La Flor de los Veraldi
Clara, una dulce florista, se enamora de Alessio Veraldi, un mafioso de ojos verde olivo. Su relación es acechada por Maximiliano, el patriarca de la familia, quien desprecia el origen de Clara y cuenta con la complicidad silenciosa de Bianca, la gemela de ojos grises de Alessio.
Al descubrir que Clara está embarazada, Maximiliano la obliga a desaparecer bajo una identidad falsa a cambio de dinero. Años después, la frágil joven se ha transformado en una loba implacable: una madre poderosa que ha criado a su hijo en las sombras, lista para volver y enfrentar el imperio que intentó destruirla.
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VI- El vals del gluten y el gran desastre
Valentina:
—¡Soy una espinaaaa que bailaaaa! —gritó Clara hacia el techo, con los brazos desparramados como si intentara abrazar el aire viciado de la cabaña.
Antes de que pudiera advertirle sobre el peligro inminente de sus propios pies, tropezó con la esquina de su maleta abierta y aterrizó de nalgas directamente sobre una montaña de jerséis de lana. Soltó una risa que ya no era risa, sino un balbuceo líquido y pastoso que me recordaba a un bebé intentando explicar física cuántica.
—Val... creo que el pan Pedro me está llamando... para una reunión de emer-gen-cia... —murmuró, hundiéndose más en la ropa como si fuera un nido.
Me acerqué a ella a zancadas, quitándole la copa vacía de la mano justo antes de que intentara usarla como micrófono para entrevistar a la mesa de centro. Clara me miró con los ojos desenfocados, intentando mantener la dignidad mientras un mechón de pelo le cruzaba la nariz. Por un segundo, el mundo fue perfecto y divertido... hasta que su cara cambió de color.
Ese rojo encendido de "niña ebria y feliz" se transformó, en cuestión de milisegundos, en un verde pálido que ni la esmeralda de Alessio podría envidiar.
—Baño... —susurró, y su voz ya no era graciosa. Era una advertencia sísmica—. Baño, baño, baño, baño...
—¿Clara? —di un paso atrás, mi instinto de barman detectando la catástrofe inminente.
—¡VAL! ¡Siento que me voy a vomitar! —gritó de repente, tapándose la boca con ambas manos mientras sus ojos se abrían como platos.
—¡OH, NO! ¡NI SE TE OCURRA! —pegué un salto digno de una gacela asustada.
Empecé a correr por la cabaña como una loca, chocando con las maletas que apenas habíamos desempacado. ¿Dónde diablos estaba el baño en esta ratonera de madera? ¡Dante no nos dio un mapa turístico!
—¡Resiste, Clara! ¡Trágatelo si es necesario! —grité, abriendo la puerta de un armario por error—. ¡Si te vomitas aquí, yo no voy a limpiar nada! ¡Escúchame bien! ¡Soy barman, no limpia vómitos! ¡Mi contrato de amistad no incluye fluidos gástricos de vino caro!
Corrí hacia el pasillo oscuro, tropezando con una de mis propias botas. El pánico era real. He visto a hombres de cien kilos desplomarse en mi barra, pero nada me aterraba más que una Clara borracha decorando mis tres maletas de ropa limpia con restos de "Pedro el Pan".
—¡Sigue mis gritos! ¡Ven hacia aquí! —exclamé, encontrando finalmente la puerta del baño y abriéndola de un portazo—. ¡Aquí! ¡La porcelana es tu amiga, Clara! ¡Corre como si Alessio te estuviera persiguiendo con un anillo de compromiso!
Escuché un ruido de lucha detrás de mí, como un pequeño animal herido intentando salir de un montón de lana, seguido de unos pasos erráticos que golpeaban el suelo de madera. Clara apareció en el umbral, pálida como un fantasma y moviéndose como un fideo al dente en un terremoto.
—¡Aparta! —balbuceó, empujándome con una fuerza que no sabía que tenía.
Me pegué a la pared del pasillo, cerrando los ojos con fuerza y tapándome los oídos, rezando a todos los santos que conocía para que el "asunto personal" se quedara dentro del inodoro y no en la alfombra de la entrada.
