VERALDI: El Evangelio de la Sangre y el Oro
En el corazón de la Toscana, donde el honor se firma con fuego y las traiciones se pagan con la vida, nace la leyenda de los Veraldi. Lo que comenzó como el choque inevitable entre el frío acero de Maximiliano y la llama indomable de María, se transformó en un imperio de devoción absoluta. Juntos, desafiaron a las Siete Familias para demostrar que el amor no es una debilidad, sino la armadura más resistente que un hombre de su casta puede portar.
De esa unión sagrada surgieron los gemelos de mirada letal, Alessio y Bianca, herederos de una furia ancestral que no conoce el miedo. Acompañados por sus leones de melena negra, Lucifer y Belial, los nuevos reyes del abismo han aprendido que gobernar es un acto de equilibrio entre la piedad y la masacre. A sus diecinueve años, ya no son cachorros; son depredadores refinados listos para reclamar un mundo que ya se arrodilla ante sus nombres.
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entrando en la boca del lobo
Maria:
El hombre de los ojos grises se arrodilla frente a mí. No me toca, pero su cercanía es como una ola de calor en medio del invierno de Moscú. Siento el olor que emana de su ropa, de su piel:
Mis pulmones se detienen. Ese aroma... ese maldito aroma.
De repente, las luces de la tienda de ropa se apagan en mi cabeza. El suelo de mármol desaparece y el aire deja de oler a perfume nuevo para oler a pólvora y sangre.
—¡No lo hagas! ¡Por favor, no dispares! —la voz de mi sueño grita en mi realidad.
El recuerdo me golpea como un mazo físico. Ya no estoy en Moscú. Estoy en una cabaña oscura. Siento el peso de una pistola en mis manos. Mis dedos están entumecidos. Frente a mí, veo a un hombre mayor, un hombre con ojos de piedra que me apunta al corazón. Y entre nosotros... está él.
Veo a este mismo hombre que tengo frente a mí, pero más joven, gritando, suplicando. Veo sus ojos grises inyectados en sangre.
—¡Mírame a mí, María! ¡Mírame solo a mí!
Siento un dolor punzante en el pecho, justo donde la bala entró. El recuerdo es tan vívido que puedo sentir el calor del plomo desgarrando mi carne, el impacto que me lanzó hacia atrás, hacia la oscuridad. Pero lo peor no es el disparo. Lo peor es el sonido que siguió: el silencio de su traición. El momento en que mi mente decidió que era mejor morir que recordar que el hombre que amaba era el hijo de mi asesino.
—¡AAHHH! —el grito sale de mis entrañas, desgarrándome la garganta.
Me agarro la cabeza con las manos, tirando de mi propio cabello como si pudiera arrancarme las imágenes de la mente. El flashback es violento, una película de terror que se proyecta en mis ojos abiertos. Veo la cara de Perla, escucho su risa burlona, veo el beso... aquel beso de cristal roto que me terminó de matar antes que la bala.
—¡Tú! —le grito, señalándolo con un dedo tembloroso mientras las lágrimas caen sin control—. ¡Tú me dejaste morir! ¡Tú estabas ahí! ¡Tú me disparaste!
El hombre —Max— retrocede, su rostro palidece hasta volverse del color de la nieve.
Su boca se abre, pero no salen palabras. Sabe que lo he recordado, pero no todo. He recordado el dolor, pero no el amor. He recordado el final, pero no el principio.
—¡Aléjate de mí, monstruo! —le ruge mi voz, que ya no suena infantil, sino cargada de un odio ancestral—. ¡Viktor! ¡Viktor, mátalo! ¡Mátalo ahora mismo!
Estoy hiperventilando. El pánico me nubla la vista. Mis manos buscan desesperadamente el fajo de billetes, pero lo suelto como si quemara. Todo lo que quiero es que esos ojos grises desaparezcan, porque cada vez que los miro, siento que la bala vuelve a atravesarme el pecho una y otra vez.
Escucho pasos rápidos, pesados. El sonido de los cafés cayendo al suelo y el estrépito del cristal rompiéndose.
—¡María! —la voz de Viktor truena detrás de nosotros.
Giro la cabeza y veo a Viktor desenfundando su arma. Miro a Max, que sigue de rodillas, con el alma rota reflejada en su cara, sin siquiera intentar defenderse. Está ahí, esperando su ejecución, mirándome como si mi odio fuera el único regalo que merece.
—¡Dispárale, Viktor! —chilló, colapsando de nuevo en el suelo—. ¡Haz que deje de mirarme así!
