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AMAR LO PROHIBIDO

AMAR LO PROHIBIDO

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor prohibido / Posesivo / Completas
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: RENE TELLO

🔥🔞 Eduardo Álvarez de Toledo creció entendiendo que en su familia el amor tenía jerarquías y que él nunca ocupó el primer lugar. Se marchó para dejar de vivir bajo la sombra de Fabián y, en Barcelona, construyó un imperio propio, elegante y silencioso, que no dependía de su apellido.

No esperaba enamorarse. La conoció cuando ella huía de algo que no quiso explicar. A su lado, Eduardo no era el hermano menor ni el olvidado, sino un hombre libre de su historia. Se enamoró sin saber quién era realmente. Y cuando descubrió la verdad, ya era demasiado tarde.

Kassandra era la esposa de Fabián. Obligada a regresar a un matrimonio que la asfixia, se convierte en el centro de una batalla que Eduardo no eligió, pero tampoco piensa evitar.

Si su hermano pretende retenerla por obligación, Eduardo está dispuesto a enfrentarlo.
Algunos amores llegan fuera de tiempo y algunos hombres no vuelven a perder lo que aman.

NovelToon tiene autorización de RENE TELLO para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 20

El sol de la tarde se filtraba entre los toldos del mercado, dibujando franjas doradas sobre el adoquín gastado mientras Eduardo señalaba hacia una callejuela estrecha, flanqueada por casas de techos rojizos. 

—Por aquí hay un café que no aparece en los mapas —dijo, su voz baja pero firme, como si compartiera un secreto. Kassandra —o Liliana, como se había presentado— dudó. Sus dedos se aferraron al borde de la cesta de mimbre que aún llevaba colgada del antebrazo, aunque Eduardo ya había tomado el peso de ella minutos antes. Cada paso que daba lejos de la multitud del mercado era un paso hacia lo desconocido, y aunque su instinto le gritaba que confiar era un lujo que no podía permitirse, algo en la manera en que él inclinaba la cabeza al hablar, como si midiera cada palabra antes de soltarla, la hacía querer seguirlo.

La callejuela olía a tierra mojada y a hierbas secas. Una puerta de madera, desgastada por el tiempo, se abría a un espacio pequeño donde el aroma a café recién molido se mezclaba con el de pan de elote recién horneado. 

Dentro, solo tres mesas de madera oscura ocupaban el espacio, y en una de ellas, una anciana con un rebozo azul deshilachado sorbía su café con lentitud, como si el tiempo no existiera. Eduardo eligió la mesa junto a la ventana, donde la luz entraba en ángulo, iluminando las motas de polvo que danzaban en el aire. 

—Aquí la gente viene a olvidar —murmuró al deslizar una silla para ella. 

Kassandra se sentó, las piernas le temblaban ligeramente, no por el cansancio, sino por la extrañeza de estar en un lugar donde nadie sabía quién era realmente.

Él pidió dos cafés de olla y un plato de pan dulce sin preguntarle qué quería. Kassandra no protestó. En otro momento, eso le habría molestado —Fabián siempre decidía por ella, incluso lo que debía comer—, pero ahora, la seguridad con la que Eduardo lo hizo, como si supiera exactamente lo que necesitaba, la tranquilizó. 

Mientras esperaban, sus manos no encontraron qué hacer. Las cruzó sobre el regazo, las soltó, las llevó al borde de la mesa. Cada vez que la puerta del café se abría con un crujido, su columna se endurecía. 

El primer cliente después de ellos fue un hombre con overol manchado de pintura, que salió con un paquete de pan bajo el brazo. El segundo, una mujer con un niño de la mano, que se detuvo a ajustarle el gorro antes de irse. Pero cuando el tercero entró —un hombre alto, de traje oscuro impecable, el tipo de tela que Fabián usaba—, el aire se le heló en los pulmones.

El desconocido no la miró. Pidió un café para llevar, pagó con un billete arrugado y se fue sin voltear. Kassandra exhaló sin darse cuenta de que había estado conteniendo la respiración.

 Sus uñas se clavaron en la palma de la mano, dejando media luna rosadas en la piel. Eduardo, que había estado observando el movimiento de sus dedos sobre la mesa, deslizó su taza hacia ella cuando el camarero la dejó. 

—Tómalo.—dijo, sin mencionar el episodio. —El azúcar ayuda.

Ella asintió, llevando el café a los labios. El líquido quemó levemente su lengua, pero el dolor era bienvenido; la fijaba al presente.

—Este pueblo tiene algo —comentó Eduardo después de un silencio largo, rompiendo el hielo sin forzar—. La gente viene aquí cuando necesita desaparecer un rato. O para siempre.

Kassandra levantó la vista, sorprendida. No era una pregunta, pero tampoco una confesión. Era como si él supiera, sin que ella tuviera que decirlo, que ella también estaba huyendo. Sus ojos no tenían lástima, solo una quietud que invitaba a la confianza. 

