En el antiguo continente de Aethelgard, las estaciones no son ciclos naturales, sino deidades malditas que caminan sobre la tierra. Caelum, el Señor del Invierno, ha sumido al Reino del Sol en una era de hielo perpetuo debido a una antigua traición. La única forma de apaciguar su furia y evitar que la humanidad muera de frío es el "Pacto del Bisiesto": entregarle a una mortal nacida bajo la luz del solsticio para que viva con él en su Fortaleza de Escarcha durante exactamente 367 días. Si ella sobrevive sin perder la cordura o el corazón, la primavera regresará.
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Cap 13
Narrado por: Caelum
—Señor. Actividad en el cuadrante norte. La Puerta Ciega.
Me detuve, clavando la mirada en el abismo blanco que se extendía bajo la muralla. La Puerta Ciega era una entrada de servicio, sellada con seiscientas toneladas de escarcha desde la Primera Era. Nadie usaba esa puerta.
—¿Cuántos? —pregunté, mi voz cortando el aullido del viento.
—Tres firmas de calor humano, Señor. Dos de ellas irradian magia de la Primavera de alto nivel. La tercera firma es débil. Mortecina. Pero no es un soldado de Elian. Lleva el blasón del jabalí de plata.
El blasón de Aethelgard.
—Un mensajero de los mortales escoltado por magos del sur —dije, materializando mis guanteletes de hielo—. Elian está jugando a la política antes del asedio. ¿Aura sigue en las forjas inferiores?
—Sí, Señor. Ha sellado las puertas de la fragua. Está intentando fundir escamas del Engendro. No escucha nada del exterior.
—Que siga así. Si una sola palabra de esto llega a sus oídos, Custodio, te disiparé hasta convertirte en rocío.
Salté desde lo alto de la muralla.
Caí en picado cien metros por la ladera de la fortaleza. Un segundo antes de estrellarme contra el suelo nevado, invoqué una rampa de escarcha lisa bajo mis botas y me deslicé a una velocidad vertiginosa hasta aterrizar sin hacer ruido frente a la inmensa pared lisa de la Puerta Ciega.
A cincuenta pasos de distancia, emergieron de la ventisca.
Eran dos hombres altos, envueltos en túnicas de un verde antinatural que repelían la nieve antes de que los tocara. Entre ellos, arrastraban a un tercer hombre. Llevaba una armadura de cuero abolida, los colores grises y plateados de Aethelgard rasgados, y estaba temblando violentamente. Su rostro estaba amoratado por el frío.
Reconocí al mortal al instante. Lord Vane, el Consejero Principal del Rey de Aethelgard. El hombre que, semanas atrás, me había entregado a Aura en la frontera.
Pero Vane no estaba simplemente atado. Una gruesa liana de savia hirviente, brillante y palpitante, le rodeaba el cuello como un collar de esclavo, y los extremos de la liana desaparecían bajo las mangas de los dos magos de la Primavera.
—¡Dios del Invierno! —gritó el mago de la derecha, su voz resonando con una arrogancia insoportable—. ¡Traemos un mensaje del Príncipe Elian, Heredero del Verano y próximo Señor de esta fortaleza!
Caminé hacia ellos con pasos lentos y medidos. El hielo crujía bajo mis botas.
—Estáis invadiendo mi propiedad, parásitos —respondí, mi voz plana y exenta de cualquier tono negociador—. Soltad al mortal y volved por donde vinisteis, u os usaré como abono para los pinos de piedra.
El mago de la izquierda rió y tiró de la liana. Vane cayó de rodillas en la nieve, soltando un grito ronco. La savia verde del collar siseó, quemándole la piel del cuello.
—Nosotros no recibimos órdenes de una reliquia congelada —escupió el mago—. Escucha con atención. El Príncipe Elian tiene su vanguardia estacionada a dos días de la capital de Aethelgard. Si no abres las puertas principales de este palacio al amanecer del séptimo día, y si no entregas a la Sacrificada, el Príncipe quemará la ciudad humana hasta los cimientos. Empezará por el Rey y la Reina.
