"Los omegas tienen prohibido acercarse a mí. Esa es mi única regla." Damián es el Alfa más temido de la ciudad. Frío, cruel, y con un odio profundo hacia los omegas. Nadie sabe por qué, pero todos saben que acercarse a él es buscarse la muerte. Yo soy Lola. Una omega invisible, de esas que pasan desapercibidas. Mi olor es neutro, y así me gusta: invisible, viva. Hasta que una noche, un celo inesperado me toma por sorpresa justo cuando él cruza mi camino. Su olor me envuelve. El mío lo enloquece. Y sin quererlo, sin desearlo, contra toda lógica... Quedamos vinculados. Ahora el Alfa que me odia está atado a mí para siempre. Hará todo lo posible por romper este vínculo, pero cada intento lo acerca más a mí. Y cuando otro Alfa intente lastimarme... Su lobo desata el infierno para protegerme. Dicen que el odio y el amor son la misma cara de una moneda. Pero, ¿qué pasa cuando su mente me rechaza, pero su lobo me reclama? ¿Podrá Damián aceptar que soy su compañera? ¿O el vínculo nos destruirá a los dos?
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Capítulo 14: El Precio del Sofá
Lo vi por casualidad.
Esa mañana bajé antes de lo habitual. El sol *p*n*s empezaba a colarse por los ventanales del pasillo cuando salí de la habitación. Damián había salido ya\, como siempre\, y yo necesitaba un vaso de agua antes de que el servicio comenzara a moverse.
Pero cuando doblé la esquina que llevaba a la cocina, me detuve en seco.
Damián estaba en el recibidor. Solo. De espaldas a mí.
Y se estiraba.
Nada raro en eso, cualquiera se estira por la mañana. Pero la forma en que movió los hombros, la manera en que arqueó la espalda lentamente, con cuidado... parecía que le doliera.
No le di importancia en ese momento.
Pero a lo largo del día, empecé a notar cosas.
En el desayuno, cuando se levantó a por más café, apoyó una mano en la parte baja de la espalda. Un gesto rápido, casi imperceptible. Pero yo lo vi.
En la biblioteca, cuando Marcus entró con unos papeles, Damián se giró para cogerlos y su mandíbula se tensó. Solo un segundo. Luego volvió a su expresión habitual.
En el pasillo, cuando León le dio una palmada en el hombro bromeando, Damián se apartó tan rápido que León se quedó con la mano en el aire.
—¿Qué te pasa? —preguntó León.
—Nada.
—No me mientas, hermano, te conozco.
—Que no me pasa nada.
Pero yo, a través del vínculo, sentía algo. No dolor exactamente, sino una molestia constante. Un malestar que iba y venía.
Y entonces caí en la cuenta.
El sofá.
Llevaba semanas durmiendo en ese sofá. Un sofá bonito, sí, de diseño, pero no era una cama. No para un hombre de su tamaño. No noche tras noche.
—Damián —dije por la noche, cuando estábamos en la habitación.
—¿Qué?
—¿Te duele la espalda?
Se quedó quieto. Solo un instante. Pero fue suficiente.
—No.
—Mientes.
—No me duele.
—Te he visto todo el día haciendo muecas. Te he visto cómo te mueves. Te duele la espalda.
—Lola...
—Es por el sofá, ¿verdad? Llevas semanas durmiendo en esa cosa y te está destrozando.
—No es nada.
—¿No es nada? Damián, eres un Alfa, pero también eres humano. Necesitas dormir bien.
—Estoy bien.
—No lo estás.
Se giró hacia mí, con esa expresión de piedra que tanto odiaba.
—¿Y qué quieres que haga? ¿Que me tumbe en la cama contigo?
—Sí.
El silencio cayó como un mazazo.
—¿Qué? —preguntó, como si hubiera oído mal.
—Que sí. Que te tumbes en la cama conmigo.
—Lola...
—No voy a discutir, Damián. No voy a dejar que sigas durmiendo en ese sofá hasta que no puedas moverte. La cama es enorme. Hay sitio de sobra. Tú en un lado, yo en el otro. Sin tocarnos. Sin nada. Solo dormir.
—No es tan sencillo.
—¿Por qué?
—Porque...
Se detuvo. Pasó una mano por su nuca, frustrado.
—Porque no confío en mí mismo —dijo al fin.
—Yo sí confío en ti.
Me miró. Largo. Intenso.
—Eso es un error —murmuró.
—Pues ya tengo muchos. Uno más no importa.
El silencio se alargó.
—Damián —dije, y mi voz sonó más firme de lo que me sentía—. Ven a la cama. No es negociable.
No se movió.
—Ven. Ahora.
Dio un paso. Luego otro. Luego otro.
Llegó al borde de la cama y se quedó ahí, mirándome desde arriba.
—Si me tumbo —dijo—, no respondo de lo que pueda pasar.
—No te estoy pidiendo que respondas de nada. Solo que duermas.
Otro largo silencio.
Y entonces, con un suspiro que pareció sacado de lo más profundo de su ser, Damián se tumbó.
En su lado. En el borde. De espaldas a mí. Rígido como una tabla.
—¿Ves? —dije—. No duele.
—Todavía.
Sonreí en la oscuridad.
—Buenas noches, Damián.
—Buenas noches, Lola.
El vínculo vibró. Calor. Alivio. Y algo más que no supe identificar.
Y por primera vez desde que llegué a la mansión, Damián durmió en una cama.
Conmigo al lado.
(POV Lola - Mañana siguiente)
Desperté con una sensación extraña.
Calor. Peso. Algo rodeándome.
Abrí los ojos lentamente.
Damián estaba a mi lado. De frente a mí. Con un brazo rodeando mi cintura. Dormido.
Su rostro, en reposo, perdía toda la dureza. Parecía más joven. Más vulnerable. Casi... humano.
No me moví.
No quería romper el momento.
Pero el vínculo delató mi despertar. Sus ojos se abrieron de golpe. Me miró. Miró su brazo. Miró la distancia que había entre nosotros, que era ninguna.
Se apartó tan rápido que casi cae de la cama.
—Lo siento —dijo, con voz ronca—. No quería...
—Tranquilo.
—Lola, yo...
—Que tranquilo, Damián. No pasó nada.
Se quedó mirándome. Buscando algo en mi expresión. Mentiras, quizá. Rechazo.
Pero no encontró nada.
—Debería... debería levantarme —dijo.
—Sí. Yo también.
Salimos de la cama casi al mismo tiempo. Él hacia el baño. Yo hacia el armario.
Pero antes de que desapareciera, lo llamé.
—Damián.
Se volvió.
—Esta noche, igual.
No preguntó. Solo asintió.
Y cuando desapareció tras la puerta, no pude evitar sonreír.