¿Qué harías si la única persona que puede salvarte es un "fantasma" que solo tú puedes ver?
Hades está en coma, pero su espíritu está atrapado en el mundo de los vivos, atado a Ela por un hilo rojo incandescente. Él busca una salida; ella busca una razón para seguir adelante. Están anclados el uno al otro en una lucha desesperada contra el destino. Juntos deberán enfrentar los nudos de dolor que los unen antes de que sea demasiado tarde. Una historia sobre la vida, la muerte y el poder de una conexión que no se puede romper.
Descubre "Rojo destino: El último nudo", una novela donde el amor es la única luz en la oscuridad del vacío.
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El veneno en casa.
El martes amaneció con una llovizna persistente que bañaba los ventanales del instituto, dándole al edificio un aspecto aún más carcelario. Isela caminaba por los pasillos con una calma que no sentía, pero la presencia de Hades a su lado, ahora más nítida tras la confesión de la noche anterior, le servía de ancla. El hilo rojo vibraba suavemente, transmitiéndole una mezcla de alerta y determinación.
—Ahí está —susurró Hades. Su imagen parpadeó cerca de un casillero, señalando hacia el final del corredor.
Mía estaba apoyada contra la pared, lejos de su grupo habitual. No tenía la postura arrogante de siempre; sus hombros estaban tensos y se frotaba las sienes con movimientos erráticos. Isela notó que su piel se veía inusualmente pálida bajo las luces fluorescentes y que sus ojos buscaban constantemente algo en su mochila con desesperación.
—Su frecuencia está totalmente desfasada, Ela —advirtió Hades, acercándose a Mía sin que ella pudiera notarlo. Él rodeó la figura de la chica, observando los "glitches" que emanaban de ella—. No es solo el efecto de la droga. Es la abstinencia. Su sistema está pidiendo una dosis que su cuerpo ya no puede procesar con normalidad.
Isela se acercó lentamente, fingiendo que buscaba un libro en su mochila.
—¿Ves las pastillas? —preguntó en voz baja.
—Están en el compartimento secreto de su bolso. Las tomó del depósito de la Dirección, estoy seguro. Su padre guarda las muestras de "Beca Externa" en una caja fuerte, pero Mía conoce los códigos de su oficina. Él cree que tiene el control de todo, pero no tiene idea de que su propia hija es la rata de laboratorio número uno.
Isela sintió una punzada de lástima, algo que nunca pensó sentir por Mía. El Director y Miller estaban lucrando con el futuro de todos, y Mía, en su afán por ser la mejor y cumplir con las expectativas de su padre, se había convertido en su propia verdugo.
El momento de la verdad llegó en la hora de Química. El laboratorio estaba en silencio mientras todos realizaban un examen práctico. Mía estaba dos bancos delante de Isela. Sus manos temblaban tanto que el tubo de ensayo que sostenía chocaba contra la gradilla, produciendo un tintineo metálico que ponía nervioso a cualquiera.
—Mira sus pupilas —le dijo Hades, apareciendo sentado sobre la mesada del laboratorio, justo al lado de Mía.
Isela observó. Mía tenía las pupilas tan dilatadas que casi no se distinguía el color de sus ojos. De repente, Mía se llevó la mano al pecho y soltó un jadeo ahogado. Se levantó bruscamente, tirando su silla al suelo, y salió corriendo del aula sin pedir permiso.
—¡Novak, siga con su examen! —ladró el profesor, pero Isela ya estaba guardando sus cosas.
—Me siento mal, profesor. Necesito ir al baño —mentió Isela, saliendo tras ella antes de recibir respuesta.
Encontró a Mía encerrada en uno de los cubículos del baño de mujeres. Se escuchaban arcadas y sollozos ahogados. Isela se quedó frente al espejo, mientras Hades se materializaba a su lado, mirando hacia la puerta del cubículo con una tristeza infinita.
—Huele a ozono y a químicos quemados —dijo Hades—. Es el olor de la droga en su sudor. Es exactamente lo que sentí con Luna antes del final.
Isela golpeó suavemente la puerta.
—Mía... ¿estás bien?
—¡Vete, Novak! ¡Déjame en paz! —gritó Mía, pero su voz se quebró en un hilo de agonía—. No necesito tu lástima.
—No es lástima, Mía. Sé lo que estás tomando —soltó Isela con firmeza. El silencio que siguió fue absoluto, solo roto por el goteo de una canilla—. Sé que las sacaste de la oficina de tu padre. Y sé que sientes que el corazón se te va a salir del pecho y que no puedes pensar con claridad si no tomas otra.
La puerta del cubículo se abrió lentamente. Mía salió con el cabello revuelto y el rímel corrido. Miró a Isela con una mezcla de odio y terror puro.
—¿Cómo lo sabes? ¿Me estuviste espiando? Si se lo dices a mi padre...
—Tu padre es el que permite que esa basura entre aquí, Mía —intervino Isela, dando un paso adelante—. Pero él no sabe que tú la consumes. Él cree que es un negocio, pero para ti es una sentencia de muerte. Mira mis dibujos, Mía. Mira lo que dibujo siempre. Sombras, gente que desaparece... Yo sé lo que pasa cuando esa red te atrapa.
Hades se colocó al lado de Isela, y por un segundo, la energía entre ellos fue tan fuerte que las luces del baño parpadearon. Mía miró hacia el espacio vacío donde estaba Hades, frunciendo el ceño como si viera una distorsión en el aire, una mancha de estática que no debería estar ahí.
—Hay un chico... un hacker —continuó Isela, siguiendo la guía de Hades—. Él diseñó parte de esto sin saberlo. Y su hermana murió por lo mismo que tú tienes en la mano ahora. No dejes que Miller y tu padre te conviertan en otra "falla de suministro".
Mía abrió su mochila con manos temblorosas y sacó un frasco pequeño y transparente, sin etiquetas. Adentro quedaban apenas tres pastillas de un color azul pálido, casi grisáceo.
—Solo quería que él estuviera orgulloso de mí —sollozó Mía, derrumbándose en el suelo—. Siempre me exige más... mejores notas, mejor presencia. Con estas pastillas todo era fácil. Podía estudiar toda la noche, podía ser perfecta. Pero ahora... ahora siento que si las dejo, me voy a romper en mil pedazos.
Isela se agachó a su altura. Hades puso su mano traslúcida sobre el hombro de Mía; ella no pudo sentir el tacto, pero un escalofrío recorrió su cuerpo y su respiración empezó a calmarse.
—Dámelas, Mía —pidió Isela—. Vamos a descubrir qué hay en ellas. Ayúdame a demostrar lo que tu padre y Miller están haciendo, y te juro que vamos a sacarte de esto.
Mía miró el frasco y luego a Isela. El velo de la enemistad se había roto. En ese baño gris, las dos chicas estaban unidas por la misma oscuridad que amenazaba con devorarlas.