—¿Y tú? —casi preguntó. —También habías necesitado desaparecer— pero las palabras se atascaron en su garganta. No estaba lista para eso. No aún.

—Debe ser difícil —continuó él, como si adivinara sus pensamientos—, acostumbrarse a respirar sin mirar atrás.

Ella bajó la mirada hacia la taza. El café había dejado un anillo oscuro en el borde, como una marca de lo que quedaba atrás. —Sí— pensó. Pero no lo dijo. En lugar de eso, tomó otro sorbo y sintió cómo el calor se extendía por su pecho, derritiendo algo que llevaba años congelado.

La conversación fluyó después de eso, saltando de temas triviales —el clima, la mejor panadería del pueblo, la extraña costumbre de los gatos callejero de dormir en los alfeizares al mediodía— a otros más personales sin que ninguno de los dos se diera cuenta. 

Eduardo le contó cómo había llegado a Real de Arcos hace tres semanas, después de necesitar dejar a un lado el estrés. No dio detalles, pero Kassandra notó cómo sus dedos se tensaban alrededor de la cuchara al mencionarlo, como si el recuerdo aún doliera. 

Ella, a su vez, habló de su supuesta vida anterior en un pueblo costero, inventando detalles sobre el ruido de las olas y los niños que corrían descalzos por la arena. Mentiras que sabían a verdad en su boca, porque por primera vez en años, estaba eligiendo qué decir.

En un momento dado, sus rodillas se rozaron bajo la mesa. Ninguno de los dos se apartó. Kassandra sintió el contacto como un pequeño terremoto, algo que debería haberla hecho retroceder —Fabián odiaba que alguien más la tocara, incluso por accidente—, pero en lugar de eso, dejó que su pierna permaneciera allí, disfrutando de la extraña intimidad de ese gesto casual. Eduardo no hizo ningún comentario, pero sus pupilas se dilataron ligeramente, como si también él sintiera el peso de ese contacto inocente.

—Es curioso —dijo él de pronto, mirando el fondo de su taza como si allí estuviera escrita una respuesta—. Normalmente no suelo conocer a alguien y sentir que… que todo encaja tan rápido.

El corazón de Kassandra dio un vuelco. No eran palabras que hubiera esperado, ni siquiera en sus fantasías más atrevidas. Pero ahí estaban, colgando en el aire entre ellos, sinceras y sin adornos. Ella jugó con el borde de su servilleta, desgarrando un trozo pequeño sin querer. ¿Encajar? La idea le parecía tan ajena como peligrosa. Con Fabián, nada encajaba; todo era fuerza y cálculo. Pero con Eduardo… con Eduardo era como si su cuerpo supiera algo que su mente aún no terminaba de aceptar.

—Yo tampoco —admitió al fin, levantando la vista. Sus labios esbozaron una sonrisa tímida, la primera que no era una máscara en meses—. Es raro, pero… agradable.

Él asintió, como si esas palabras bastaran. No hubo promesas, ni juramentos, ni siquiera un plan para verse de nuevo. Solo ese momento, suspendido en el tiempo, donde dos personas que cargaban con fantasmas decidieron, aunque fuera por una tarde, dejar de huir.

Cuando se despidieron frente al café, el sol ya había empezado a descender, tiñendo las nubes de tonos morados. Eduardo no intentó tocarla, pero sus manos permanecieron cerca de las de ella por un segundo más de lo necesario, como si el aire entre ellos se hubiera vuelto denso. 

—Hasta pronto, Liliana —dijo, y el modo en que pronunció su nombre falso sonó más real que cualquier cosa en su vida anterior.

Kassandra caminó de regreso a la posada con los dedos aún tibios de haber sostenido la taza, y el eco de una risa verdadera resonando en su pecho. No era libre. No aún. Pero por primera vez en años, sentía que la libertad no era solo un lugar al que llegar, sino algo que podía construir, un café, una sonrisa, un roce de rodillas a la vez.

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Ana Cilia De La Cruz
por favor la continuación no me dejen en suspenso
Amelia Mirta Fernández
Creo que es más que interesante, que algo tan efímero como la ilusión, la paz interior y el ser útil, para uno misma, se está reflejando lentamente, pero con una fuerza, que comienza a crecer y le da confianza, calor humano, sensibilidad y el hecho de que si, puede. .Me encanta, y espero el resto de la historia. Dos seres perseguidos y martirizados por un energúmeno, soberbio y déspota, pueden unir fuerzas y encontrar amor, comprensión y dulzura, felicidad. Autora no me dejes con las ansias de ver a Kas y Edu, unir fuerzas y brillar con nuevas luces de esperanza . TE ESPERO. GRACIAS❤️❤️❤️❤️
Amelia Mirta Fernández
vamos que tu puedes Kassandra. vas a ser libre del tormento de ese gusano abusador y promiscuo. 😢👏👏👏👏
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