Valentina creyó haberlo dado todo. Años de amor, de entrega, de familia y de sostener una vida que sin darse cuenta ya estaba quebrada.
Hasta que una noche, sin aviso, todo termino. Lo que siguió no fue una separación... fue un descenso al vacío. Entre el dolor, soledad y la reconstrucción de si misma, aparece Santiago... Un encuentro inesperado que despierta en ella emociones que creia muertas. Pero no todo lo que se enciende... sana, no todo lo que llega... permanece.
Esta es la historia de una mujer que tuvo que perdió a si misma, para finalmente reencontrarse.
"A veces, para volver a vivir... hay que aprender a soltarse"
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capítulo 15
Valentina había salido del hospital… pero no estaba bien.
Nada estaba bien.
Su cuerpo se había convertido en una advertencia constante. No podía hacer esfuerzo, no podía moverse con normalidad, no podía siquiera ignorar el dolor. Cada vez que intentaba volver a su ritmo, algo se lo recordaba. Un movimiento, una molestia, un pinchazo que la obligaba a detenerse. La piedra se movía… y con eso, volvía todo.
Otra vez la cama.
Otra vez las vías.
Otra vez el suero corriendo lento por su brazo mientras el techo se volvía su único paisaje.
La infección seguía.
Y con ella… el desgaste.
Ahora había una dieta estricta, controles, cuidados. Pero lo más difícil no era eso.
Era la sensación de haber quedado detenida.
Suspendida en una vida que no terminaba de avanzar.
Melina pasaba a verla seguido.
Siempre con esa calidez que no hacía falta explicar.
Luciano preguntaba por ella cada tanto, sin invadir, pero presente.
—¿Cómo sigue? —le decía a Meli.
—Mejorando… de a poco —respondía ella.
Y ese “de a poco” lo decía todo.
Lucas…
Lucas era otra historia.
Más frío.
Más distante.
Más ajeno que nunca.
No había ternura.
No había cuidado.
No había presencia real.
Se iba de viaje sin avisar demasiado, sin mirar atrás, como si en esa casa ya no hubiera nada que lo retuviera.
Y en uno de esos viajes…
todo terminó de encajar.
Se había peleado con Lucía.
El ramo volvió.
Con la tarjeta incluida.
Pero Lucas no lo vio.
O no quiso verlo.
Entró a la casa con ese gesto duro, molesto, cargado.
—Valentina, estoy cansado de esta situación —dijo sin siquiera saludar—. ¿Acaso no ves que estoy con mucho trabajo?
Ella lo miró.
Y sonrió.
Pero no era una sonrisa.
Era tristeza disfrazada.
—Claro… trabajás mucho —respondió despacio—. ¿Qué más?
Hizo una pausa.
Lo sostuvo con la mirada.
—¿Acaso te parezco tonta?
Lucas tensó la mandíbula.
—Vos siempre igual… —soltó—. Sos una mujer sin corazón. Te traje un ramo de flores y vos me respondés así.
Valentina frunció el ceño.
Lo miró.
—¿Dónde… y para qué flores?
Él caminó hasta la mesa, tomó el ramo y lo dejó a su lado.
—Era para vos.
Silencio.
Un silencio incómodo.
Pesado.
Pero ella ya no dijo nada.
Porque no hacía falta.
Porque en el fondo…
ya sabía.
Al día siguiente, el sol caía suave en el patio.
Los chicos jugaban, reían, corrían alrededor del auto mientras lo limpiaban.
Era un momento simple.
De esos que parecen normales.
Hasta que dejaron de serlo.
—Mamá… —llamó Massimo.
Valentina salió despacio.
El cuerpo todavía le pesaba.
El dolor seguía ahí.
—¿Qué pasó?
Elizabeth tenía algo en la mano.
Una tarjeta.
Pequeña.
Blanca.
—Estaba en el auto…
Valentina la tomó.
Sin apuro.
Sin pensar demasiado.
Pero apenas la abrió…
todo se detuvo.
“Por favor, perdóname. Perdóname porque yo te amo. Soy un tonto. Te amo con toda mi alma y quiero que estemos juntos.”
Las palabras se clavaron.
Una por una.
Lentas.
Profundas.
El aire le faltó.
El pecho se le cerró.
Y ese dolor…
ese que ya conocía…
volvió.
Pero esta vez…
más claro.
Más real.
Más imposible de negar.
Levantó la mirada.
Los chicos la observaban.
En silencio.
Esperando.
Y ella entendió.
No por la tarjeta.
No solo por eso.
Sino por todo.
Por cada mentira.
Por cada vez que dudó de sí misma.
Por cada momento en que eligió creerle.
Apretó la tarjeta entre sus dedos.
Sintiendo cómo algo adentro…
terminaba de romperse.
—Está bien… —dijo, en voz baja.
Pero no lo estaba.
Ya no.
Esta cruel realidad la viví en carne propia pude sentir el dolor que me atravesó ...
siento que eso es lo peor que una mujer le puede pasar pensar que es hasta que lleguemos a viejitos los dos..y resulta que nada es para siempre sin saber que duele excelente inicio