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EL DESCONOCIDO EN MI ALMOHADA

EL DESCONOCIDO EN MI ALMOHADA

Status: Terminada
Genre:Fantasía épica / Mundo de fantasía / Viaje a un mundo de fantasía / Completas
Popularitas:2.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

El Desconocido de mi Almohada es una historia de amor, misterio y autodescubrimiento que te hará cuestionar los límites entre la realidad y la fantasía.

NovelToon tiene autorización de Azly colon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capitulo 18

La pantalla del móvil proyectaba una luz azulada y fantasmagórica sobre las sábanas blancas del hotel. Eran las tres de la mañana y acababa de recibir mi sentencia de muerte profesional. Suspendida con efecto inmediato. 48 horas para abandonar el país. Releí el correo de Elena cinco, diez veces, esperando que las palabras cambiaran, que fuera un error de traducción o una broma pesada de la oficina de Madrid. Pero el PDF del billete de avión adjunto, con mi nombre y el número de asiento 14B, era demasiado real.

Park no había perdido el tiempo. Si no podía doblar la voluntad de Min-ho, cortaría el hilo que lo unía a la realidad: yo.

Me levanté y caminé hacia el espejo del baño. Tenía el rostro pálido, casi translúcido bajo los fluorescentes. Me toqué la mejilla, donde aún sentía el frío de la lluvia y el calor del beso de Min-ho en el puente de Banpo.

—¿Qué vas a hacer, Valeria? —le pregunté a mi reflejo.

Si llamaba a Min-ho ahora, él movería cielo y tierra. Amenazaría a la junta, se enfrentaría a Park y probablemente dimitiría en un arrebato de nobleza que nos dejaría a ambos en la calle y con el proyecto muerto. Y hoy... hoy era la feria tecnológica de Seúl, el momento en que Han-Guk debía presentar el prototipo ante los fondos de inversión internacionales. Era su última oportunidad.

Tomé una decisión que me dolió más que la ruptura con Marcos. Me callaría. Le daría a Min-ho sus 48 horas de gloria. Y luego, me desvanecería como el humo de los puestos de comida de Namdaemun.

A las siete de la mañana, Min-ho me envió un mensaje: "Hoy es el día. Te recojo en diez minutos. Ponte ese vestido azul que te hace parecer una tormenta. Necesito tu fuerza".

Me puse el vestido azul. Me pinté los labios de un rojo intenso, una pintura de guerra para ocultar que por dentro me estaba desmoronando. Cuando bajé al lobby, él estaba allí, radiante. Por primera vez en días, no parecía el Director de Hielo; parecía un hombre con una misión, alguien que por fin veía la luz al final del túnel.

—Estás increíble —dijo, besándome la frente antes de abrirme la puerta del coche—. He hablado con mi equipo. El sistema está estable. Si hoy convencemos a los alemanes y a los americanos, Park no podrá tocarnos aunque quiera.

—Vas a estar brillante, Min-ho —dije, forzando una sonrisa que no llegó a mis ojos.

—Vamos a estarlo, Valeria. Tú eres la que explicará la interfaz emocional. Sin ti, solo verían cables y código.

El centro de convenciones era un hervidero de gente. Luces de neón, pantallas gigantes y el murmullo constante de miles de personas hablando de futuro. Mientras caminábamos hacia nuestro stand, vi a Cho Se-bin a lo lejos. Iba con su padre y el Vicepresidente Park. Me miró con una sonrisa gélida, una de esas sonrisas que dicen: "Sé algo que tú no sabes".

Apreté el bolso donde llevaba impreso el billete de vuelta. Ella sabía que mi reloj ya había empezado la cuenta atrás.

La mañana fue un torbellino. Presentamos el prototipo una docena de veces. Min-ho hablaba con una pasión que nunca le había visto. Se movía por el escenario con una seguridad magnética, desgranando cómo la IA podía detectar la soledad del usuario y ofrecerle consuelo. Yo intervenía en los momentos clave, aportando la visión humana que los inversores devoraban.

Éramos un equipo perfecto. El mundo de los sueños y el de los negocios se habían fusionado por fin. Pero cada vez que miraba el reloj de la feria, sentía una puñalada. 42 horas. 41 horas.

A la hora del almuerzo, logré escaparme un momento. Necesitaba aire. Me senté en un banco de piedra en una plaza cercana al centro de convenciones. Saqué el móvil y busqué "Visados de trabajo Corea del Sur". Las opciones eran nulas. Sin el patrocinio de la agencia de Madrid o de Han-Guk, mi estancia legal terminaba con mi despido. Y si Min-ho intentaba contratarme directamente, Park lo bloquearía alegando nepotismo o conflicto de intereses. Estaba contra las cuerdas.

—No pareces una mujer que acaba de tener éxito —dijo una voz a mi lado.

Me sobresalté. Era Cho Se-bin. Llevaba un café en la mano y me miraba con una curiosidad casi científica, como si fuera un insecto bajo un microscopio.

—¿Qué quieres, Se-bin? —pregunté, sin fuerzas para fingir cortesía.

—Solo quería ver si ya habías hecho las maletas. Mi padre me ha dicho que la agencia de Madrid ha sido muy "cooperativa" con nuestra petición de reorganización de personal.

—Habéis comprado mi despido —dije, poniéndome de pie—. Es patético. ¿Tan poca confianza tienes en ti misma que tienes que deportar a la competencia?

Se-bin soltó una risa cristalina, sin rastro de remordimiento.

