Morí siendo una escritora de novelas mediocres…
solo para despertar dentro de la peor de mis historias.
Ahora soy Ciel Rousla, la “princesa tonta”: hermosa, ingenua… y destinada a ser traicionada y devorada por bestias.
En la historia original, confiaba ciegamente en su “amable” hermana, la hija ilegítima que todos adoraban, mientras tres poderosos prometidos la controlaban bajo la excusa de protegerla… hasta abandonarla en su peor momento.
Pero esta vez es diferente.
Yo conozco el final.
Sé quién me manipula.
Sé quién me traicionará.
Y sé que cada sonrisa a mi alrededor… es una mentira.
Ya no seré la princesa ingenua.
Aunque tenga que enfrentar a la “santa”, romper mis propios lazos y cambiar todo lo que escribí…
Voy a sobrevivir en este mundo bestia
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Capítulo 11: Rostros prestados
Ciel había salido del pueblo temprano, cuando la mayoría aún despertaba lentamente entre puestos y ruido suave de mercado. No tenía prisa. Tampoco estaba relajada del todo. Había aprendido que incluso los momentos tranquilos en ese mundo podían cambiar en segundos.
Caminó entre las calles sin levantar sospechas. Compró pan en un puesto pequeño y café en una posada sencilla. La gente la miraba de formas distintas: algunos con amabilidad sin razones, otros con desconfianza leve, otros simplemente con indiferencia. Eso le resultaba más útil que cualquier protocolo del palacio. Aquí las personas no fingían tanto… pero tampoco confiaban fácil.
Se detuvo un momento frente a una mesa y observó cómo la vida del pueblo fluía sin detenerse. Todo era directo. Trabajo, comida, intercambio, supervivencia. Sin adornos. Sin máscaras oficiales. Eso le decía más del imperio que cualquier informe.
Pero no había venido solo a observar lo visible.
Después de caminar lo suficiente, tomó un desvío hacia una zona menos transitada. Las calles se estrechaban, el ruido cambiaba, la atmósfera se volvía más controlada. Nadie anunciaba ese lugar. Simplemente se encontraba si uno sabía buscarlo.
Una puerta sin marca visible marcaba la entrada.
Dentro, el ambiente era distinto. Más silencioso. Más vigilado. Personas que no miraban demasiado tiempo a los demás, y transacciones que no necesitaban explicaciones largas.
Ciel avanzó sin mostrar duda. No era su primera vez en un sitio así.
Se detuvo frente a un mostrador donde pequeñas piezas brillaban bajo una luz tenue. Entre ellas, una joya llamó su atención. No era ostentosa. No era decorativa en el sentido común. Era funcional.
El vendedor no explicó demasiado.
Solo dijo lo suficiente para que ella entendiera.
Cambiar el rostro. Alterar la percepción. Pasar desapercibida incluso entre ojos entrenados.
No era permanente. Pero sí útil.
Ciel la observó un momento más.
No preguntó nada innecesario.
Pagó con la condición correcta: acceso, no solo dinero. Algo que en ese tipo de lugares valía más.
Salió del mercado sin mirar atrás.
No se detuvo hasta llegar a un callejón vacío donde nadie pudiera verla con claridad.
Activó la joya.
El cambio fue sutil al principio, como si el aire alrededor se ajustara. Luego su reflejo dejó de coincidir completamente con lo que era. No era otra persona, pero sí lo bastante distinta como para pasar desapercibida.
—“…suficiente.”
No sonrió. No dudó. Solo lo aceptó como herramienta.
Regresó a la posada más tarde, cuando el movimiento del pueblo había cambiado ligeramente. Subió las escaleras sin prisa y entró al pasillo donde se encontraba su habitación.
Pero no estaba sola.
Un hombre estaba allí.
De pie. Quieto. Sin postura agresiva, pero tampoco relajada.
Su presencia no era común. No parecía un civil cualquiera, ni un noble disfrazado. Era alguien acostumbrado a observar antes de actuar.
Sus ojos se movieron hacia ella apenas apareció.
No hubo sorpresa exagerada. Solo reconocimiento silencioso de algo que no encajaba del todo.
—No eres de aquí.
No fue pregunta.
Ciel se detuvo frente a él.
Lo miró con calma.
—Depende de lo que consideres “aquí”.
El hombre la observó un poco más, como si evaluara su forma de caminar, su postura, incluso su manera de detenerse.
—No caminas como alguien del pueblo.
Pausa.
—Ni como alguien común del palacio.
Ciel no respondió de inmediato. Lo analizó de vuelta. No era alguien que hablara por hablar. Tampoco alguien fácil de ignorar.
—Y tú no preguntas como alguien curioso.
El silencio entre ambos duró un instante más de lo normal.
—La curiosidad es innecesaria en mi posición.
—Entonces es peor de lo que pensaba.
No hubo tensión visible, pero sí una especie de reconocimiento mutuo sin nombre.
Ciel giró apenas hacia la puerta de su habitación.
—No estás en posición de hacer más preguntas.
—No las necesito.
El hombre no se movió para detenerla.
Solo la siguió con la mirada mientras ella entraba y cerraba la puerta detrás de sí.
Dentro, el silencio era diferente.
Más cerrado.
Más consciente.
Se quedó unos segundos quieta, sintiendo el peso de lo que acababa de pasar.
No sabía exactamente quién era ese hombre.
Pero sabía lo suficiente.
No era alguien que se cruzara por accidente.
Y eso significaba que incluso en un lugar sin títulos, el mundo seguía observándola.