Alessandro una muchacha con un triste pasado y un esposo que la odia.
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Cicatrices de redencion.
El olor a antiséptico y a ozono impregnaba el pasillo de la unidad de quemados. Alessandra caminaba por el hospital con la mirada perdida, vistiendo aún la ropa que le habían devuelto en la prisión de Berna. La libertad sabía a ceniza. Julián había logrado lo imposible: rescatar las pruebas y al único testigo que podía limpiar su nombre, pero el costo estaba escrito en los monitores que pitaban rítmicamente al final del pasillo.
Cuando entró en la habitación 402, el corazón se le detuvo. Julián estaba envuelto en vendajes blancos que cubrían gran parte de su torso y su brazo derecho. Su rostro, aunque a salvo de las llamas, estaba pálido, marcado por el cansancio y la inhalación de humo.
El peso del silencio
Alessandra se acercó a la cama con pasos vacilantes. Ver a aquel hombre, que siempre se había mostrado como un titán inalcanzable de acero y arrogancia, reducido a esa fragilidad, le dolió más que cualquier insulto que él le hubiera lanzado en el pasado.
—¿Por qué lo hiciste? —susurró ella, tomando su mano izquierda, la única que no estaba vendada—. Podrías haber muerto en esa casa. Podrías haber dejado que el sobre se quemara.
Julián abrió los ojos lentamente. Su mirada estaba nublada por la morfina, pero al enfocar el rostro de Alessandra, una chispa de alivio cruzó sus pupilas.
—Un contrato... se rompe con papel —dijo él con la voz rasgada, casi un hilo de sonido—. Pero una deuda de vida... solo se paga con la vida. Te debía la mía desde hace años, Alessandra. Solo que fui demasiado ciego para ver que tú eras mi salvación, no mi castigo.
Alessandra se inclinó y apoyó la frente en el brazo de la cama, dejando que las lágrimas que había contenido en la celda fluyeran finalmente.
—Ya no me debes nada, Julián. Nadie le debe nada a nadie. Somos libres... por primera vez en nuestra vida, somos libres de mi familia.
El fantasma de Isabella
Pero la libertad era un espejismo. Mientras ellos compartían ese momento de tregua, el abogado de Alessandra, el señor Valerius, entró en la habitación con el rostro sombrío.
—Señora Rossi... lamento interrumpir —dijo el abogado, ajustándose las gafas—. Los bomberos han terminado de remover los escombros de la mansión. Encontraron el cuerpo de su padre. Murió por inhalación de humo antes de que la estructura colapsara. Pero... hay un problema.
Julián intentó incorporarse, soltando un gemido de dolor. Alessandra lo obligó a quedarse quieto con una mano firme en su hombro.
—¿Qué pasa con Isabella? —preguntó ella, con un presentimiento helado recorriéndole la columna.
—No hay rastro de ella —respondió Valerius—. Encontraron una salida de emergencia en el sótano abierta desde el interior. Hay rastros de sangre que no pertenecen a su padre. Isabella escapó antes del derrumbe, y ahora es una fugitiva. Pero lo peor no es eso.
El abogado encendió una tableta y mostró los titulares financieros.
—Adrián Vancamp ha iniciado una OPA hostil contra la constructora de Julián. Ha aprovechado que el señor Julián está incapacitado y que usted estaba bajo arresto para comprar el 30% de las acciones de los socios minoritarios. Dice que la empresa es "éticamente inestable" bajo el mando de un hombre que se lanza a edificios en llamas por una sospechosa de homicidio.
La dama del tablero
Alessandra sintió que una furia gélida sustituía a la tristeza. Miró a Julián, que apretaba los dientes de rabia, impotente en su cama de hospital. Ella recordó quién era: la Directora de Blue Phoenix. La mujer que había construido un imperio en las sombras mientras todos la llamaban "la sombra de Isabella".
—Él cree que somos débiles porque estamos heridos —dijo Alessandra, poniéndose de pie y alisando su ropa con una elegancia letal—. No sabe que un fénix solo es más peligroso cuando acaba de arder.
Se giró hacia su abogado.
—Valerius, llama a la oficina central de Blue Phoenix. Quiero que inicien la compra masiva de todas las deudas personales de Adrián Vancamp. Si él quiere nuestra empresa, yo quiero su vida financiera. Y avisa a seguridad: si Isabella sigue viva, vendrá por mí. Quiero un equipo en este hospital las veinticuatro horas.
Julián la miraba con una mezcla de asombro y adoración. Por primera vez, veía a la verdadera Alessandra, la mujer poderosa que él había intentado ignorar.
—Ve —le dijo él, con una sonrisa débil—. Ve y enséñales por qué nunca debieron meterse con mi esposa.
Alessandra le dio un beso suave en la frente, un beso que sabía a promesa de guerra, y salió de la habitación con el taconeo firme que una vez Julián despreció, pero que ahora era la música de su victoria.