—¡Te lo advierto, Rossetti! —grité desde el pasillo, con un tono de voz que mezclaba el terror y la amenaza—. ¡Como manches mi chaqueta de cuero, le doy tu dirección a Alessio yo misma!
El estruendo de la puerta del baño al cerrarse fue seguido por una sinfonía de arcadas y lamentos que habrían asustado al mismísimo diablo. Yo estaba pegada a la pared del pasillo, con los dedos incrustados en mis propios oídos y una expresión de puro asco que deformaba mi cara.
—¡Eso suena a exorcismo, Clara! —le grité desde la seguridad del pasillo—. ¡Expulsa al "Pan Pedro" de tu cuerpo, pero mantén el objetivo! ¡Apunta al centro!
Justo cuando estaba por soltar otra amenaza sobre mi chaqueta de cuero, la puerta principal de la cabaña se abrió de un golpe violento. El estruendo de la madera chocando contra la pared me hizo dar un brinco de tres metros.
—¡¿Qué pasa?! ¡¿Valentina?! —la voz de Dante tronó en la estancia, cargada de una adrenalina peligrosa.
Apareció en el pasillo con la respiración agitada, los puños cerrados y esa mirada de "voy a aniquilar a quien sea que esté tocando a mis huéspedes". Se detuvo en seco al verme a mí, histérica y temblorosa, señalando la puerta del baño como si fuera la entrada al mismísimo infierno.
—¿Dónde están? ¿Quién entró? —preguntó Dante, escaneando el pasillo con una intensidad que casi me hace olvidar el olor a vino barato.
—¡El enemigo está dentro! —exclamé, señalando con un dedo acusador hacia el baño justo en el momento en que se escuchó una arcada particularmente ruidosa, seguida de un golpe sordo contra el suelo.
Dante frunció el ceño, la confusión reemplazando su instinto asesino. Dio dos pasos largos y se asomó por la puerta entreabierta. Me quedé detrás de él, usándolo como escudo humano, y la escena que vimos fue digna de una película de terror de bajo presupuesto.
Clara estaba de rodillas, literalmente abrazada a la taza del inodoro como si fuera su mejor amigo de la infancia. Tenía el pelo revuelto, un zapato en una mano y una sonrisa alucinada en el rostro mientras las lágrimas del esfuerzo le corrían por las mejillas.
—No voy a tomar nunca más... —murmuró ella, recostando la mejilla sobre la fría porcelana blanca—. Es feo... sabe a traición...
—¿Está... bien? —preguntó Dante, bajando la guardia y pasando una mano por su nuca, visiblemente desconcertado por encontrarse a una borracha en lugar de a un asesino serial.
—¡Valentina! —gritó Clara de pronto, soltando una carcajada histérica que terminó en un hipo sonoro—. ¡Valentina, te voy a vomitar si me das más vino! ¡No me obligues! ¡Eres una barman malvada!
—¡¿Yo?! —indigné, asomando la cabeza por encima del hombro de Dante—. ¡Si fuiste tú la que se bebió hasta el agua de los floreros! ¡Dante, dile que no se acerque a mis botas!
Dante soltó un suspiro pesado, una mezcla de alivio y resignación. Se cruzó de brazos, observando a Clara, que ahora intentaba explicarle al inodoro por qué el pan no debería llamarse Pedro.
—Creo que el peligro no es un intruso, Valentina —dijo él con un deje de diversión en la voz que me hizo querer golpearlo—. El peligro es que tu amiga acaba de declarar la guerra a la sobriedad... y ha perdido estrepitosamente.
—¡Ya acabeeeeee! —el grito de Clara resonó en los azulejos del baño con la potencia de un tenor en la Scala de Milán, cargado de un orgullo triunfal que no encajaba en absoluto con su situación actual.
Se dejó caer de espaldas, abandonando el abrazo con el inodoro para estamparse suavemente contra el mármol frío del suelo. Tenía los brazos en cruz y una expresión de paz absoluta, como si acabara de ganar un maratón en lugar de haber perdido la dignidad frente a un sanitario.
Dante, que seguía apoyado en el marco de la puerta observando la escena con una mezcla de horror y fascinación, soltó una risa seca. Me miró de reojo, y supe que no iba a dejarme olvidar esto pronto.
