en la base, un beso lento y cariñoso, luego subió con la lengua trazando líneas suaves, como si estuviera saboreando algo precioso. Sus manos se posaron en las caderas de Zakhar, acariciándolo con ternura, anclándolo con gentileza. Cuando lo tomó en su boca, lo hizo con devoción: labios suaves envolviéndolo, lengua cálida y juguetona que lo exploraba con lentitud, creando un ritmo pausado y amoroso. No había prisa. Cada movimiento era una caricia profunda, un “te quiero” silencioso expresado con el cuerpo.
Zakhar enredó los dedos en el cabello oscuro de Damiano, no para guiarlo, sino para sentirlo, para conectarse. Sus gemidos eran bajos, entrecortados, llenos de placer y algo más tierno, casi frágil. Damiano lo miraba de vez en cuando, sus ojos oscuros brillando con satisfacción al ver cómo Zakhar se deshacía bajo sus atenciones. Aceleró solo un poco, succionando con más intención, pero siempre manteniendo esa dulzura, esa conexión emocional que hacía que el acto fuera mucho más que físico.
– Dusha moya… – jadeó Zakhar, la voz ronca y quebrada.
Damiano no se apartó. Lo llevó al límite con paciencia y amor, hasta que Zakhar se tensó, arqueándose con un gemido profundo y prolongado mientras llegaba al clímax. Damiano lo acompañó hasta el final, tragando con suavidad, sin dejar de acariciarle las caderas y los muslos con las manos, calmándolo.
Cuando Zakhar se relajó, temblando aún por el placer, Damiano se levantó y lo besó en los labios con la misma ternura, compartiendo el sabor y la intimidad. Zakhar lo atrajo hacia sí, abrazándolo fuerte.
– Ven aquí – murmuró, tirando de él hacia un amplio sofá de cuero oscuro que había en la sala.
Se acomodaron juntos en el mullido asiento. Damiano se recostó contra el respaldo y Zakhar se acurrucó entre sus brazos, apoyando la cabeza en su pecho. Sus piernas se entrelazaron de forma natural. El cuero estaba fresco contra su piel caliente, pero el calor de sus cuerpos pronto lo templó. Damiano pasó los dedos por el cabello de Zakhar, peinándolo con lentitud, mientras depositaba besos suaves en su frente y sien.
– Te amo – susurró Damiano, casi sin voz. – Hasta lo más oscuro de ti.
Zakhar sonrió contra su cuello, cerrando los ojos, rodeando la cintura de Damiano con un brazo posesivo pero lleno de paz.
—Y yo también te amo como no te imaginas—respondió en un murmullo.
La sala de cine permanecía en silencio, solo interrumpido por sus respiraciones acompasadas. Fuera del mundo, dentro de su propio refugio, se quedaron así, acurrucados y desnudos de alma, dejando que el tiempo se deslizara lento y dulce entre ellos.