Rachell Takahashi Zhang nunca creyó en el amor, solo en el poder. Pero cuando su boda se derrumba y es obligada a casarse con un desconocido, no imagina que ese hombre perfecto es, en realidad, su peor enemigo. Damien Bloodworth no llegó para amarla... llegó para vengarse. Y mientras ella le entrega su confianza, él se acerca cada vez más al momento de destruirlo todo.
"Se casó con su enemigo...
y terminó entregándole el arma perfecta para destruirla: su corazón."
¿El amor puede vencer el odio?
NovelToon tiene autorización de Leidy Ocampo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Brillo y veneno
Rachell
El espejo nunca miente.
Pero tampoco lo dice todo.
Observo mi reflejo con calma, ajustando el último detalle del vestido. Verde esmeralda. Ajustado desde la cintura hacia arriba, marcando cada línea con precisión, cayendo luego en un corte de sirena que se desliza con elegancia hasta el suelo.
Perfecto.
Como debe ser.
Los accesorios son mínimos. Exactos. Nada sobra. Nada falta.
Tacones negros.
Cartera negra.
Cabello suelto en ondas controladas.
Mi imagen es impecable.
Pero no es para agradar.
Es para imponer.
Hoy no es solo una fiesta.
Es territorio.
Mi territorio.
Y todos ahí lo saben.
Salgo de la habitación con la seguridad de quien no necesita aprobación.
Y me detengo.
Damien está frente a mí.
Vestido completamente de negro. Traje a medida. Corte perfecto. Presencia… peligrosa.
Sus ojos se detienen en mí.
No habla.
Solo observa.
Analiza.
Como si intentara descifrar algo más allá de lo evidente.
Sostengo su mirada.
No sonrío.
No cedo.
Un segundo.
Dos.
—No luces como alguien que disfruta estas cosas —dice finalmente.
Inclino apenas la cabeza.
—Y tú luces demasiado cómodo.
—Lo estoy.
Claro que lo está.
—Eso es preocupante.
Una leve sombra de sonrisa cruza su expresión.
—Debería serlo.
Silencio.
La tensión se mantiene.
Luego giro y empiezo a bajar las escaleras.
Él me sigue.
No necesita que se lo diga.
—
La fiesta está exactamente como esperaba.
Lujo.
Control.
Poder disfrazado de elegancia.
El nuevo edificio se alza como símbolo de dominio. Cristal, acero y altura. Una declaración clara: seguimos aquí.
Más fuertes.
Más visibles.
Entro junto a Damien.
Las miradas caen sobre nosotros de inmediato.
Curiosidad.
Respeto.
Temor.
Perfecto.
Mi mano roza la suya apenas.
No por cercanía.
Por estrategia.
Él la toma.
Natural.
Fluido.
Como si fuera real.
Y ahí está.
La actuación.
—Señora Bloodworth —dice un hombre acercándose.
—Takahashi Zhang —corrijo sin dudar.
Él sonríe con incomodidad.
—Por supuesto.
Damien interviene.
—Es un hábito difícil de romper.
Su tono es tranquilo.
Amable.
Impecable.
Lo miro de reojo.
Demasiado perfecto.
El hombre asiente y se retira.
Avanzamos entre la gente.
Saludamos.
Hablamos.
Sonreímos lo justo.
La pareja perfecta.
Pero yo lo estoy observando.
Todo el tiempo.
Cada gesto.
Cada palabra.
Cada reacción.
Y él…
No falla.
Responde a todos con precisión. Recuerda nombres. Mantiene contacto visual. Ajusta su tono según la persona.
Es impecable.
Demasiado.
—Eres bueno en esto —murmuro sin mirarlo.
—Siempre lo soy.
—Eso es lo que me preocupa.
—No deberías preocuparte.
—No lo hago —respondo—. Te estudio.
Siento su mirada sobre mí.
—¿Y qué concluyes?
Tomo una copa de champagne sin prisa.
—Que no eres real.
Una leve pausa.
—Interesante.
—Esa fachada… —continúo, dando un pequeño sorbo— es demasiado limpia.
—Tal vez tú estás acostumbrada al caos.
Lo miro.
—Tal vez tú lo escondes demasiado bien.
Silencio.
Nos miramos.
Demasiado cerca.
Demasiado conscientes.
—¿Te molesta? —pregunta.
—Me aburre.
Una pequeña sonrisa aparece en sus labios.
—Entonces tendré que esforzarme más.
—Hazlo —respondo—. Quiero ver hasta dónde llega la mentira.
Su mirada se oscurece apenas.
—Más de lo que crees.
Antes de que pueda responder, otra pareja se acerca.
—Se ven increíbles juntos —dice la mujer.
—Lo sabemos —responde Damien sin dudar.
Casi río.
Pero no lo hago.
—Un honor tenerlos aquí —añade el hombre.
—El honor es nuestro —responde él.
Perfecto.
Impecable.
Falso.
—Mi esposa ha trabajado mucho para esto —dice entonces, mirándome.
Lo observo.
—Es su visión.
Levanto una ceja.
—No sabía que ahora hablabas por mí.
—Solo cuando es necesario.
—No lo es.
—Para ellos, sí.
Sonrío.
Pero no es amable.
—Qué considerado.
La pareja se retira, claramente satisfecha.
Cuando estamos solos otra vez, me inclino apenas hacia él.
—Eres un actor excelente.
—Y tú una crítica difícil.
—Alguien tiene que serlo.
—Me gusta.
Eso me hace detenerme un segundo.
Lo miro.
—Eso es un error.
—Tal vez.
Silencio.
El ambiente cambia cuando mi padre aparece al frente.
Las conversaciones disminuyen.
Las miradas se dirigen hacia él.
—Gracias a todos por estar aquí —dice con voz firme—. Este edificio no es solo una estructura.
Se mueve con autoridad.
—Es una declaración.
Pausa.
—Y hoy… también es un símbolo.
Su mirada se posa en mí.
Y luego en Damien.
—De una nueva etapa.
Siento el peso de las miradas.
—Este proyecto —continúa— está dedicado a mi hija…
Silencio.
—Y a su esposo.
Las palabras caen como una sentencia.
Mi expresión no cambia.
Pero lo siento.
El significado.
El mensaje.
La unión.
El control.
Miro a Damien.
Él ya me está mirando.
Sus ojos… esos malditos ojos distintos.
Azul.
Avellana.
Brillan con algo que no me gusta.
Algo que no logro descifrar.
Pero que no es bueno.
—Parece que ahora somos un símbolo —murmuro.
—Siempre lo fuimos.
—No me gusta.
—No tienes que hacerlo.
—Pero lo voy a romper si es necesario.
Una leve sonrisa aparece en su rostro.
—Eso quiero verlo.
Nos quedamos así.
Mirándonos.
Desafiándonos.
Jugando un juego que nadie más entiende.
Porque mientras todos celebran…
Nosotros ya estamos en guerra.
Y lo peor…
Es que ninguno quiere perder.