COMPLETA
Mudarse parecía la única salida.
Para Andrés, Lili y su hijo Santiago, dejar la ciudad no fue una decisión… fue una necesidad. Una casa barata en un pueblo olvidado les ofrecía algo que ya no tenían: tranquilidad.
Y al principio, eso fue exactamente lo que encontraron.
Silencio. Calma. Espacio para empezar de nuevo.
Pero hay silencios que no son normales.
Y hay lugares donde la oscuridad no solo oculta… sino que observa.
Cuando cae la noche, la casa cambia.
Los rincones se vuelven más profundos. Los pasillos más largos. Y lo que no se ve… comienza a sentirse.
No hay monstruos.
No hay presencias.
Solo algo mucho más peligroso:
La mente.
Porque en la oscuridad, cada pensamiento toma forma…
y lo que imaginas… puede volverse real.
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Capítulo 13 – El postre
Hasta ese momento, todo había sido un avance lento, una acumulación de señales que se podían ignorar si uno insistía lo suficiente, pero esa noche algo cambió. No fue un ruido, no fue una aparición clara, fue una sensación que se extendió por las casas como si el aire mismo se volviera más pesado, más denso, como si algo hubiera despertado por completo después de haber estado esperando pacientemente. Lo que había pasado antes, los sueños, las marcas, las miradas, todo eso había sido apenas un inicio, una forma de probar, de medir, de prepararse, y ahora, por primera vez, esa intención dejó de esconderse.
Susan se movió.
No de una forma visible para todos, no como una figura que cruza una habitación, sino como algo que empieza a estar presente en cada rincón al mismo tiempo. Había pasado días alimentándose de pequeñas cosas, del miedo leve, de la duda, de la incomodidad que nadie terminaba de admitir, pero eso ya no era suficiente. Era solo el calentamiento. Ahora quería más.
El “postre”.
En la casa de los Oquendo, el ambiente era distinto desde hacía días, pero esa noche era insoportable. Santiago apenas podía mantenerse en pie del cansancio, pero no quería dormir, no podía, porque cada vez que cerraba los ojos volvía a ver al bebé, esa mirada fija, esa tristeza que no desaparecía, y ahora había algo más en esa mirada, algo que parecía advertirle de algo que no podía explicar. Andrés y Lili lo notaban, pero no sabían qué hacer, porque ellos también sentían que algo se acercaba, algo que no podían detener.
Y entonces estaba él.
David.
Había sido el más afectado desde el inicio, el que más marcas tenía, el que más sufría en silencio. Sus brazos estaban cubiertos de arañazos que nadie podía explicar, algunos recientes, otros más antiguos, como si nunca terminaran de desaparecer. Dormir se había vuelto imposible para él, y cuando lo hacía, caía en un descanso pesado, profundo, que no parecía natural, como si algo lo obligara a quedarse ahí más tiempo del que debía. Tres días seguidos había pasado sin despertar una vez, y cuando lo hizo, su piel estaba más pálida, sus ojeras más profundas, su cuerpo más débil.
Esa noche, no intentó resistirse.
Se acostó.
Y cerró los ojos.
—
El sueño no tardó en llegar.
Pero no era como los otros.
No era confuso.
No era fragmentado.
Era claro.
Demasiado claro.
—
Estaba de pie en un espacio que no reconocía, pero que sentía familiar de alguna forma. No había paredes visibles, pero tampoco era completamente abierto. La oscuridad lo rodeaba, pero no lo ocultaba del todo. Y frente a él…
estaba ella.
Susan.
Tal como Santiago la había visto.
Cabello rojo oscuro, cayendo suavemente sobre sus hombros, ojos entre rojos y negros que parecían observar más allá de lo visible, y una sonrisa que no era amable, pero tampoco completamente hostil. Era… segura. Como alguien que ya sabía cómo iba a terminar todo.
—Por fin —dijo.
Su voz no era fuerte.
Pero se sentía en todo el espacio.
David intentó retroceder.
No pudo.
—Te tardaste mucho —añadió ella, inclinando ligeramente la cabeza.
El niño quiso hablar.
No salió nada.
—Pero está bien… —continuó—. A todos les cuesta al principio.
Dio un paso.
El espacio no cambió.
Pero ella estaba más cerca.
—Eras el más fácil.
La frase no fue cruel.
Fue simple.
Como un hecho.
—El que más miedo tenía.
David sintió el pecho apretarse.
—El que más dudaba.
Otro paso.
—El que más… imaginaba.
La sonrisa creció apenas.
—Y eso me gusta.
El aire se volvió más pesado.
Más difícil de respirar.
David cerró los ojos.
Pero cuando los abrió…
ella seguía ahí.
Más cerca.
—
—Ya comí suficiente… —susurró.
El silencio que siguió fue más aterrador que cualquier grito.
—Ahora quiero algo mejor.
—
En la realidad, el cuerpo de David empezó a moverse.
Lentamente.
Como si no estuviera completamente despierto.
Sus padres lo notaron casi al mismo tiempo.
—¿David…?
No respondió.
Se sentó en la cama.
Con los ojos abiertos.
Pero vacíos.
—
—¿Qué le pasa…? —susurró Lili, acercándose.
Andrés dio un paso.
Se detuvo.
Algo no estaba bien.
No en la forma en que el aire se sentía.
No en la forma en que la habitación parecía… más grande.
—
David se levantó.
—
Y entonces…
la oscuridad en la habitación cambió.
No desapareció.
No creció.
Pero se volvió…
profunda.
—
Como si hubiera algo dentro de ella.
—
Una forma.
—
No completamente visible.
—
Pero suficiente.
—
Los padres la vieron.
No con claridad.
Pero la sintieron.
Y eso fue peor.
—
El miedo los detuvo.
No fue decisión.
No fue cobardía.
Fue algo más.
Algo que los dejó inmóviles.
Como si sus cuerpos no respondieran.
Como si el terror fuera más fuerte que cualquier impulso.
—
—Mamá…
La voz de David fue baja.
Lejana.
—
Pero no era una llamada de ayuda.
—
Era… despedida.
—
La oscuridad se movió.
—
No de forma brusca.
—
Sino como algo que ya estaba decidido.
—
Y en un instante…
David dejó de estar.
—
No hubo ruido.
No hubo lucha.
—
Solo ausencia.
—
El silencio que quedó fue absoluto.
—
Los padres seguían de pie.
—
Sin moverse.
—
Mirando el espacio vacío donde su hijo había estado.
—
Sin poder reaccionar.
—
Sin poder gritar.
—
Sin poder negar lo que acababan de ver.
—
Y en algún lugar…
—
una risa suave.
—
satisfecha.
—
Como si algo hubiera terminado.
—
Y al mismo tiempo…
—
apenas estuviera comenzando.