En la ciudad prohibida, las reglas no solo están escritas en piedra, sino también en el corazón de un hombre que juró nunca amar.
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Epílogo: El Legado del Fénix
Cinco años después
La luz de la mañana sobre el skyline de Beijing ya no era la misma que hace media década. Entre los bloques monolíticos de oficinas y los centros comerciales, ahora serpenteaban "Los Caminos de Seda Verdes", una red de parques elevados y centros comunitarios que Mei Ling había diseñado y Li Wei había financiado, desafiando a todos los detractores de la industria.
Mei Ling caminaba por el jardín del ático de la Torre Li, que ahora era su oficina principal. A sus treinta y tres años, se había convertido en la arquitecta más influyente de Asia, ganadora del premio Pritzker y un icono para las jóvenes diseñadoras de todo el mundo. Pero para ella, su mayor logro no estaba en los trofeos, sino en el pequeño ser que corría por el césped sintético persiguiendo a un robot de limpieza.
—¡Papá! ¡Mira! —gritó el pequeño Lian, de cuatro años, señalando hacia el horizonte.
Li Wei salió de la oficina acristalada, con la camisa sin corbata y las mangas remangadas. Se agachó para alzar a su hijo, que tenía los mismos ojos decididos de Mei Ling y la mandíbula firme de los Li.
—¿Qué ves, pequeño dragón? —preguntó Li Wei, besando la mejilla del niño.
—El ala está brillando —dijo Lian, señalando la punta de la Torre Li, donde el titanio reflejaba el sol matutino.
Mei Ling se acercó a ellos, rodeando a ambos con sus brazos.
—Brilla porque cuida de nosotros, Lian —dijo ella suavemente—. Es el lugar donde papá y mamá aprendieron que lo más importante en la vida no es lo alto que llegues, sino quién te sostiene cuando el viento sopla fuerte.
Li Wei miró a su esposa, y en sus ojos todavía ardía la misma chispa de admiración que el primer día que la vio desafiar su autoridad.
—Zhang Bo dice que la fase diez de los Caminos Verdes se ha completado antes de lo previsto —comentó él—. Quiere que vayamos a la inauguración esta tarde.
—Bo siempre ha sido un impaciente —rio Mei—. Pero sí, iremos. Quiero que Lian vea lo que ocurre cuando la gente trabaja unida para mejorar su ciudad.
Li Wei bajó al niño, que volvió a sus juegos, y tomó las manos de Mei Ling.
—A veces me pregunto qué habría sido de mí si ese día hubiera aceptado tu renuncia.
—Seguirías siendo el hombre más rico de China —dijo ella, bromeando—, pero estarías muy aburrido. Probablemente estarías casado con Lin Shao, discutiendo sobre el precio de las acciones en lugar de jugar con robots de limpieza en un jardín flotante.
Li Wei hizo una mueca de horror fingido.
—Me salvaste de un destino peor que la muerte, Mei. Me devolviste la capacidad de sentir.
Caminaron hacia el borde del jardín, donde una barandilla de cristal casi invisible los separaba del abismo. Desde allí, podían ver toda la ciudad. Beijing había crecido, cambiado y evolucionado, pero la Torre Li seguía siendo su centro emocional.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de este edificio ahora? —preguntó Mei Ling, apoyando la cabeza en el hombro de su marido.
—¿El sistema de filtración de aire que diseñaste? ¿O que usamos energía 100% renovable?
—No —dijo ella, cerrando los ojos—. Me gusta que ya no es "prohibido". Se ha convertido en un lugar para todos. La gente viene aquí a casarse, a estudiar, a soñar. Ya no es una fortaleza de poder, es un puente hacia el cielo.
Li Wei la abrazó por la espalda, sintiendo la calidez de su cuerpo contra el suyo.
—Como nosotros, Mei. Dejamos de ser dos fortalezas aisladas para convertirnos en un puente.
El teléfono de Li Wei vibró. Era una notificación del mercado global, pero por primera vez en su vida, no la miró. Lo apagó y lo guardó en el bolsillo. Su verdadera riqueza estaba allí, en ese jardín a trescientos metros de altura, rodeado de la mujer que amaba y del futuro que habían construido juntos.
El sol terminó de subir, iluminando cada rincón de la capital. Las sombras del pasado —la arrogancia de Li Wei, las dudas de Mei Ling, la traición de Wu y la envidia de Chen Hui— se habían disuelto en la luz de un nuevo día.
—¿Lista para el próximo proyecto? —preguntó Li Wei con una sonrisa desafiante.
—Siempre —respondió Mei Ling, mirándolo con una determinación inquebrantable—. Pero primero, vamos a desayunar con nuestro hijo. El futuro puede esperar una hora más.
Bajaron juntos, dejando atrás la cima del rascacielos, pero llevando consigo la altura de sus sueños. En la gran metrópolis de Beijing, donde millones de historias se cruzaban cada segundo, la de Mei Ling y Li Wei se alzaba como el Ala del Fénix: eterna, resiliente y, sobre todo, libre.
El Dragón y el Fénix ya no luchaban por el territorio; ahora, compartían el mismo cielo. Y bajo sus alas, una ciudad entera aprendía a soñar de nuevo.
FIN