—Esto no es por celos, Valeria. Esto es por orden. Min-ho pertenece a un ecosistema que tú no comprendes. Tú eres un virus que lo debilita. Mañana a esta hora estarás sobrevolando el Ártico y él volverá a ser el hombre que el Grupo Cho necesita. Le dolerá una semana, quizás un mes. Pero los hombres como él tienen la memoria corta cuando se trata de poder.

—No conoces a Min-ho —respondí, aunque mi voz tembló—. Él no es como vosotros.

—Ya lo veremos. Un consejo: no se lo digas hoy. Deja que brille en la feria. Si se lo dices ahora, causará una escena, arruinará la presentación y entonces sí que lo habrás destruido del todo. Si de verdad lo quieres, vete en silencio.

Se dio la vuelta y se marchó, dejándome con el sabor amargo del café y la verdad en la boca. Tenía razón en una cosa: si se lo decía ahora, Min-ho tiraría todo por la borda.

Volví al stand. Min-ho estaba rodeado de inversores americanos que asentían con entusiasmo. Me vio llegar y me guiñó un ojo. Estaba feliz. Realmente feliz. Nunca lo había visto así, tan libre de sus propios muros.

Pasamos la tarde en una nube de éxito. Al final de la jornada, el prototipo de Han-Guk fue nombrado "Innovación del Año" por la prensa tecnológica. Min-ho estaba eufórico. Me llevó a cenar a un sitio pequeño y escondido en Insadong, el mismo barrio del templo, pero esta vez a un restaurante acogedor donde servían comida casera.

—Lo hemos hecho, Valeria —dijo, levantando su vaso de soju—. Los fondos de inversión han confirmado el interés. Park no puede echarnos ahora. Estamos blindados.

—Brindo por eso, Min-ho —dije, sintiendo que las lágrimas me quemaban los ojos. Bebí el licor de un trago. Quería que me quemara la garganta para no gritar.

—Mañana quiero que vayamos a ver apartamentos —continuó él, emocionado, sin notar mi angustia—. Ese hotel es demasiado frío. He visto un sitio cerca del río Han, con mucha luz. Podrías decorarlo como quieras. Traer tus cosas de Madrid, tus libros...

Cada palabra era un clavo en mi corazón. Traer tus cosas de Madrid. No sabía que dentro de 24 horas estaría volviendo allí para no regresar.

—Min-ho, mírame —le pedí, tomándole la mano sobre la mesa.

Él me miró. Su mirada era limpia, llena de una ternura que me destrozó.

—Dime que siempre recordarás este día —susurré—. Pase lo que pase, dime que recordarás que fuiste capaz de crear algo hermoso. Que eres mucho más que un apellido o un puesto en una empresa.

Él frunció el ceño, su intuición empezando a despertar.

—Valeria, ¿por qué hablas como si te estuvieras despidiendo?

—No es eso —mentí, acariciando sus dedos—. Es solo que estoy cansada. Ha sido un día muy intenso.

Regresamos al hotel. Min-ho quería subir, pero le pedí que no lo hiciera. Le dije que necesitaba dormir, que nos veríamos mañana en la oficina para ultimar los detalles con los inversores. Él aceptó, aunque me miró con una sombra de duda antes de besarme y marcharse.

Me quedé en la puerta del hotel viendo cómo su coche desaparecía en la noche.

Subí a la habitación. La 502. El lugar donde mi vida se había roto y rehecho tantas veces en tan pocos días. No encendí la luz. Me senté en el suelo y empecé a hacer la maleta. Metí mis trajes, mis cuadernos de coreano, la bufanda que Marcos olvidó... y la foto. La foto de la playa que le había robado a Min-ho y que él me había devuelto "para que nos cuidara a ambos".

Lloré mientras doblaba la ropa. Lloré por la mujer que soñaba y por la mujer que ahora tenía que enfrentarse a la realidad más cruda.

A las tres de la mañana, terminé. Todo estaba listo. Llamé a un servicio de mensajería privada. Escribí una nota en un papel con el membrete del hotel:

> "Min-ho, si te lo hubiera dicho, habrías intentado salvarme y te habrías hundido conmigo. No dejes que Park gane. Haz que el proyecto sea grande. Hazlo por el niño de la playa. No me busques, porque si me ves, no tendré fuerzas para subirme a ese avión. Te quiero en este mundo y en el que soñamos juntos. —Valeria."

>

Puse la nota dentro de un sobre junto con la foto de la playa. Se lo entregué al mensajero con instrucciones de entregarlo en el despacho de Min-ho exactamente a las diez de la mañana del día siguiente. A esa hora, yo ya estaría pasando el control de seguridad del aeropuerto.

Me senté en la cama vacía. Faltaban 8 horas para mi vuelo.

Cerré los ojos, pero esta vez no hubo sueños. No hubo playas de arena negra, ni templos, ni voces. Solo hubo el silencio ensordecedor de una ciudad que me había dado todo y que ahora me lo quitaba de un plumazo.

Valeria estaba sentada sobre su maleta cerrada, mirando cómo el sol empezaba a iluminar los rascacielos de Seúl por última vez. Había salvado a Min-ho, pero se había perdido a sí misma en el proceso. O quizás, como diría el desconocido de su almohada, a veces hay que perderlo todo para saber qué es lo que realmente importa.

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The Wolf 🥀🐺🍃
una historia que se parece a mi vida mi ....me pasó lo mismo con mi ahora esposo y dejé de soñarlo cuando xfin lo conocí y extrañaba a el chico de mi sueños 😭😭....veamos k pasa .
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