—Voy a llamar a Bianca para que suba —dijo con un toque de burla que filtraba por cada poro—. Así te ayuda a bañar a la "ratoncita". No creo que tú sola puedas despegarla de ese suelo sin que intente morderte.
—¡Oye! —le solté un golpe juguetón en el brazo, aunque en el fondo agradecía la oferta—. No es una ratoncita, es una... una víctima del marketing vinícola. ¡Vete ya, anda!
Dante negó con la cabeza, aún sonriendo, y se alejó por el pasillo. Pero el silencio duró lo que un suspiro. En cuanto sus pasos se perdieron, Clara empezó a emitir un sonido que parecía el motor de un coche viejo intentando arrancar en invierno. Eran sollozos. Sollozos dramáticos y profundos.
—Val... —gimió, cubriéndose la cara con las manos—. Es una tragedia. Una tra-ge-dia griega.
—¿Qué pasa ahora? ¿Te duele el estómago? —me agaché a su lado, preparada para lo peor.
—¡No! ¡Es mi vida! —exclamó, rodando por el suelo hasta quedar de lado—. ¡Soy virgen, Valentina! ¡Soy una reliquia histórica! ¡Un unicornio en peligro de extinción!
Me quedé congelada a mitad de camino. No era exactamente el tema de conversación que esperaba a las dos de la mañana con olor a desinfectante de fondo.
—Clara, cariño, eso no es una tragedia, es una elección... o una circunstancia... o...
—¡Es que no quiero serlo! —interrumpió ella con un hipo, señalando al techo dramáticamente—. Pero es que a la vez no quiero a nadie. Porque los hombres son como el Pan Pedro: prometen mucho y luego te dan dolor de cabeza. Pero a la vez sí quiero... ¿sabes? Pero no. ¡Pero sí! ¡Pero sobre todo no!
Se echó a llorar otra vez, tapándose los ojos con el zapato que aún sostenía.
—Quiero un romance de película, pero sin el actor principal porque me da pereza hablar con gente nueva —balbuceó, su voz perdiéndose entre el llanto y las carcajadas nerviosas—. ¿Ves lo que el alcohol le hace a mi coherencia? ¡Soy un nudo existencial con patas!
Bianca:
Entré en el cuarto de baño cargada con un arsenal de toallas esponjosas y un bote de champú de lavanda, esperando encontrar el caos, pero no una confesión de estado civil a grito pelado. Me detuve en seco, con el pie a medio paso del umbral, al escuchar el lamento que rebotaba en los azulejos.
—...¡Un unicornio en peligro de extinción! —sollozaba Clara, desparramada en el mármol como si fuera una pintura trágica del Renacimiento.
Me quedé mirando a Valentina, que tenía una expresión de "trágame tierra", y no pude evitarlo. Una risa suave y cristalina se me escapó de los labios. Era imposible no encontrarla adorable en medio de su desastre etílico; parecía una muñeca a la que se le habían acabado las pilas en la posición más incómoda posible.
—Vaya, parece que la "ratoncita" tiene crisis de identidad —dije con una sonrisa, dejando las toallas sobre el taburete.
—Bianca, por favor, sácame de este bucle existencial antes de que empiece a recitar poesía —me suplicó Valentina con un suspiro de alivio.
Entre las dos, la levantamos del suelo. Clara pesaba lo que pesa el arrepentimiento después de una botella de vino: mucho. Con cuidado, y bajo sus balbuceos constantes sobre la injusticia del destino, logramos desnudarla. Sus movimientos eran torpes, como los de un fideo al dente intentando mantenerse en pie, hasta que finalmente la depositamos en la tina que ya se llenaba con agua tibia.
El vapor empezó a empañar el espejo mientras Clara se hundía en el agua, mirando sus rodillas con una intensidad filosófica. De repente, giró la cabeza hacia mí, con los ojos entrecerrados y un mechón de pelo pegado a la frente.
—Bianca... —murmuró, como si fuera a hacerme una pregunta sobre el sentido del universo—. ¿Tienes novio?
Me quedé un segundo en silencio, sumergiendo una esponja en el agua.
—No —respondí en un murmullo, intentando mantener la compostura—, pero tengo pretendientes.