Viktor:
El sonido de los vasos de café estrellándose contra el suelo fue el preludio del caos. En cuanto mis ojos captaron la figura de Maximiliano Veraldi arrodillado frente a ella, sentí una descarga de adrenalina que me supo a hierro y pólvora. Mi mano voló a la culata de mi arma por puro instinto, pero los gritos de María —esos gritos desgarradores que ya no eran de una niña, sino de una mujer rota— me detuvieron el corazón.
—¡Mátalo! ¡Haz que deje de mirarme! —chillaba ella, retorciéndose en el suelo.
Vi a Maximiliano. El bastardo ni siquiera se movió. Estaba allí, estúpido y vulnerable, aceptando el odio de María como si fuera una bendición. Podría haberle volado la cabeza en ese mismo instante; el mundo de la mafia habría celebrado la caída del heredero Veraldi. Pero María estaba colapsando. Sus ojos estaban en blanco, su respiración era un silbido asmático y sus manos arañaban el aire buscando un refugio que su memoria le negaba.
Prioridades. Mi prioridad era el arma de los Valerius, no el cadáver de un italiano moribundo.
—¡María! ¡Mírame! ¡Mírame a mí! —rugí, guardando el arma y lanzándome hacia ella.
La rodeé con mis brazos, ignorando cómo me golpeaba el pecho con una fuerza desesperada. La levanté del suelo como si no pesara nada, pegando su rostro contra mi cuello para que no tuviera que ver un segundo más esos ojos grises que la estaban destruyendo.
Me giré y empecé a caminar a paso acelerado hacia la salida, sintiendo el peso de su cuerpo tembloroso contra el mío.
—¡Vete al infierno, Veraldi! —le grité por encima del hombro mientras mis hombres de seguridad formaban una barrera humana entre nosotros y él—. Si das un paso más, Moscú será tu tumba.
Salí de la tienda casi corriendo. El frío del exterior nos golpeó, pero no me detuve. María sollozaba contra mi abrigo, un sonido pequeño y lastimero que me quemaba la piel. Sus uñas se clavaban en mis hombros, buscando anclarse a la mentira que yo le había construido.
—Shhh, ya está, moya zhena (mi esposa) —le susurré mientras la metía en el asiento trasero del blindado y ordenaba al conductor que arrancara antes de que el italiano pudiera reaccionar—. Escúchame bien, María. Ese hombre ya no existe. Fue solo un fantasma, un monstruo del pasado que intentó lastimarte.
Ella me miró con los ojos empañados, su rostro era una máscara de terror y confusión absoluta.
—Él... él estaba ahí, Viktor... me dolía el pecho al verlo... —balbuceó, temblando violentamente.
Le tomé la cara con ambas manos, obligándola a enfocar su vista en mis ojos azules, fríos y protectores. Le mentí con una convicción que me asustó incluso a mí mismo.
—No volverá a pasar. Te lo prometo por mi vida —sentencié mientras el coche quemaba neumáticos sobre la nieve, alejándonos del centro comercial—. No volverás a verlo nunca más. Voy a enterrar ese recuerdo tan profundo que ni en tus pesadillas podrá encontrarte. Eres mía, María. Y yo protejo lo que es mío.
Mientras el convoy se alejaba, miré por el cristal trasero. Vi la silueta de Maximiliano quedarse pequeña en la distancia, solo y derrotado en medio de la nieve. Había ganado esta batalla, pero el brillo de reconocimiento en los ojos de María me decía que la guerra por su mente acababa de volverse mucho más sangrienta.
Narrador:
En el centro de la tienda de lujo, el tiempo pareció detenerse, dejando una estela de café derramado y el aroma persistente de un perfume que ya no pertenecía a nadie. Maximiliano se quedó allí, de rodillas sobre el mármol frío, con las manos vacías y la mirada fija en el lugar donde, segundos antes, María lo había llamado "monstruo".
El silencio que siguió a la partida de los Volkov fue breve, roto por el sonido desgarrador de un hombre que acaba de perder la vida por segunda vez.
—¡MARÍA! —el grito de Maximiliano no fue un llamado; fue un rugido de agonía que hizo que los cristales de la tienda vibraran.
Se puso en pie con un movimiento errático, tambaleándose como un herido de guerra. Sus hombres intentaron acercarse para escoltarlo, temiendo que la policía de Moscú o los refuerzos de Viktor llegaran en cualquier momento, pero Max los apartó con una violencia ciega.
—¡No me toquen! —rugió, golpeando un estante de cristal con el puño cerrado. El vidrio estalló en mil pedazos, cortándole los nudillos, pero él ni siquiera parpadeó ante el dolor—. ¡Maldita sea! ¡Malditos todos!
