Ella era la única testigo. Él, la sentencia de muerte que terminó convirtiéndose en su dueño.
Elena Thomas vivía entre archivos y sombras, convencida de que su invisibilidad era su mayor escudo. Pero una noche, en un callejón donde el aire sabía a hierro y pólvora, vio lo que nadie debía ver: a Viktor Volkov, el heredero más despiadado de la Bratva, ejecutando a sangre fría.
Ella esperaba una bala. En su lugar, recibió unas manos de acero que la arrancaron del suelo y una voz que le prometió un infierno personal. "No te mataré, pequeña", le susurró él al oído, mientras el calor de su cuerpo la envolvía como una trampa de seda. "Pero a partir de hoy, tu nombre, tu cuerpo y hasta tu último suspiro me pertenecen".
Ahora, Elena es la prisionera de oro en una fortaleza de cristal. Viktor es un monstruo que no sabe amar, solo poseer; un hombre que la mira con una mezcla de odio y un deseo que amenaza con quemarlos a ambos.
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capítulo 10
El viejo Anatoly Volkov observaba desde el balcón con una curiosidad maliciosa. Ver a su hijo, el hombre que él mismo había forjado como un arma de destrucción, protegiendo con tanto celo a una chica que apenas le llegaba al pecho, le resultaba fascinante.
— ¡Suficiente de juegos de guerra! —gritó Anatoly, bajando las escaleras de piedra con un bastón de mando—. Viktor, has traído a tu "debilidad" hasta mi puerta. Lo mínimo que puedo hacer es ofrecerles una última cena antes de que decida qué hacer con ustedes.
Viktor no soltó a Elena. La mantuvo pegada a su costado, con su mano gigante rodeando su hombro de forma protectora mientras entraban al gran comedor de la villa. La mesa era de roble oscuro, iluminada por candelabros que daban un aire medieval y siniestro a la estancia.
— Siéntate, pequeña —dijo Anatoly, señalando la silla frente a él—. Quiero ver qué es lo que ha nublado el juicio de mi hijo.
Viktor apartó la silla para Elena y se sentó justo a su lado, ocupando el espacio como un muro. Sus ojos de acero no se apartaban de su padre ni un segundo. Elena, con su pelo castaño y lacio cayendo sobre sus hombros, se sentó con la espalda recta. Sabía que cada movimiento suyo estaba siendo juzgado.
— Es hermosa, sí —comentó Anatoly, cortando un trozo de carne con precisión—. Pero la belleza es barata. Viktor necesita una reina que pueda manejar ejércitos, no una muñeca de porcelana que se esconde en los maleteros de los SUV.
— Ella no es una muñeca —gruñó Viktor, y su voz hizo vibrar las copas de cristal—. Ella hizo lo que ninguno de tus hombres pudo: me salvó la vida dos veces esta semana.
Anatoly soltó una carcajada seca.
— Una coincidencia. Dime, Elena... si los Lombardi y la Orden de la Garra se unen, ¿qué harías tú? ¿Llorar? ¿Pedirle a Viktor que te compre otro oso de peluche?
Elena dejó sus cubiertos en la mesa y miró fijamente al anciano con sus ojos café.
— Usted cree que el poder se mide en centímetros o en calibres, señor Volkov —dijo ella con voz clara y calmada—. Pero usted envió a sus mejores mercenarios y Viktor los destruyó porque ahora tiene algo que perder. Un hombre que no teme perder nada es un soldado; un hombre que protege lo que ama es un emperador.
Anatoly entrecerró los ojos. El silencio en la mesa era sepulcral. Viktor miraba a Elena con un orgullo que bordeaba la adoración.
— Además —continuó Elena, inclinándose un poco hacia adelante—, mientras sus hombres vigilaban la entrada, yo me di cuenta de algo. El vino que nos está sirviendo es de una cosecha que solo se produce en el sur de Italia, en territorio controlado por los Lombardi. O usted está siendo extorsionado por ellos, o está planeando entregarnos para recuperar su exilio.
Viktor se tensó al instante, su mano bajando hacia su arma oculta. Anatoly se quedó paralizado, con la copa a medio camino de la boca. No esperaba que esa chica tan pequeña tuviera una observación tan aguda.
— Tienes ojos de lince, pequeña —admitió Anatoly, dejando la copa—. Tienes razón. Los Lombardi creen que te tengo aquí para entregarte. Están rodeando la villa en este momento.
