Alan, el implacable heredero de un imperio financiero con raíces oscuras, no conoce la palabra "no". Su vida es un tablero de ajedrez donde cada pieza se mueve bajo su obsesivo control. Sin embargo, para consolidar su dominio total frente a las facciones rebeldes de la mafia, necesita una alianza que solo el apellido de Madelyn puede sellar.
Madelyn, conocida en el bajo mundo como la "Princesa Letal", es la heredera del Grupo Moral. Ella no es una ficha que se pueda mover; es una tormenta que se niega a ser domada. Orgullosa, rebelde y con las manos manchadas de la pólvora de su pasado, acepta un matrimonio arreglado no por sumisión, sino por una sed insaciable de venganza contra quienes destruyeron a su rama familiar.
En una mansión que se siente como una jaula de oro, estalla una guerra fría de voluntades. Alan busca poseerla y quebrantar su orgullo; Madelyn busca quemar el mundo de Alan desde adentro. Pero en el roce de sus pieles y el choque de sus egos, surge una tensión
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capitulo 13
El salón de recepciones de la finca Valerius era un despliegue de opulencia que rozaba lo obsceno. Miles de cristales de Swarovski colgaban del techo, reflejando la luz de las velas y creando un universo de destellos que herían la vista. El aire estaba saturado de una mezcla embriagadora: el perfume de las gardenias blancas, el aroma del champán de reserva y el olor metálico, casi imperceptible, de las armas aceitadas que descansaban bajo las chaquetas de los invitados.
Era el vals de los hipócritas. Hombres que se habían intentado asesinar el mes anterior ahora compartían caviar; mujeres que se despreciaban intercambiaban cumplidos sobre sus diamantes. En el centro de toda esa falsedad, Alan y Madelyn eran el sol negro alrededor del cual orbitaba el resto del mundo.
Alan tomó la mano de Madelyn para iniciar el baile tradicional. Sus movimientos eran fluidos, ejecutados con una precisión que rozaba la perfección mecánica. Su mano derecha se posó en la cintura de ella, atrayéndola con una firmeza que no dejaba lugar a dudas sobre quién marcaba el ritmo. Madelyn, envuelta en la seda y los cristales de su vestido, se movía con una gracia felina, aunque sus ojos eran dos pozos de desafío que se negaban a parpadear.
—Mira a tu alrededor, Madelyn —susurró Alan. Su voz, baja y profunda, vibró cerca del oído de ella, camuflada por el sonido de los violines—. Todos estos hombres, todos estos nombres que antes te hacían inclinar la cabeza por miedo o protocolo, ahora te miran con respeto. No por ser una Moral, sino por ser mi esposa.
Alan la giró con un movimiento rápido, haciendo que la falda del vestido barriera el suelo de mármol. La acercó de nuevo, esta vez tanto que Madelyn pudo sentir el latido rítmico y constante de su corazón tras la camisa de seda.
—Has dejado de ser una pieza suelta en el tablero —continuó él, y una sombra de sonrisa posesiva cruzó sus labios—. Ahora eres parte de la estructura. Eres mía, Madelyn. En el registro civil, en el contrato de fusión y en cada centímetro de esta casa.
Madelyn sintió una oleada de calor que no tenía nada que ver con el ejercicio del baile. Era la rabia, pura y concentrada, subiendo por su columna vertebral. Se inclinó hacia él, simulando un gesto de intimidad para los fotógrafos que disparaban sus flashes desde la distancia.
En lugar de responder con palabras, Madelyn hundió sus uñas largas y perfectamente manicuradas en el hombro de Alan. Lo hizo con una fuerza deliberada, atravesando la fina tela del esmoquin hasta encontrar la piel.
—¿Tuya? —siseó ella, manteniendo una sonrisa de porcelana para la audiencia—. Sigues cometiendo el mismo error de cálculo, Alan. Crees que el título de propiedad cambia la naturaleza de la bestia.
Alan no se inmutó por el dolor. Al contrario, sus ojos se oscurecieron con una chispa de excitación retorcida. Le gustaba que ella mordiera; le confirmaba que la presa aún tenía fuego.
—Intenta domarme, Alan —continuó Madelyn, su voz cargada de una promesa de destrucción—. Intenta convertirme en un adorno de tu trono de cristal y te prometo que verás cómo tu imperio empieza a desangrarse desde adentro. No soy una extensión de tu voluntad; soy el virus que acabas de invitar a tu sistema.
Madelyn apretó más las uñas, sintiendo la resistencia del músculo de Alan bajo sus dedos.
—Si crees que este anillo es un grillete —añadió ella—, es porque no te has dado cuenta de que ahora tengo acceso directo a tu yugular.
Alan detuvo el movimiento del vals de forma abrupta, justo en el centro del salón. El resto de las parejas pareció congelarse a su alrededor. Él no soltó su cintura; por el contrario, la apretó más, obligándola a arquear la espalda. La miró fijamente, ignorando el murmullo de sorpresa de los invitados.
—El dolor es un precio que estoy dispuesto a pagar, Madelyn —respondió él, con una calma que resultaba más aterradora que cualquier grito—. Me amenazas con desangrar mi imperio, pero olvidas que yo ya he sacrificado todo lo que amaba para construirlo. No puedes quitarme nada que no esté dispuesto a perder... excepto a ti.
Alan bajó la vista hacia su propio hombro, donde las manchas de sangre empezaban a asomar por las pequeñas perforaciones del esmoquin. Luego, volvió a mirarla a ella.
—Esa es la diferencia entre nosotros —dijo Alan—. Tú peleas por venganza. Yo peleo por posesión. Y la posesión siempre gana a largo plazo porque no se agota con la sangre.
Él la soltó con una brusquedad elegante, rompiendo la burbuja de tensión. Hizo una pequeña inclinación de cabeza, como si el baile hubiera terminado de forma natural.
—Disfruta del resto de la fiesta, esposa mía —dijo, subrayando la última palabra con un tono que era a la vez un cumplido y una advertencia—. Mañana, la realidad de las paredes de esta casa se sentirá mucho más real que este salón de baile.
Madelyn se quedó allí, sola en medio de la pista por un segundo, sintiendo el peso de las miradas de los hipócritas. Se alisó el vestido con manos temblorosas, no de miedo, sino de una adrenalina que la hacía querer incendiar las cortinas de terciopelo.
Miró sus uñas. Había restos de sangre de Alan bajo ellas. Una sonrisa lenta y letal apareció en su rostro. Él creía que el dolor no le importaba, pero Madelyn sabía que todos los imperios tenían un punto de quiebre. Y ella acababa de descubrir que el de Alan Valerius no estaba en sus cuentas bancarias, sino en su incapacidad para dejarla ir.
Caminó hacia la barra de champán, con la cabeza en alto. El vals de los hipócritas continuaba, pero la música ahora sonaba como una marcha fúnebre para el orden que Alan tanto amaba. El matrimonio no era una unión; era el inicio de un asedio. Y mientras Madelyn bebía de su copa, se prometió a sí misma que cada gota de sangre que Alan estuviera dispuesto a derramar por ella, sería una gota menos en los cimientos de su trono.
La noche apenas comenzaba, y en el juego de la Sangre y el Cristal, la primera herida ya estaba abierta. Alan quería domarla; Madelyn quería destruirlo. En medio de ambos, el amor era un espectro que ninguno se atrevía a invocar, pero que ya empezaba a proyectar su sombra sobre las ruinas de sus voluntades.