"De Colmillos a Cachetes:El olvido es un lugar curiosamente frío. No hay fuego eterno, ni torturas épicas con látigos de sombras; solo hay una nada grisácea que te va borrando los recuerdos como si fueras un dibujo mal hecho en una pizarra.
Yo, Sofía von Bloodrose, la "Dama de las Sombras de Astris", la vampira que hizo llorar a emperadores y que usó el corazón de más de un caballero como juguete para gatos, no iba a permitir que me borraran. No así.
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capítulo 16
El cierre de la Caza Real no iba a ser recordado por los ciervos capturados, sino por ser el momento en que la dignidad de la corona de Ondaria y la cordura de Sofía von Bloodrose decidieron tomarse unas vacaciones simultáneas.
La gran carpa banquete bullía de actividad. Isabella, vestida con un atuendo carmesí que gritaba "estoy disponible para el trono y para el pecado", observaba a Elías desde el otro extremo de la mesa larga. Tenía un plan. Un plan líquido, dorado y extremadamente potente.
—Un brindis, Majestad —dijo Isabella, haciendo una señal a un sirviente que portaba una copa de cristal tallado—. Por el éxito de su reinado y por... las pasiones que aún están por despertar.
Lo que Elías no sabía era que esa copa contenía un extracto de "Raíz de Lujuria", una pócima prohibida capaz de hacer que un monje de clausura intentara flirtear con una columna de mármol. Pero el destino, ese guionista con un sentido del humor retorcido, tenía otros planes.
Elías dejó la copa sobre la mesa un momento para ajustar su capa. Sofía, que seguía en su régimen estricto y tenía la garganta más seca que el desierto del Sahara, vio el líquido.
—*¡Squeak!* (¡Al diablo la dieta! ¡Un sorbo de jugo no me hará una vieja gorda!) —pensó la hámster, lanzándose desde el hombro del Rey hacia el borde de la copa.
Sofía metió la cabeza y bebió con desesperación. Una gota. Dos gotas. Tres gotas.
De repente, el mundo cambió para Sofía. El rostro de Elías, que antes le parecía el de un rubio amargado y distante, empezó a brillar con una luz celestial. Sus dedos, esos que ella solía morder por despecho, ahora le parecían los objetos más eróticos y deseables de la creación.
—*¡SQUEAK!* (¡Oh, por los dioses! ¡Pero qué hombre! ¡Qué mandíbula! ¡Qué aroma a sándalo y autoridad!)
Sofía saltó fuera de la copa. No caminaba, desfilaba. Sus ojos negros brillaban con una intensidad lujuriosa que el Capitán Pico Dorado notó de inmediato desde lo alto de una lámpara.
—**"¡Alarma roja! ¡La hámster ha bebido gasolina! ¡El amor está en el aire y huele a roedor confundido! ¡Huyan por sus vidas!"** —chilló el ave, batiendo las alas con pavor.
Elías, totalmente ignorante de la intoxicación de su mascota, estiró la mano para recoger una servilleta. Sofía vio el dedo índice del Rey y, en su mente nublada por el afrodisíaco, vio un tubo de pole-dance en una pasarela de élite.
Con una agilidad que desafiaba las leyes de la física, Sofía se lanzó sobre el dedo de Elías. Se enganchó a él con las cuatro patas y empezó a girar lentamente, frotando su lomo contra la piel del Rey con una expresión de éxtasis absoluto.
—*¡Squeak-squeak-la-lá!* (¡Mira cómo me muevo para ti, mi Rey de Hielo! ¡Soy tu pequeña diva de pelaje naranja!)
—¿Pero qué...? —Elías se quedó petrificado, con el dedo en el aire. Miró a Sofía, que ahora estaba haciendo un "giro invertido" alrededor de su pulgar, moviendo las caderas (o lo que sea que tengan los hámsters ahí atrás) con una cadencia rítmica y provocadora.
—Pelusa, suéltame ahora mismo —dijo Elías, tratando de mantener su habitual tono glacial, aunque una ceja le temblaba de puro desconcierto.
Sofía no solo no lo soltó, sino que intensificó el ataque. Se deslizó por su mano hacia la muñeca, frotando sus mejillas contra el pulso del Rey y emitiendo unos ruiditos que, de haber sido humanos, habrían sido suspiros de una alcoba francesa.
Isabella observaba la escena con la boca abierta. Su pócima, diseñada para convertir a Elías en un amante desenfrenado, estaba siendo desperdiciada en un roedor que ahora intentaba "seducir" la manga de la chaqueta del Rey.
