En la ciudad prohibida, las reglas no solo están escritas en piedra, sino también en el corazón de un hombre que juró nunca amar.
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Capítulo 08: La Mirada del Dragón
El Gran Salón del Hotel Peninsula parecía haberse congelado, aunque la música seguía fluyendo como seda líquida. Mei Ling sentía que el resto de los invitados eran solo manchas borrosas de color y ruido en la periferia de su visión. Toda su existencia se había reducido al punto de contacto entre su mano y la de Li Wei, y a la presión de su brazo rodeándole la cintura. Estaban bailando, pero aquello no se sentía como un baile; era una negociación, una confesión y un desafío, todo envuelto en el ritmo de un vals que latía al compás de sus corazones.
Li Wei la guiaba con una seguridad asombrosa. Sus movimientos eran fluidos, carentes de la rigidez que Mei Ling habría esperado de un hombre tan controlado. Cada giro los acercaba más, haciendo que el roce de sus cuerpos fuera inevitable. El aroma de Li Wei —sándalo, cuero y ese matiz metálico del éxito— la envolvía, nublando su juicio y recordándole por qué había pasado las últimas tres noches soñando con este momento, incluso mientras se decía a sí misma que lo odiaba.
—Baila usted muy bien para ser alguien que vive entre hormigón y vigas de acero —susurró Mei Ling, tratando de recuperar algo de su sarcasmo defensivo. Su voz sonaba más trémula de lo que pretendía.
Li Wei bajó la cabeza, su mirada de dragón clavada en la de ella. Era una mirada que parecía quemar todas las capas de su vestido esmeralda hasta llegar a sus pensamientos más íntimos.
—La arquitectura es música congelada, Mei Ling. ¿No fue eso lo que dijo Goethe? Yo solo estoy descongelando un poco las notas. Además, me enseñaron que un líder debe dominar todas las formas de movimiento, incluso las que parecen superficiales.
—¿Incluso las que le asustan? —preguntó ella, desafiante—. El otro día dijo que lo personal era ruido. Aquí hay mucho ruido, Li Wei. Todos nos están mirando.
Era cierto. Mei Ling podía sentir los cuchicheos en las mesas circundantes. Los fotógrafos de la prensa económica y de sociedad estaban captando cada ángulo de la pareja. El CEO de Li Corp, el hombre más esquivo de Beijing, no solo estaba bailando, sino que lo hacía con la arquitecta rebelde que había puesto patas arriba su junta directiva. Era el escándalo —o el romance— de la temporada.
—Que miren —respondió él con una indiferencia gélida que solo aplicaba al mundo exterior—. Mañana las acciones de mi empresa podrían subir o bajar por este baile, pero en este momento, no me importa. Solo me importa que usted está aquí, y que todavía no ha huido.
—No soy de las que huyen —replicó ella, aunque por dentro sentía que sus piernas flaqueaban—. Pero tampoco soy de las que se dejan atrapar en una red de oro.
En ese momento, el giro del baile los llevó cerca de donde Chen Hui conversaba con un grupo de inversores. El competidor de Li Wei no quitaba los ojos de ellos. Su sonrisa era un tajo de malicia en su rostro pálido. Chen levantó su copa hacia Li Wei en un gesto que era mitad saludo y mitad amenaza.
Mei Ling sintió que Li Wei se tensaba bajo el tejido de su esmoquin. Sus dedos presionaron un poco más su cintura, un gesto posesivo que ella debería haber rechazado, pero que en cambio la hizo sentir extrañamente protegida.
—Chen Hui es un buitre —murmuró Li Wei, sus ojos destellando con una hostilidad contenida—. Está esperando que cometa un error. Cree que usted es mi talón de Aquiles.
—¿Y lo soy? —la pregunta escapó de los labios de Mei Ling antes de que pudiera filtrarla.
Li Wei detuvo el movimiento del baile justo en el centro de la pista, ignorando las miradas de los demás. La música seguía, pero ellos se habían convertido en una isla de quietud. Él la observó con una intensidad que la hizo sentir desnuda.
—Usted es mucho más que eso, Mei Ling. Es la primera persona en diez años que me hace sentir que el aire en esta ciudad no es suficiente. Y eso es mucho más peligroso que un error de cálculo.
El aire entre ellos se volvió eléctrico. Mei Ling pudo ver la lucha interna en el rostro de Li Wei; el conflicto entre el hombre que debía ser el pilar de un imperio y el hombre que simplemente quería perderse en el verde de sus ojos. La vulnerabilidad que había asomado en el ático la noche de la tormenta volvía a emerger, pero esta vez estaba cargada de una determinación que la asustaba.
—Li Wei, no podemos hacer esto aquí —susurró ella, consciente de que estaban a punto de cruzar una línea de la que no habría retorno.
—Tiene razón —dijo él, su voz volviéndose ronca—. No aquí. Vámonos.
—¿Irsenos? La gala apenas ha empezado. Su discurso de clausura es en una hora. Bo me matará si desaparezco ahora, y su junta directiva...
—Que mi junta aprenda a esperar —la interrumpió él, soltándole la mano solo para tomarla con firmeza por la muñeca—. He pasado toda mi vida haciendo lo que se esperaba de mí. Esta noche, por una vez, voy a hacer lo que necesito.
Sin dar tiempo a réplicas, Li Wei la guió fuera de la pista de baile. Caminaba con una autoridad tal que nadie se atrevió a detenerlos. Cruzaron el Gran Salón como una exhalación esmeralda y negra. Mei Ling veía las caras de sorpresa, los flashes de las cámaras capturando su huida, y el rostro lívido de Chen Hui al fondo.
Llegaron al vestíbulo del hotel, donde el aire acondicionado golpeó la piel de Mei Ling, haciéndola temblar. El portero, al ver a Li Wei, hizo una señal inmediata. En menos de treinta segundos, un Bentley negro satinado se detuvo frente a la alfombra roja.
—¿A dónde vamos? —preguntó Mei Ling mientras Li Wei le abría la puerta del coche.
—A un lugar donde la arquitectura no tenga que pedir permiso para ser hermosa —respondió él, entrando tras ella.
El coche arrancó con un susurro potente, dejando atrás el brillo artificial del hotel y las expectativas de la alta sociedad de Beijing. Dentro del vehículo, la penumbra y el silencio crearon una nueva atmósfera, una más íntima y cargada. Mei Ling miró por la ventana cómo las luces de la ciudad se convertían en líneas borrosas. Se sentía como si estuviera en un sueño, o quizás en el inicio de una pesadilla maravillosamente diseñada.
—Li Wei —dijo ella después de unos minutos de silencio—, ¿qué estamos haciendo realmente?
Él se giró hacia ella. Su rostro estaba parcialmente en sombras, pero sus ojos brillaban con la misma luz que ella había visto en sus planos: una mezcla de visión y deseo absoluto.
—Estamos dejando de fingir que este proyecto es lo único que nos une, Mei Ling. Estamos dándonos la oportunidad de ver qué hay bajo los cimientos antes de construir el resto.
Ella asintió lentamente, dejándose caer en los asientos de cuero. Por primera vez en su vida, la arquitecta que siempre lo planeaba todo, que siempre medía cada ángulo y cada riesgo, decidió cerrar los ojos y dejar que otra persona manejara el curso de la noche. Sabía que estaba entrando en la mirada del dragón, y que una vez dentro, nada volvería a ser igual.