Viktor se puso de pie de un salto, derribando su silla por la violencia del movimiento. En un gesto de pura posesividad, levantó a Elena y la colocó detrás de él.
— ¡Nos has vendido! —rugió Viktor hacia su padre.
— No, hijo —sonrió el viejo—. Les he dado una prueba. Si logran salir de esta villa vivos, aceptaré que ella es digna del apellido Volkov. Si mueren... bueno, las rosas siempre terminan bajo tierra.
En ese momento, el primer estallido de un lanzagranadas sacudió la villa. Las ventanas estallaron y las luces se apagaron.
El estallido inicial convirtió la lujosa villa en una trampa de cristal y escombros. Viktor no perdió un segundo en recriminaciones. En un movimiento que Elena ya conocía bien, la levantó del suelo, pero esta vez no fue para protegerla pasivamente.
— ¡Elena, el arma! —rugió Viktor mientras la cargaba contra su costado izquierdo, usando su cuerpo inmenso como un escudo humano mientras corría hacia la salida trasera.
Elena, con sus ojos café ardiendo por el humo, alcanzó la pistola compacta que Viktor llevaba en el muslo. A pesar de que la diferencia de tamaño era enorme, habían desarrollado una sincronía perfecta: él ponía la fuerza y la movilidad; ella, desde su posición elevada en los brazos de él, ponía la visión periférica.
— ¡A las diez, Viktor! ¡Detrás de la estatua! —gritó ella.
Viktor giró sobre sus talones, permitiendo que Elena tuviera el ángulo de tiro. Ella apretó el gatillo dos veces. El entrenamiento en el polígono dio frutos; el mercenario de los Lombardi cayó antes de poder siquiera apuntar.
— ¡Buena puntería, pequeña! —exclamó Viktor, su voz cargada de una adrenalina que mezclaba el instinto asesino con una alegría salvaje.
Salieron al patio trasero, donde la nieve de la montaña empezaba a teñirse de rojo. El camino hacia el SUV estaba bloqueado por un equipo de asalto. Viktor se detuvo tras un muro de piedra, jadeando. La presión de cargar a Elena y pelear al mismo tiempo empezaba a pasarle factura, pero no la soltaba. Sus manos, gigantescas comparadas con las de ella, la apretaban contra su pecho con una posesividad feroz.
— Escúchame bien —susurró Viktor, mirándola intensamente—. Voy a lanzarte hacia el asiento del conductor del blindado. Tú entrarás y abrirás la puerta desde dentro. Yo te cubriré. Si algo me pasa, arranca y no mires atrás.
— No te voy a dejar, Viktor —respondió ella, limpiándose un rastro de polvo de su pelo castaño.
— ¡Es una orden! —pero sus ojos decían algo distinto: eres lo único que me importa.
Viktor salió de su cobertura como un toro enfurecido. Disparó su fusil con una mano mientras con la otra mantenía a Elena protegida. Cuando estuvieron a dos metros del SUV, la lanzó con precisión hacia el estribo del vehículo. Elena se deslizó como una sombra, entrando por la ventanilla rota y desbloqueando las puertas.
Viktor se lanzó al asiento del copiloto justo cuando una ráfaga de ametralladora golpeaba el blindaje.
— ¡Conduce! —gritó él.
Elena, cuya estatura de 1.45 apenas le permitía alcanzar los pedales y ver por encima del volante al mismo tiempo, tuvo que sentarse en el borde mismo del asiento. Con una determinación de hierro, metió la marcha y hundió el pie en el acelerador. El vehículo rugió, rompiendo la puerta principal de la fortaleza.
Mientras escapaban por la carretera serpenteante, Viktor se recostó en el asiento, sangrando por un roce en el brazo, pero con una sonrisa de victoria absoluta. Miró a la pequeña mujer que manejaba ese monstruo de acero con una valentía que avergonzaría a cualquier general.
— Mi padre quería una prueba —dijo Viktor, jadeando—. Pues ya la tiene. Has conducido a través del infierno por mí.
Se inclinó hacia ella, ignorando el dolor de sus heridas, y le dio un beso lleno de pasión y posesividad en el hombro.
— Eres la mujer más peligrosa que he conocido, Elena. Y ahora, todo el mundo lo sabe.
De repente, una luz roja empezó a parpadear en el tablero. El motor estaba dañado. Se estaban quedando sin potencia en medio de la montaña boscosa.