—Majestad... ¿se encuentra bien su mascota? —preguntó Isabella, con la voz cargada de veneno y decepción.
—Está... teniendo un episodio —respondió Elías, cuya cara estaba empezando a ponerse de un tono rojo muy poco regio—. Probablemente sea el aire del bosque.
Intentó dejar a Sofía sobre la mesa, pero ella se aferró a sus dedos como si le fuera la vida en ello. Cada vez que Elías intentaba separarla, Sofía le lanzaba miradas lánguidas y le lamía los nudillos con una devoción perturbadora. Incluso empezó a usar su pequeña espada de acero de Damasco, no para atacar, sino para "hacerse la interesante", posando como una modelo de calendario de guerreras mientras se frotaba contra el anillo del sello real.
—*¡Squeak!* (¡No me ignores, rubio! ¡Mira esta curva! ¡Mira este pelaje recién peinado! ¡Soy la vampiresa de tus sueños en formato compacto!)
Elías, fiel a su naturaleza de témpano, decidió ignorar el comportamiento lascivo de su mascota. Con una mano, la levantó y la miró fijamente a los ojos, aplicando su mirada más aterradora y autoritaria.
—Pelusa. Detente. Estás dando un espectáculo degradante. Compórtate como una dama o te juro que te meteré en un cubo de agua helada —sentenció Elías, manteniendo una rigidez absoluta mientras Sofía intentaba usar su otra mano para hacerse un masaje en la barriga.
En el Reino de los Cielos, el estanque de visión estaba a punto de desbordarse por las carcajadas de los Dioses.
—¡Es lo más divertido que he visto en milenios! —gritaba el Dios del Caos—. ¡El afrodisíaco de Isabella ha creado a la hámster más "sexy" del universo! ¡Miren cómo usa el dedo del Rey como si fuera una barra de club nocturno!
—Pobrecita —decía la Diosa de la Bondad, secándose las lágrimas—. Su alma de vampiresa está intentando expresar su amor y su cuerpo de hámster solo puede hacer... eso.
—Pero miren el marcador —intervino el Dios de la Estética:
* **+5 puntos:** Por "Honestidad Emocional Involuntaria" (Sofía, bajo los efectos de la pócima, ha demostrado que su lealtad al Rey es, en realidad, una atracción profunda).
* **-2 puntos:** Por conducta indecente en un banquete real (aunque sea un hámster, hay límites).
—**Total acumulado: 58/100 obras de bondad.**
La cena terminó con Elías retirándose apresuradamente a su tienda de campaña, llevando a una Sofía que intentaba morderle los botones de la camisa con una pasión desbordada. El Capitán Pico Dorado iba detrás, gritando: **"¡Cierren las cortinas! ¡Escándalo en la alcoba! ¡El Rey tiene una acosadora de diez centímetros!"**.
Una vez a solas, Elías dejó a Sofía sobre una almohada de seda. Ella seguía frotándose contra todo lo que tuviera la esencia de Elías, haciendo ruiditos de amor que el Duque intentaba ignorar leyendo informes de impuestos.
—Duérmete de una vez —dijo Elías, dándole un golpecito seco en la frente con el dedo, recuperando su frialdad más absoluta—. Mañana no recordarás nada de esto, y yo haré como que nunca sucedió. Eres patética cuando intentas ser afectuosa.
Sofía, exhausta por el esfuerzo de su "baile de pasarela", finalmente se quedó dormida abrazada a un guante de Elías, con una sonrisa de felicidad absoluta en su rostro peludo.
A la mañana siguiente, cuando el efecto de la raíz desapareció, Sofía despertó con el peor dolor de cabeza de su vida. Miró el guante al que estaba abrazada, recordó sus movimientos de "pole-dance" sobre el dedo del Rey y el "baile de la barriga" que le hizo a su muñeca... y deseó que la tierra se la tragara.
—*¡SQUEAK!* (¡MÁTENME! ¡QUE ALGUIEN ME CONVIERTA EN CENIZAS AHORA MISMO!) —chilló, escondiéndose debajo de la almohada de pura vergüenza.
Elías entró en la tienda, ya vestido y tan gélido como siempre.
—Veo que ya se te pasó la locura, Pelusa. Prepárate, volvemos a la capital. Y ni se te ocurra volver a tocar mi copa.
Sofía no asomó ni un bigote. Su dignidad estaba en números rojos, pero en el fondo de su mente, el recuerdo del calor de los dedos de Elías (y de cómo él no la soltó a pesar de todo) le daba una extraña y peligrosa esperanza.
**Continuará...**