Valeria Bellucci jamás imaginó que terminaría casada con el hombre más poderoso y frío de la ciudad.
Acorralada por las deudas de su familia, acepta un matrimonio por contrato con Enzo Ricci, un CEO multimillonario conocido por destruir a cualquiera que se interponga en su camino.
Las reglas eran simples: — No enamorarse.
— No interferir en la vida del otro.
— Mantener la apariencia de un matrimonio perfecto.
Pero vivir bajo el mismo techo con un hombre obsesivo, dominante y lleno de secretos hará que Valeria descubra que detrás de aquella mirada fría existe un pasado capaz de destruirlos a ambos.
Lo que comenzó como un simple acuerdo terminará convirtiéndose en una guerra de celos, deseo y sentimientos prohibidos.
Porque algunos contratos pueden firmarse con tinta…
pero otros terminan grabándose en el corazón.
NovelToon tiene autorización de Mahary Garcia para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 11 - COSAS QUE NO DEBIERON IMPORTARME
Enzo
El problema de Valeria Bellucci no era el contrato. Era que empezaba a parecerme real, y eso en mi vida siempre había sido una línea que no debía cruzarse.
Eran las 3:04 a.m. cuando entró a mi despacho sin tocar la puerta, como si ya hubiera entendido que a esa hora las reglas no aplicaban. Cerró detrás de sí con suavidad, pero su presencia llenó el espacio de inmediato. Seguía con la misma ropa del hospital, el cabello ligeramente desordenado, ojeras marcadas y esa tensión constante en los hombros que no desaparecía ni siquiera cuando intentaba aparentar calma. Aun así, estaba de pie. Siempre estaba de pie.
Me apoyé contra el escritorio sin apartar la mirada.
—Mi papá… —murmuró al fin, deteniéndose un segundo como si le costara respirar— me preguntó por ti.
No respondí de inmediato.
—¿Y qué le dijiste? —pregunté con calma.
Valeria me miró con una mezcla de cansancio e ironía leve.
—Que eres insoportable.
Una pequeña sonrisa apareció en mí sin permiso.
—Honesta.
—Me pidió que no te matara.
La observé en silencio.
—Eso es nuevo.
Ella soltó una risa breve sin energía real y luego se quedó callada otra vez, como si lo más difícil no fuera hablar, sino mantenerse en pie.
Me acerqué un poco.
—¿Qué más? —pregunté.
Valeria bajó la mirada un segundo antes de hablar.
—Camila vino al hospital.
El aire cambió de inmediato.
Me enderecé apenas.
—¿Qué hizo?
Valeria apretó los labios.
—Nada directo… pero no necesitaba hacerlo. Me encontró en el pasillo. Dijo que no debería confiar en ti.
El silencio se volvió más denso.
—¿Por qué sigue apareciendo? —preguntó de pronto, mirándome sin rodeos.
—Porque no sabe cuándo detenerse —respondí.
Ella soltó una risa corta, sin humor.
—Suena como alguien que te conoce bien.
No contesté.
Valeria dio un paso más dentro del despacho.
—Dijo algo más —añadió.
—¿Qué? —pregunté.
Dudó un segundo.
—Que este contrato no es por negocios.
El aire se tensó.
—¿Es verdad? —preguntó al fin.
—No —respondí sin dudar.
Ella entrecerró los ojos.
—No te creo.
Me acerqué hasta quedar frente a ella.
—No necesitas creerme. Solo cumplir.
Valeria apretó la mandíbula.
—No soy un objeto, Enzo.
—No dije eso.
—Lo estás tratando como si lo fuera.
El silencio volvió a caer entre nosotros, más pesado esta vez. Valeria sostuvo mi mirada sin retroceder. Eso era nuevo. Muy nuevo. Respiró profundo.
—Camila también dijo que destruyes todo lo que tocas.
Esa frase ya la había escuchado antes. Más de una vez.
—¿Es verdad? —preguntó otra vez, pero esta vez su voz ya no era curiosa. Era más baja. Más peligrosa. Más personal.
No respondí de inmediato. Me pasé una mano por la mandíbula.
—No tienes que preocuparte por Camila.
—No estoy hablando de ella —dijo ella.
Su voz bajó un poco más.
—Estoy hablando de ti.
El silencio se volvió absoluto.
Valeria dio un paso atrás, como si se arrepintiera de haberlo dicho, pero ya era tarde.
Antes de que pudiera responder, el teléfono del escritorio vibró.
Contesté.
—Habla.
La voz de Marco sonó al instante.
—Enzo… Camila está moviendo contactos en el consejo.
Mi expresión se endureció.
Valeria observaba en silencio.
—Quiere presionarte con el tema del contrato —continuó Marco.
Cerré los ojos un segundo.
—Entendido.
Corté la llamada.
El silencio regresó.
Valeria me observaba con cuidado.
—¿Problemas? —preguntó.
—No —respondí automático.
Ella lo notó.
—No pareces alguien que diga “no es nada” cuando sí lo es.
La miré.
—Estás cansada. Ve a dormir.
Ella soltó una risa leve.
—Eso sonó a orden.
—Lo era.
Valeria me sostuvo la mirada unos segundos más y luego suspiró.
—Mi papá despertó hoy preguntando cuándo vas a dejar de parecer un villano de novela.
Una pequeña risa escapó de mí sin querer.
—¿Y qué le respondiste?
—Que estás mejorando… ligeramente.
La miré.
—¿Ligeramente?
—No abuses de tu progreso.
Por un momento el aire entre nosotros se alivió, apenas. Pero duró poco. Porque Valeria seguía ahí. Demasiado presente. Demasiado real.
Antes de poder detenerme, hice la pregunta equivocada.
—¿Qué harías si todo esto fuera real?
Valeria se quedó completamente quieta.
—¿Qué significa “real”? —preguntó.
No respondí. Porque ni siquiera yo estaba seguro.
Ella dio un paso más cerca.
—Enzo… yo no sé qué estás acostumbrado a hacer con la gente, pero yo no puedo fingir toda mi vida.
Hizo una pausa.
—Si esto cambia… si se vuelve algo más… necesito saberlo.
Me observó esperando una respuesta.
Y lo único que entendí en ese momento fue lo peor: no era el contrato lo que estaba empezando a fallar. Era yo.