Valeria sobrevive a un matrimonio gélido refugiándose en un cuarto secreto, donde plasma en lienzos los sueños húmedos que tiene con un hombre desconocido que la adora. Tras descubrir la cínica traición de su esposo, el dolor se transforma en una sed de venganza diseñada con la precisión de una obra de arte. En esta batalla por su amor propio, la línea entre la fantasía y la realidad se rompe cuando el hombre de sus pinturas aparece frente a ella, desatando un deseo prohibido que podría ser su salvación o su ruina.
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la máscara del arrepentimiento
Capítulo 24:
El sol entró por la ventana del cuarto de visitas, pero Julián ya estaba despierto. No había dormido mucho, repasando en su cabeza cada palabra que le diría a Valeria. Sabía que esta era su actuación más importante. Se levantó, se lavó la cara con agua fría y se miró al espejo. Tenía que verse derrotado, triste, como un hombre que acaba de perder el rumbo. Bajó las escaleras despacio, buscando a Valeria.
La encontró en el comedor, tomando un café a solas. El silencio en la mansión era pesado. Valeria levantó la vista y sus ojos eran como dos cristales fríos; ya no había ni rastro del amor que alguna vez le tuvo.
—Pensé que ya estarías empacando —dijo ella, dejando la taza sobre la mesa con un golpe seco.
Julián soltó un suspiro largo y se sentó frente a ella, dejando caer los hombros.
—Valeria, por favor, escúchame. Sé que he cometido errores y que estás herida, pero no tengo a dónde ir de un momento a otro. Todas nuestras cuentas, mis cosas, mi vida entera está aquí. Te pido que seas humana por un momento. Solo necesito tres semanas. Tres semanas para organizar mis papeles, buscar un departamento y aceptar que esto se acabó.
Valeria lo miró fijamente, tratando de encontrar la mentira en sus ojos.
—Tres semanas y ni un día más, Julián. Y quiero que sepas que dormiremos en cuartos separados. No quiero que me hables si no es necesario.
—Gracias, de verdad gracias —respondió él, fingiendo una voz quebrada. Por dentro, Julián estaba celebrando. El primer paso estaba dado.
A media tarde, Valeria se vio con Adrián en un parque pequeño para desahogarse. Cuando ella le contó, con un poco de culpa, que le había dado tres semanas a Julián porque lo vio muy acabado, a Adrián se le encendieron todas las alarmas. La vida le había enseñado a golpes que no se debe confiar en nadie, y menos en alguien como Julián.
Adrián sintió una rabia contenida, pero no le dijo nada a ella. No quería quitarle la poca paz que sentía ni que ella pensara que él era un hombre controlador. Se limitó a darle un beso en la frente y a decirle que todo estaría bien, pero por dentro su mente ya estaba trazando una estrategia de guerra.
En cuanto se despidieron, Adrián cambió el semblante. Se subió a su auto y manejó directo a su empresa, con las manos apretando el volante con fuerza. Entró al edificio con la seguridad de un CEO que no permite errores, subió por el ascensor y al llegar a su piso le pidió a la secretaria que le llevara un café de inmediato.
Llamó a su asistente y le entregó órdenes que no admitían dudas.
—Quiero que investigues a fondo a Beatriz y a Julián —le dijo Adrián con tono firme—. Quiero saber qué hacen hasta cuando comen. Y ponle guardias en secreto a Valeria; quiero que sean los mejores, que la cuiden sin que ella se dé cuenta de nada. No quiero que ella sepa que estoy haciendo esto.
Luego le preguntó al asistente qué había para el día. El hombre le entregó el informe de las juntas y reuniones pendientes. Adrián pasó el resto del día metido en su oficina, saltando de una junta a otra, pero con la mente puesta en ese escudo invisible que acababa de levantar alrededor de Valeria.
Mientras tanto, en la mansión, Julián aprovechaba la soledad. Subió al despacho y, con mucho cuidado, escondió una carpeta con los documentos falsos del fraude ruso entre los archivos personales de Valeria. Si lograba que el contador descubriera eso, Valeria pasaría de la mansión a una celda en cuestión de días.
Al caer la noche, Julián regresó al hotel para verse con Beatriz. Le contó que ya tenía permiso para quedarse y que las pruebas estaban en su lugar.
—Todo va bien, pero no te confíes —le dijo Beatriz—. Si el fraude no funciona, tenemos que estar listos para el plan del accidente.
Julián volvió a la mansión tarde. Vio luz en el cuarto de visitas donde dormía Valeria y sintió un odio frío. No sabía que afuera, los hombres que Adrián había contratado ya lo estaban vigilando desde las sombras, informando cada uno de sus movimientos. Julián creía que tenía el control, pero Adrián ya había empezado a jugar sus propias cartas en el más absoluto silencio.