Esa fue la gota que colmó el vaso del "Pan Pedro". Clara dio un respingo en la tina, salpicando agua jabonosa por todas partes y retorciéndose como si el agua acabara de hervir.
—¡No es justoooo! —gritó, su voz rompiéndose en un sollozo tan dramático que habría hecho llorar a una estatua—. ¡Todo el mundo tiene pareja, amantes y pretendientes, y yo no tengo ni a un pato que me ame!
Se cubrió la cara con las manos húmedas, dejando escapar un llanto que era mitad hipo y mitad berrinche infantil. Valentina y yo nos intercambiamos una mirada; yo trataba de no volver a reírme por la imagen mental de un pato enamorado, mientras ella simplemente rodaba los ojos, resignada a que la noche apenas estaba empezando.
Alessio:
El estruendo que provenía de la cabaña de las chicas se escuchaba hasta la entrada de la propiedad. Gritos, salpicaduras y algo que sonaba extrañamente a una elegía sobre patos solitarios. Dante me había dado una mirada de advertencia antes de alejarse, pero mi curiosidad —y mi instinto de que algo se estaba rompiendo— fue más fuerte.
Entré sin llamar, con la camiseta negra pegada al pecho por el sudor del entrenamiento nocturno y los pantalones de chándal rozando mis tobillos. El rastro de caos era evidente: ropa por el suelo, olor a vino barato y un rastro de humedad que conducía directamente al baño.
—¿Pero qué demonios está pasando aq...?
No pude terminar la frase. En el segundo en que puse un pie en el umbral del baño, Bianca se giró con una agilidad felina. Sus ojos se abrieron como platos al verme y, antes de que mis pupilas pudieran procesar la figura pálida que se agitaba en el agua, tiró de las cortinas de la tina con un movimiento violento.
El chirrido de las anillas metálicas contra el tubo fue lo único que rompió el clímax del drama.
—¡Alessio! ¡Fuera! —siseó Bianca, interponiéndose en mi línea de visión como un escudo humano, con las manos aún aferradas a la tela de la cortina.
—¡Nadie me amaaaaa! —rugió una voz pastosa y quebrada desde detrás del plástico estampado—. ¡Ni siquiera el que parece un modelo de revistas de armas me quiere, Valentina! ¡Soy invisible para el amor y visible para el alcohol!
Me quedé estático, procesando la imagen de Valentina intentando mantener el equilibrio y a una Clara invisible pero muy audible sufriendo una crisis existencial de proporciones épicas. El vapor del agua caliente me golpeó la cara, mezclado con el aroma a lavanda y... ¿vómito?
—Vine a ver si alguien necesitaba un médico o un exorcista —dije, arqueando una ceja y cruzándome de brazos, tratando de ignorar el hecho de que Clara acababa de referirse a mí como "el que parece un modelo de revistas de armas"—. Pero parece que lo que necesitan es un camión de la basura y mucha agua mineral.
—Lo que necesitamos es que te largues, fratello —gruñó Valentina, fulminándome con la mirada mientras sostenía una esponja como si fuera un arma blanca—. ¡Ahora mismo!
—¡Alessio! —gritó Clara de nuevo, y escuché un chapoteo que indicaba que estaba intentando asomarse por encima de la cortina—. ¡¿Tienes un pato que me quiera?! ¡Dime la verdad!
Me quedé allí, plantado en el umbral, con la diversión empezando a ganarle la batalla al desconcierto. La situación era un desastre absoluto, pero había algo en el caos de estas dos que resultaba... hipnótico.
—¡Alessio! —el grito vino acompañado de un chapoteo violento.
Antes de que Bianca pudiera reaccionar para frenarla, una cabeza empapada y con el pelo pegado a la frente se asomó por el borde de la cortina de plástico. Clara me miró con los ojos enrojecidos, las mejillas encendidas por el vapor y un labio inferior que temblaba en el pucherito más ridículo y dramático que había visto en mi vida.
—¿Tienes... un pato... que me quiera? —repitió, arrastrando las palabras como si le pesaran una tonelada—. Dime la verdad... porque yo no tengo a nadie... y tú eres malo... pero tienes patos, ¿verdad?