El colapso fue absoluto. Maximiliano comenzó a caminar en círculos por el local, tirando los maniquíes al suelo, destrozando la ropa que ella había estado mirando. No era la furia de un capo de la mafia; era la desesperación de un niño abandonado en la oscuridad. Se llevó las manos a la cabeza, tirando de su propio cabello, mientras las lágrimas, gruesas y calientes, surcaban su rostro manchado de sangre y hollín.
—¡Me miró como si fuera nada! —gritaba al techo, riendo con una amargura que helaba la sangre—. ¡Me pidió que me mataran! ¡Ella... ella está viva y prefiere a ese maldito ruso!
De pronto, se desplomó de nuevo, esta vez ocultando el rostro entre las manos, sollozando con una fuerza que le sacudía los hombros. Sus gritos se transformaron en maldiciones susurradas contra su padre, contra Alessandro, contra el destino y contra sí mismo por haber apretado aquel gatillo en la cabaña.
—Maldito seas, José... maldito seas tú y tu guerra —balbuceaba entre dientes, golpeando el suelo rítmicamente—. Me la quitaron. Le borraron el alma. Esa no era mi María... le pusieron ojos de cristal.
Sus hombres, asustados por ver al heredero de los Veraldi desmoronarse de esa manera, lo levantaron a la fuerza. Maximiliano no opuso resistencia esta vez; se dejó arrastrar hacia la salida, con la mirada perdida y el traje negro cubierto de polvo y vidrios rotos. Mientras lo metían en el coche, Max miró sus manos ensangrentadas.
—Si ella quiere un monstruo —murmuró con una voz que ya no era humana, una voz que prometía cenizas—, le daré un monstruo. Voy a quemar esta ciudad hasta que sus recuerdos vuelvan a arder en su cabeza. No me importa quién se interponga. Viktor, Alessandro... todos van a caer.
El convoy de los Veraldi quemó neumáticos para alejarse del lugar, dejando atrás el rastro de la locura de un hombre que, habiendo encontrado su milagro, descubrió que el milagro no recordaba su nombre.
Luna:
El invierno en la mansión Correa siempre ha sido silencioso, pero últimamente el aire se siente como si estuviera hecho de cristal a punto de romperse. He pasado meses caminando por pasillos que huelen a ausencia. Marcos me dice que María está en Rusia, que está bien, que simplemente necesitaba tiempo lejos de este "mundo salvaje". Pero mi instinto de madre es una brújula que no deja de apuntar hacia el dolor.
Estaba en el pequeño invernadero, cuidando las orquídeas que a María tanto le gustaban, cuando el estrépito de la puerta principal me hizo saltar. Escuché gritos, el sonido de seguridad forcejeando y luego una voz que no reconocí de inmediato porque sonaba como si hubiera sido arrastrada por el asfalto.
—¡LUNA! ¡¿DÓNDE ESTÁ?!
Salí al vestíbulo limpiándome las manos en el delantal. Me detuve en seco.
Maximiliano Veraldi estaba allí, sostenido por dos de mis guardias que parecían tener miedo de tocarlo. Su aspecto era aterrador: el traje negro desgarrado, las manos vendadas de forma improvisada con telas manchadas de sangre, y unos ojos grises que ya no eran los de un príncipe, sino los de un náufrago que acaba de ver tierra y fuego al mismo tiempo.
—¿Maximiliano? —susurré, sintiendo un frío repentino en el estómago—. ¿Qué haces aquí? ¿Qué te ha pasado? ¿Dónde está mi hija?
Él se soltó de los guardias con un movimiento violento y se tambaleó hacia mí. Se cayó de rodillas a mis pies, agarrándose a mi falda con una desesperación que me hizo soltar un sollozo ahogado.
—Está viva, Luna... la encontré en Moscú —jadeó él, mirando hacia arriba. Sus lágrimas lavaban la suciedad de su rostro, dejando surcos claros—. Pero no me conoce. Me miró como si fuera un demonio. Me llamó monstruo...
Me quedé paralizada. Mis rodillas flaquearon. —¿De qué estás hablando? ¿Moscú? Ella me envía cartas... dice que está feliz con Viktor...
—¡Cartas falsas! ¡Todo es una maldita mentira de Alessandro! —gritó él, y el nombre de mi primer amor, el hombre que creía muerto, me golpeó como un rayo—.
Él la tiene, Luna. La tiene encerrada en una burbuja de cristal. María ha olvidado todo... no sabe quién es, no sabe quién soy yo. Se comporta como... como si nunca hubiera crecido.
Me llevé las manos a la boca. La imagen de mi María, mi niña fuerte y valiente, convertida en una sombra que no recuerda a su madre, me desgarró el alma. Yo no sabía nada del disparo, no sabía que mi hija había estado al borde de la muerte mientras yo leía cartas mecanografiadas que me decían que "disfrutaba de la ópera en Moscú".