Lord Vane levantó la cabeza. Sus ojos estaban inyectados en sangre.
—¡Caelum! —graznó el anciano diplomático, tosiendo vapor—. ¡No la entregues! ¡Es una trampa! Tienen la... la espada...
El mago de la derecha pateó a Vane en las costillas, obligándolo a guardar silencio.
—El Rey de Aethelgard envió a su perro consejero para suplicarte piedad, Dios de Hielo —continuó el primer mago, sonriendo con desdén—. Ríndete. Danos a la chica. O el linaje que juraste proteger arderá bajo nuestro sol.
Miré a Vane. Si Aura se enteraba de que su padre y su hogar estaban a punto de ser incinerados por el ejército de Elian, su concentración se haría pedazos. El fuego que llevaba dentro la consumiría por la pura desesperación. Elian sabía exactamente cómo presionar la psicología de una mortal.
—Elian comete un error táctico —dije, acercándome a diez pasos de distancia—. Cree que Aethelgard me importa.
Los magos fruncieron el ceño.
—El Pacto te obliga a protegerlos —replicó el de la izquierda, dudando por primera vez.
—El Pacto me obliga a mantener el invierno contenido. Los mortales son solo la moneda de cambio —levanté la mano derecha lentamente—. Y yo no acepto devoluciones.
—¡Si das un paso más, le arrancamos la cabeza! —gritó el mago, tensando la liana verde. La savia quemó la garganta de Vane, quien empezó a asfixiarse.
No di un paso más. No lo necesitaba.
Chasqueé los dedos de mi mano izquierda.
El suelo debajo de las botas de los magos no se congeló; ya estaba congelado. Lo que hice fue invertir la temperatura de su propia sangre desde los talones hasta el cráneo.
No hubo tiempo para que gritaran. No hubo tiempo para que lanzaran un conjuro. Sus ojos se abrieron desmesuradamente cuando el agua de sus cuerpos se cristalizó en menos de un segundo. La piel se volvió de un azul enfermizo y luego de un blanco puro. Las lianas de savia verde cayeron a la nieve, muertas al cortarse la conexión con sus dueños.
Los dos magos de la Primavera se quedaron allí, petrificados como estatuas de hielo opaco.
Me acerqué a ellos. Con el dorso de mi guantelete, golpeé ligeramente el pecho del mago de la izquierda.
La estatua vibró, emitió un sonido agudo y estalló en mil millones de fragmentos de hielo rojo y blanco, desparramándose por la nieve. Hice lo mismo con el segundo mago.
Me arrodillé junto a Lord Vane. El anciano tosió violentamente, agarrándose el cuello quemado. La ventisca lo estaba matando por minutos.
—Mi señor... —susurró Vane, mirándome con puro terror, las pestañas cubiertas de escarcha—. Aura... ¿mi Aura está a salvo?
—Aura vive. Y está a salvo dentro de los muros —dije fríamente, evaluando sus heridas—. Pero tú no puedes entrar, Vane.
El diplomático me miró, confundido y desesperado.
—Por favor... el frío me está matando. Necesito verla. Necesito advertirle que Elian tiene infiltrados en la corte del Rey. ¡Mi familia... su familia!
Agarré la liana muerta que aún rodeaba su cuello. La arranqué de un tirón. Debajo de la quemadura, las venas del cuello de Vane brillaban con un tenue color esmeralda. Elian no solo lo había encadenado; lo había infectado.
—Te han plantado una Semilla de Fuego Forestal en el torrente sanguíneo —dije, soltando el cuello del anciano y poniéndome en pie—. Si cruzas el umbral de mi palacio, el calor residual de los cimientos activará la semilla. Explotarás desde adentro, destruyendo el Ala Oeste y matando a Aura en el proceso. Eres una bomba ambulante, embajador.
