Dinastía de Reinas: Aralisse.
Narra la historia de una princesa obligada a heredar una corona rodeada de traiciones. Tras la misteriosa muerte de sus padres, Aralisse queda sola dentro de una corte donde todos parecen querer manipularla o verla caer.
Alejada por obligación de su reino, deberá aprender a gobernar mientras intenta descubrir qué ocurrió realmente la noche en que los reyes murieron. Entre conspiraciones, secretos y enemigos ocultos, conoce a Rydan, el príncipe de Orvenah, el reino rival.
Lo que comienza como una tregua forzada pronto se convierte en algo mucho más peligroso. Porque detrás de la frialdad de Rydan y de la guerra entre ambos reinos, Aralisse descubre que el hombre que más debería temer… es también el único dispuesto a ensuciarse las manos por ella.
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La posada: parte I
El carruaje avanzaba lentamente entre las calles adoquinadas de Orvenah.
A través de la ventana, Aralisse observaba con atención cada rincón del reino que hasta entonces solo había conocido a través de libros de historia y relatos de guerra.
Orvenah no se parecía en nada a Lysirah.
Sus murallas eran más altas, los edificios más sólidos y las calles más amplias, incluso a esas horas de la noche. Las plazas seguían iluminadas por antorchas y el murmullo constante de comerciantes, viajeros y soldados creaba una sensación de actividad permanente.
Cada cierto tiempo, grupos de guardias atravesaban las calles patrullando con una disciplina impecable.
Era un reino preparado para la guerra.
Aralisse apretó ligeramente la manta entre sus dedos.
Lysirah era distinto.
Más cálido.
Más abierto.
Un reino de campos, aldeas tranquilas y tierras fértiles.
Orvenah, en cambio, respiraba estrategia y poder militar.
Y aunque nadie la había amenazado directamente… la sensación de encontrarse en territorio enemigo le pesaba como una piedra en el pecho.
—¿Está asustada?
La voz tranquila de Lysandre llegó desde el exterior del carruaje.
Cabalgaba junto a la ventana, tal y como había hecho durante todo el viaje, siempre atento a cualquier movimiento alrededor de la comitiva.
Aralisse volvió la mirada hacia él con el ceño apenas fruncido.
—No —respondió con frialdad, aunque ni ella misma estaba completamente convencida.
Lysandre esbozó una leve sonrisa.
No burlona.
Casi comprensiva.
—Debería estarlo un poco —admitió—. Estamos en territorio enemigo.
Aralisse soltó un pequeño resoplido antes de volver la vista hacia las calles.
—¿No se supone que estás aquí para protegerme?
El joven dejó escapar una breve sonrisa.
—Exactamente. Conmigo está segura.
El carruaje finalmente se detuvo frente a una posada amplia y bien cuidada.
El emblema de Orvenah colgaba sobre la entrada y varios guardias de la ciudad observaron la llegada de la comitiva con evidente atención, aunque sin intervenir.
Lysandre desmontó con agilidad y se giró inmediatamente hacia el resto del grupo.
La serenidad habitual de su rostro desapareció.
Ahora parecía completamente alerta.
—Escúchenme con atención —ordenó en voz baja, aunque firme—. Desde este momento, aquí no existe ninguna princesa.
Los guardias de Lysirah entendieron de inmediato.
Las muchachas, en cambio, intercambiaron miradas confundidas.
—Nadie debe descubrir que la heredera de Lysirah se encuentra viajando por Orvenah —continuó Lysandre—. Si algún soldado sospecha quién es realmente, podría iniciarse un conflicto diplomático que no podemos permitirnos.
Sus ojos se dirigieron hacia Selinah.
—Para todos aquí, somos la comitiva de lady Delmere, una joven noble en camino hacia Zaryah.
Selinah abrió los ojos con sorpresa.
—¿Y… yo? —preguntó nerviosamente.
—Tú fingirás ser la noble a la que escoltamos —explicó con calma—. Llevarás está capa y entrarás primero. Nadie intentará dañarte. Solo necesitas actuar como una dama importante.
La jóven tragó saliva.
—¿Y yo qué haré? —intervino Aralisse cruzándose de brazos.
—Serás una de sus damas de compañía —respondió Lysandre sin rodeos—. Es la manera más segura de mantenerte fuera de atención.
La mandíbula de Aralisse se tensó de inmediato.
No le agradaba ocultarse.
Y mucho menos permitir que alguien más ocupara su lugar.
—No me gusta esto —murmuró entre dientes.
—A mí tampoco —admitió Lysandre—. Pero prefiero verla molesta… a verla muerta.
El silencio que siguió fue inmediato.
Incluso algunos guardias evitaron mirarse entre sí.
Finalmente, Aralisse asintió con rigidez.
—Está bien.