—Él me dijo que ella necesitaba espacio... Marcos me juró que estaba a salvo —balbuceé, sintiendo cómo el odio hacia mi esposo empezaba a arder en mis venas—. ¿Qué le han hecho a mi niña, Maximiliano?
—Le rompieron la mente para poder usarla —Max me apretó las manos con una fuerza dolorosa—. Tú eres la única que puede traerla de vuelta. Eres su madre. Tu voz, tu olor... algo tiene que quedar dentro de ella que los Volkov no hayan podido borrar. Tienes que venir conmigo. Ahora mismo.
Miré hacia las escaleras, donde Marcos aparecía con una expresión de pánico. Miré a Maximiliano, el hombre que supuestamente debía protegerla y que ahora se desangraba frente a mí.
—Prepárate, Maximiliano —dije, sintiendo una fuerza que no sabía que poseía—. Si mi hija ha olvidado quién es, yo se lo recordaré. Y luego, quemaré a cada hombre que se atrevió a ponerle una mano encima, empezando por los que están en esta casa.
Maximiliano:
El interior del Gulfstream G650 es una cápsula de lujo y desesperación que atraviesa las nubes negras sobre el Mar Báltico. Estamos volando a baja altura para evitar los radares comerciales, en un vuelo que mi padre, José, jamás autorizó. El zumbido de los motores es lo único que llena el silencio sepulcral de la cabina, mientras las luces tenues de cortesía iluminan las botellas de cristal que tintinean por la turbulencia.
Luna está sentada frente a mí, en uno de los sillones de cuero crema. Sus manos, antes impecables, ahora juguetean con un rosario, y sus ojos —tan parecidos a los de María que me duele mirarla— están fijos en mí, exigiendo la verdad que le han robado durante meses.
—Dime cómo pasó, Maximiliano —su voz suena como un susurro en medio de una tormenta—. Dime por qué mi hija cree que tú eres su verdugo.
Me paso las manos por la cara, sintiendo el ardor de los cortes en mis nudillos. Me inclino hacia adelante, invadiendo su espacio, porque necesito que vea la verdad en mi mirada.
—No fui yo, Luna. Juro por la memoria de mi madre que yo nunca apretaría ese gatillo contra ella —mi voz tiembla, pero no retrocedo—. Estábamos en la cabaña, en la frontera. Yo quería protegerla, quería sacarla de este mundo. Pero mi padre... José... él no podía permitir que un Veraldi se uniera a una Valerius.
Luna palidece, su respiración se vuelve errática.
—Él llegó de la nada con sus sicarios —continúo, y las imágenes del flashback me golpean como ráfagas de fuego—. Yo estaba entre ellos dos. Le supliqué a María que bajara el arma, le supliqué a mi padre que se detuviera. Pero José es un hombre de piedra. Él disparó por encima de mi hombro. La bala pasó a milímetros de mi oído. Yo vi cómo el impacto la lanzaba hacia atrás... vi cómo el blanco de su vestido se volvía rojo en un segundo.
Me detengo, apretando los puños. El recuerdo del olor a pólvora me inunda de nuevo.
—Ella me miró antes de cerrar los ojos. En ese último segundo, lo único que vio fue mi cara, vio mi arma desenfundada porque yo intentaba cubrirla, y escuchó mi voz gritando. Su mente mezcló todo en ese instante de agonía. El trauma, el beso que me obligaron a darle a Perla para distraer a la familia, y el disparo de mi padre... María despertó creyendo que el hombre que la amaba fue quien intentó matarla. Y Alessandro y Viktor se han encargado de alimentar esa mentira cada día que estuvo en coma.
Luna cierra los ojos y una lágrima solitaria corre por su mejilla. El avión se inclina bruscamente; estamos empezando el descenso hacia un aeródromo privado a las afueras de Moscú, un parche de asfalto rodeado de bosques de pinos congelados.
—Ella tiene que saberlo, Luna —digo, levantándome mientras el aviso de cinturones suena—. Si ella me mata, que lo haga sabiendo la verdad. Pero no puedo dejar que pase el resto de su vida amando a un ruso que la usa y odiando al hombre que moriría por ella.
Miro por la ventanilla pequeña. Abajo, la oscuridad de Rusia es total, rota solo por las luces de la pista clandestina que nos espera. Estamos entrando en la boca del lobo, y sé que, para cuando aterricemos, José ya habrá puesto precio a mi cabeza por traición.
—Estamos llegando —le digo, ofreciéndole mi mano—. Bienvenida al infierno, Luna. Vamos a buscar a nuestra reina.