Sentí un tirón extraño en el pecho, algo que no lograba identificar. Verla así, tan vulnerable, tan pequeña y tan absurdamente borracha, hizo que la comisura de mi boca se elevara por voluntad propia. No era mi sonrisa de suficiencia habitual, ni la que usaba para intimidar en los negocios. Era algo... diferente. ¿Ternura? No, yo no sentía eso. Pero ahí estaba, mirándola mientras ella me sostenía la mirada con una intensidad vidriosa.
—No tengo patos, ratoncito —respondí, bajando el tono de voz, casi disfrutando de cómo sus ojos se abrían un poco más al escuchar el apodo—. Pero si te portas bien y dejas de intentar ahogarte en la tina, mañana puedo buscarte uno. O algo mejor.
—¿Algo mejor? —hipó ella, ladeando la cabeza como un cachorro confundido—. ¿Un ganso?
Solté una risotada corta, negando con la cabeza. Mi "juguete" estaba completamente fuera de órbita. Estaba tan indefensa que resultaba casi insultante, y sin embargo, no podía dejar de mirarla.
—¡Alessio, vete ya! —Bianca me empujó del hombro, intentando recuperar el control de la situación y cubrir de nuevo a la "ratoncita" que seguía asomada—. ¡Esto no es un espectáculo!
—Para ser un espectáculo gratuito, no está nada mal —murmuré, dándole una última mirada a Clara antes de retroceder hacia el pasillo—. Que descanse el unicornio. Mañana va a sentir que un camión le ha pasado por encima de la cabeza.
Salí del baño escuchando a Valentina maldecir en voz baja y a Clara preguntándole a Bianca si "el modelo de las armas" se había llevado su pato imaginario.
Salí de la cabaña con el eco de los sollozos de Clara y las maldiciones de Valentina aún rebotando en mis oídos. El aire frío de la noche me golpeó la cara, despejando un poco el rastro de lavanda y alcohol que se me había quedado pegado a la piel. Me detuve en el porche, apoyándome en la barandilla de madera mientras sacaba el móvil del bolsillo.
Había algo en ese pucherito de "ratoncito" abandonado que no me dejaba en paz. Una punzada de algo que se parecía peligrosamente a la responsabilidad, o quizás solo era mi afán de posesión queriendo cumplirle un capricho a mi juguete más preciado.
Busqué un número en mi agenda y marqué. Eran pasadas las dos de la mañana, pero cuando pagas lo que yo pago, el horario es una sugerencia, no una regla.
—¿Diga? —la voz al otro lado sonaba ronca y confundida.
—Soy Alessio. Necesito un encargo para mañana a primera hora en la finca —dije, sin preámbulos, mientras observaba las luces de la cabaña reflejándose en la oscuridad del bosque—. Quiero un pato. Pero no cualquier cosa.
—¿Un pato, señor? —hubo un silencio de desconcierto—. ¿Para... la cena?
—No seas idiota. Quiero un Campbell Khaki. Un patito bebé, asegúrate de que sea de ese color canela característico. Y que esté sano.
—Ah, una elección técnica, señor —el hombre pareció recuperar el juicio—. El Campbell es, sin duda, una de las mejores razas para la cría; se sabe que estos patos ponen hasta 340 huevos al año. Son máquinas de producción si se cuidan bien.
—No me interesa su currículum ovíparo —corté con frialdad, aunque por dentro visualizaba la cara de Clara cuando viera a una bola de plumas color canela que, curiosamente, combinaba con su propio desastre—. Solo quiero que llegue aquí antes de que ella despierte de su coma etílico. Que sea joven, pequeño y... que parezca que necesita que lo quieran. ¿Entendido?
—Entendido, señor. Mañana a las ocho lo tendrá allí.
Colgué y guardé el teléfono. Me quedé un momento más mirando hacia la ventana del baño, donde el vapor seguía escapando por la rendija. Mañana, Clara Rossetti se despertaría sintiendo que su cabeza era un campo de batalla, pero al menos tendría a su maldito pato Campbell para que la acompañara en su miseria.
—Duerme bien, ratoncito —murmuré para mí mismo con una sonrisa oscura—. Mañana empieza tu nueva vida como granjera.