—Perfecto —Lysandre volvió a adoptar un tono firme—. Entraremos en grupos pequeños. No llamen la atención, no usen títulos reales y permanezcan cerca unos de otros.
El plan estaba decidido.
Y afuera, entre las calles iluminadas y el ruido constante de Orvenah… nadie imaginaba que la heredera de Lysirah acababa de cruzar las murallas de su reino.
El interior de la posada olía a madera envejecida, pan recién horneado y vino derramado.
Las lámparas de aceite colgaban del techo, proyectando sombras cálidas sobre las paredes de piedra.
Un hombre robusto, de barba entrecana y manos curtidas, levantó la vista desde el mostrador cuando escuchó entrar al grupo.
—Buenas noches —saludó con marcado acento de Orvenah—. No solemos recibir viajeros a estas horas. ¿Qué los trae por aquí?
Lysandre avanzó sin vacilar y, con un gesto discreto, indicó a Selinah que se colocara a su lado.
—Viajamos junto a lady Delmere —respondió con tono firme, aunque educado—. Nos dirigimos hacia Zaryah para negociar especias y tejidos. Necesitamos alojamiento por tres noches.
Los ojos del posadero se posaron inmediatamente sobre Selinah.
La niña tragó saliva antes de intentar imitar la postura elegante que tantas veces había visto en su madre.
—B-buenas noches… —balbuceó mientras hacía una pequeña reverencia—. Agradecemos su hospitalidad.
Lysandre permaneció completamente inmóvil.
Aunque Aralisse notó que contenía la respiración.
El posadero observó a la niña durante unos segundos, como si intentara evaluarla.
Finalmente soltó un pequeño resoplido.
—Lady Delmere, ¿eh? —repitió—. Muy bien. Tenemos habitaciones disponibles en el segundo piso. No son lujosas, pero estarán cómodos.
—Eso será suficiente —respondió Lysandre inclinando apenas la cabeza.
El hombre tomó varias llaves del mostrador y las dejó frente a él.
—Tres habitaciones. La cena se cobra aparte.
—Pagaremos —intervino Lysandre mientras dejaba una pequeña bolsa con monedas sobre la madera.
Mientras el posadero revisaba el pago, Selinah dejó escapar un suspiro tembloroso.
Aralisse observó la escena en silencio.
Era la primera vez en su vida que alguien fingía ocupar su lugar.
Cuando el posadero llamó a un mozo para guiarlos hacia las habitaciones, Lysandre se inclinó apenas hacia Selinah.
—Lo hiciste bien —murmuró.
La niña abrió los ojos sorprendida.
Y una pequeña sonrisa nerviosa apareció en su rostro.
El mozo los condujo por un pasillo estrecho iluminado únicamente por lámparas.
El suelo de madera crujía bajo sus pasos y el murmullo lejano de la taberna comenzaba a quedar atrás.
Lysandre caminaba al frente con una mano descansando sobre la empuñadura de su espada.
Detrás de él avanzaba el consejero Erak, atento a cualquier movimiento sospechoso.
—Tres habitaciones —anunció finalmente el mozo en voz baja.
—Gracias —respondió Lysandre antes de entregarle unas monedas adicionales.
El hombre hizo una pequeña reverencia y se retiró rápidamente, dejándolos solos en el segundo piso.
Lysandre recorrió el corredor con la mirada antes de hablar.
—Compartiré habitación con el consejero Erak. Estaremos en la del centro para reaccionar rápido si ocurre algo.
Aralisse asintió en silencio.
Aunque la realidad comenzaba a resultarle incómodamente evidente.
Ya no estaban en casa.
Y no podían confiar en nadie fuera de aquel pequeño grupo.
—Helaena —continuó Lysandre mirando a la joven—. Dormirás con su alteza.
La muchacha inclinó la cabeza rápidamente.
—Sí, mi lord.
—Y tú, Selinah…
La niña levantó la mirada de inmediato.
Lysandre le entregó una llave.
—Tendrás esta habitación. Estarás justo al lado. Si escuchas algo extraño, no abras la puerta bajo ninguna circunstancia. ¿Entendido?
Selinah sostuvo la llave entre ambas manos.
La idea de dormir sola parecía asustarla más de lo que quería admitir.
Pero terminó asintiendo.
—S-sí… lo entiendo.
Lysandre apoyó una mano sobre su hombro de manera breve, aunque firme.
—Eres parte de este grupo, Selinah. Tu papel es importante.
La niña tragó saliva antes de enderezarse apenas.
Por primera vez desde que inició el viaje…
parecía sentirse útil.
—Bien —dijo Lysandre después de echar un último vistazo al pasillo—. Cierren las puertas y no salgan por ningún motivo. Si sucede algo, llámenme de inmediato.
Poco a poco, cada uno entró en su habitación.
Y el corredor volvió a quedar en silencio.