Vane se llevó las manos al cuello, sus ojos llenándose de lágrimas que se congelaban antes de caer. Comprendió su destino al instante.
—Oh, dioses... —sollozó el anciano, encogiéndose en la nieve—. Me usaron de caballo de Troya. Yo solo quería salvarla... mátame, entonces. Mátame, Caelum. No dejes que la lastime.
Miré al mortal. Era un hombre roto, dispuesto a morir en el hielo para no dañar a su princesa. Era exactamente el tipo de sacrificio inútil que me repugnaba de la humanidad.
El Custodio se materializó a mi lado.
—Señor. Si lo mata, Aura lo sabrá. El vínculo familiar deja un rastro mágico. Si su padre adoptivo muere en nuestras puertas, ella sentirá el corte en su alma. Su fuego se descontrolará en la fragua.
Apreté la mandíbula. El Custodio tenía razón.
—No voy a matarte, Vane —dije, extendiendo mis dos manos hacia él.
El consejero cerró los ojos y bajó la cabeza, aceptando su destino.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó el Custodio, alarmado.
—Pausarlo —respondí.
Canalicé la magia del Cero Absoluto no para destruir, sino para preservar. Un rayo de luz azul pálido salió de mis palmas y envolvió al anciano. La nieve a su alrededor se detuvo en el aire. Vane no sintió dolor. Su respiración se hizo más y más lenta, hasta detenerse por completo. Su corazón dio un último latido antes de que el hielo lo cubriera por completo, encerrándolo en un bloque de cristal transparente, perfectamente conservado en éxtasis.
La infección verde en su cuello dejó de brillar. Congelada en el tiempo.
Me acerqué al bloque de hielo. Vane parecía estar simplemente dormido bajo el cristal.
—Abre la Bóveda del Letargo en el subsuelo norte —le ordené al Custodio, rozando la superficie lisa del bloque con la yema de los dedos—. Oculta este bloque junto a las reliquias de la Primera Era. Bórralo de los registros arquitectónicos.
—Señor... si Aura descubre que congeló a su figura paterna y lo escondió en el sótano...
—No lo descubrirá. Y cuando yo acabe con Elian de la Primavera, sacaré a este anciano y lo descongelaré para que vuelva a su hogar —me giré bruscamente, dando la espalda al bloque—. Y si muero en la guerra, el hielo se derretirá solo y él será libre de todos modos.
—¿Y qué hay de la amenaza de Elian a la capital de Aethelgard? —insistió el Custodio mientras el bloque de Vane comenzaba a hundirse mágicamente en la nieve, absorbido por las defensas del castillo para ser transportado a las bóvedas—. Si quemarán la ciudad...
—Elian necesita su ejército aquí, no en el sur. Es una táctica de intimidación —miré hacia el horizonte oscurecido por la tormenta—. Pero por si acaso... envía a tres Sombras de Élite hacia Aethelgard. Que viajen por las nubes. Si ven a las tropas de la Primavera acercarse al palacio del Rey, que desaten una tormenta de granizo sobre ellos que no deje un solo cráneo intacto.
—Como ordene, Señor.
El bloque desapareció por completo bajo la nieve, sin dejar rastro de que el mensajero alguna vez hubiera estado allí. La Puerta Ciega volvía a ser solo un muro inerte de hielo.
Caminé hacia la base de la muralla y salté, propulsado por una columna de aire gélido, regresando a la cima del parapeto en un segundo.
Aura estaba bajo mis pies, moldeando armas en el fuego, creyendo que el mundo exterior aún estaba a días de distancia. Yo me encargaría de que la sangre y el chantaje nunca mancharan sus manos. Yo cargaría con los cadáveres de esta guerra. Ese era mi maldito trabajo.
—Custodio —dije, sin apartar la vista del sur.
—¿Sí, Señor?
—Dile a la Vanguardia que afile sus armas. Ya no vamos a esperar a que lleguen a la puerta. Mañana, cruzamos el Velo. Vamos a cazar.