Un contrato de sangre. Un matrimonio obligado. Un pecado imposible de ocultar.
Para su padre, ella es solo una pieza de ajedrez en un juego de poder. Para Arturo Rial, el hombre con el que debe casarse por obligación, ella es un frío contrato de negocios.
Pero todo cambia cuando aparece el hermano mayor de Arturo, un hombre que no conoce la palabra "no". Él no quiere un acuerdo; la quiere a ella. Entre los rincones oscuros de la mansión, él la marca, la reclama y la convierte en su mundo, desatando una obsesión que amenaza con destruirlo todo.
En este juego de traiciones, ella es la niña dulce que se convertirá en la caída del hombre más peligroso de la mafia.
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Capitulo 19
El cambio de mando en la mansión Rial no se anunció con discursos, sino con el sonido de botas pesadas y el tintineo de llaves nuevas. Los hombres de Arturo desaparecieron del mapa en menos de doce horas, relegados a los puestos de vigilancia más alejados del puerto. Ahora, el ala principal y los pasillos que Isabella recorría estaban custodiados por los soldados de Vincenzo: tipos de miradas muertas que solo respondían a un silbido del hermano mayor.
La boda no se canceló; Don Silvano se encargó de que los hilos con el padre de Bella siguieran tensos y productivos. Pero los catálogos de flores blancas y la mantelería de encaje que Arturo había elegido con tanto esmero terminaron en la chimenea.
Vincenzo impuso su propio ritmo. Los modistos que ahora entraban a la habitación de Isabella no traían telas recatadas ni cuellos altos. Traían seda pesada, cortes que se ceñían a sus curvas y un vestido de novia de un color marfil tan denso que parecía recordar el tono de la piel de Bella cuando se entregaba a él en la oscuridad.
La tarde del viernes, la mansión quedó sumida en un silencio tenso. Arturo se encontraba recluido en su habitación del ala este, recuperándose de las costillas rotas y masticando una rabia que, según los rumores del servicio, lo estaba volviendo loco.
Isabella caminaba por el pasillo de la segunda planta, cargando un velo de encaje italiano que la modista le había dejado para que evaluara su peso. El sol de la tarde se filtraba por los altos ventanales, dibujando líneas doradas en la alfombra. Al doblar la esquina que conducía a la biblioteca, una mano inmensa salió de la penumbra de un nicho y la agarró por la cintura, arrastrándola hacia la oscuridad del espacio entre las columnas de piedra.
Bella soltó un jadeo sordo, pero el miedo no llegó a nacer en su pecho. El aroma a tabaco, cuero y esa colonia intensa que se le pegaba a la ropa la inundó de inmediato.
Vincenzo la pegó contra la pared de piedra fría, bloqueándola por completo con su anatomía colosal. Llevaba una camisa gris oscuro con las mangas arremangadas y el pantalón del traje que usaba para las reuniones del puerto. Su sola cercanía hacía que a Isabella se le cortara la respiración; la sumisión hacia este gigante ya no era una imposición de su padre, sino un lenguaje que su propio cuerpo hablaba a la perfección.
—Te queda bien el marfil, niña dulce —susurró Vincenzo, su voz ronca y profunda vibrando contra el oído de ella—. Estaba mirando el informe de los diseñadores. Te prefiero sin nada, pero admito que ver cómo te visten para mí tiene su encanto.
—Vincenzo, alguien puede pasar... los guardias de tu padre están abajo —susurró Bella, aunque sus manos ya habían abandonado el velo de encaje en el suelo y se apoyaban en los hombros anchos del gigante, buscando estabilidad.
—Los guardias de mi padre ahora comen de mi mano, Bella. Y Arturo no tiene las fuerzas para levantarse de la cama, mucho menos para venir a reclamar lo que le quité —sentenció él con una seguridad implacable.
Vincenzo bajó la cabeza, rozando con sus labios la línea de la mandíbula de Isabella hasta llegar a la base del cuello. No hubo delicadeza en el gesto, sino una posesión física que la hizo arquear la espalda contra la piedra. El gigante usó sus dedos toscos para bajar el tirante de su vestido diario, dejando al descubierto la clavícula pálida donde sus dientes buscaron de inmediato la piel blanda.
Mordió suavemente, lo suficiente para arrancar un gemido ahogado de la boca de Bella, y luego succionó con fuerza, dejando una nueva marca, oscura y violácea, justo donde el vestido de novia no la cubriría por completo.
—Quiero que todos los jefes de las familias miren esa marca cuando camines hacia el altar —gruñó Vincenzo contra su piel, su respiración agitada calentándole el pecho—. Quiero que vean que el contrato lleva el sello de los Rial, pero que la mujer le pertenece a Vincenzo. Eres mía, Bella. En los pasillos, a plena luz del día, o en la cama que pronto vamos a compartir. Dilo.
—Soy tuya... Vincenzo —jadeó ella, cerrando los ojos y dejándose arrastrar por la marea de adrenalina y deseo. La culpa por Arturo se había transformado en cenizas; el miedo al castigo divino se diluía cada vez que los brazos robustos de Vincenzo la apretaban contra su pecho de roca.
Vincenzo la besó entonces, un beso espeso, cargado del whisky que había estado tomando en su despacho y de una promesa de dominación que la dejó temblando. Su lengua barrió su boca con la autoridad de un rey que toma posesión de sus tierras legítimas, desarmando cualquier rastro de resistencia que pudiera quedarle a la joven.
Cuando se apartó, sus ojos grises brillaban con esa satisfacción salvaje que Isabella ya conocía. Le acomodó el tirante del vestido con un toque casi imperceptible, contrastando con la brutalidad de sus palabras.
—Recoge el velo y vuelve a tu cuarto —le ordenó, dando un paso atrás para dejarla libre, aunque su mirada seguía encadenándola a la pared—. Quedan tres días para la ceremonia. Asegúrate de descansar, mi Bella. Porque cuando esa iglesia se cierre, el nuevo régimen de esta familia va a empezar en nuestra cama, y no voy a tener piedad contigo.
Vincenzo se dio la vuelta y se alejó por el pasillo con esa zancada pesada de lobo que hacía eco en el mármol. Isabella se quedó apoyada contra la piedra, con el corazón martilleándole las costillas y los labios encendidos, recogiendo el encaje italiano del suelo con dedos trémulos. El tablero estaba completamente modificado; Arturo estaba confinado a las sombras de su propia humillación, y ella avanzaba recta hacia el altar de un hombre que no buscaba una esposa, sino una devoción absoluta firmada con el color de la pólvora.