Elías murió de la forma más absurda… y despertó dentro de su novela omegaverse favorita.
Ahora es Adrian Valmont, el omega dulce destinado a ser ignorado, humillado y finalmente morir de amor a manos de su esposo: el frío y arrogante duque alfa Cassian Armand.
Pero hay un problema.
Él ya conoce la historia.
Y esta vez no piensa esperar a que lo abandonen.
Decidido a cambiar su destino, Adrian exige el divorcio desde el principio. Sin embargo, el duque se niega a dejarlo ir. Lo que comienza como un matrimonio político sin amor se convierte en una batalla de orgullo, deseo y poder, donde el alfa que nunca miró atrás empieza a obsesionarse con el omega que ya no lo ama.
¿Podrá Adrian romper el destino que ya fue escrito…
o el duque hará todo lo posible por mantenerlo a su lado?
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EL FINAL DEL FIN
*** CAPITULO 1***
Elías nunca creyó en el destino.
Creía en las casualidades, en los errores humanos, en los cables mal conectados y en los estantes mal instalados. Creía en las historias, sobre todo en las historias. Eran lo único que, en su opinión, tenía sentido en un mundo que no lo tenía.
Tenía veinticuatro años, estudiaba literatura comparada y trabajaba medio tiempo en una pequeña librería de segunda mano en el centro de la ciudad. Su vida no era trágica, pero tampoco emocionante. Era tranquila. Predecible. Silenciosa.
Y a él le gustaba así.
Vivía solo en un departamento modesto en el cuarto piso de un edificio antiguo. Las paredes estaban cubiertas de estanterías repletas de novelas, mangas y ediciones especiales que había ido reuniendo con los años. No gastaba en ropa cara ni en salidas constantes; su mayor lujo eran los libros.
Entre todos ellos, había uno que ocupaba un lugar especial en su escritorio, siempre al alcance de su mano.
La Rosa del Duque Helado.
Una novela omegaverse que había encontrado por casualidad en un foro online. La historia del duque alfa más frío del reino, Cassian Armand, y su matrimonio político con el dulce omega Adrian Valmont.
Era melodramática. Exagerada. A veces desesperante.
Pero Elías la amaba.
Quizás porque Adrian le dolía.
Desde la primera lectura, había sentido una conexión incómoda con ese personaje. Adrian era amable hasta la autodestrucción. Siempre esperaba, siempre comprendía, siempre perdonaba. Amaba a un hombre que nunca le devolvía la mirada.
Elías odiaba eso.
Cada vez que releía la novela, se prometía que, si estuviera en el lugar de Adrian, haría todo diferente.
Yo me divorciaría en el capítulo tres, murmuraba a veces mientras pasaba las páginas.
Porque él no era de los que esperaban milagros.
Su rutina era sencilla.
Se levantaba temprano, preparaba café fuerte y tostadas con mantequilla, revisaba el correo electrónico mientras escuchaba música instrumental y luego salía hacia la librería. El lugar olía a papel viejo y madera. Su jefe era un hombre mayor que apenas hablaba, pero le dejaba total libertad para reorganizar estantes y recomendar lecturas a los clientes.
A Elías le gustaba observar.
Las parejas que discutían en la sección de romance. Los adolescentes que buscaban fantasía oscura. Las señoras que preguntaban por novelas históricas con finales felices.
A veces se preguntaba si alguien lo observaba a él.
No tenía muchos amigos. Algunos compañeros de la universidad con los que hablaba de vez en cuando. Un chat grupal que se activaba solo en época de exámenes. Nunca había tenido una relación larga. Un par de citas incómodas, un casi algo que no prosperó.
No era que no quisiera amar.
Simplemente no estaba dispuesto a rogar.
Tal vez por eso Adrian le dolía tanto.
Aquella noche, la última, todo parecía normal.
Había salido antes de la librería porque no había clientes. Pasó por el supermercado, compró ramen instantáneo y una bebida energética. Tenía pensado releer los últimos capítulos de la novela otra vez.
Era absurdo, lo sabía. Pero había algo casi terapéutico en anticipar la tragedia. En analizar los errores. En pensar cómo él lo habría hecho mejor.
El departamento estaba silencioso cuando entró.
Dejó las bolsas sobre la mesa, se quitó los zapatos y caminó descalzo hasta su habitación. La luz del atardecer teñía las paredes de naranja. Se sentó en la cama, tomó el libro y lo abrió justo en el capítulo 42.
Ahí donde todo empezaba a romperse.
Adrian, enfermo. Cassian, distante. La futura protagonista acercándose como una tormenta inevitable.
—Idiota —murmuró Elías, refiriéndose al duque.
Se recostó contra el respaldo de la cama. Estiró el brazo hacia la repisa superior para tomar un marcador que solía usar para señalar fragmentos que le enfadaban.
No lo vio.
No vio que la madera del estante, vieja y mal fijada desde hacía años se había aflojado. No vio el leve movimiento cuando apoyó el peso de su mano.
Solo escuchó el crujido.
Fue un segundo.
Un sonido seco.
Y luego, el mundo cayendo.
El estante completo se desprendió de la pared. Docenas de libros descendieron como una lluvia brutal. Elías apenas tuvo tiempo de girar el rostro antes de que el borde de madera impactara directamente contra su cabeza.
Dolor.
Un destello blanco.
El golpe lo lanzó hacia un lado. Su cuerpo cayó al suelo junto con los libros. Sintió algo caliente deslizándose por su sien.
Intentó moverse.
No pudo.
El techo parecía girar lentamente sobre él. El olor a polvo y papel llenaba el aire. Escuchaba un zumbido constante, como si alguien hubiera encendido un aparato eléctrico dentro de su cráneo.
“Qué forma tan estúpida de morir”, pensó, con una lucidez extraña.
Su mirada se movió, borrosa, hasta encontrar el libro abierto en el suelo. Las páginas manchadas por una gota roja.
El capítulo 47.
El capítulo donde Adrian moría.
La ironía casi le dio risa.
Intentó arrastrarse hacia el teléfono, pero su brazo apenas respondió. Su cuerpo se sentía pesado, distante. El frío comenzó a subirle por las extremidades.
Pensó en su madre, a la que no llamaba tanto como debería. En la librería. En el café de la mañana. En la novela.
En lo injusto que era que Adrian no tuviera una segunda oportunidad.
Su respiración se volvió irregular.
El zumbido creció.
Y luego…
Silencio.
No hubo túnel de luz.
No hubo juicio divino.
Solo una sensación de caída infinita.
Elías no sabía cuánto tiempo pasó. Podrían haber sido segundos o siglos. No había dolor. No había cuerpo. Solo una conciencia flotando en un espacio oscuro.
Y entonces, como si alguien pasara página en un libro gigante, todo cambió.
Frío.
Su primera sensación fue el frío.
Luego el peso de algo suave bajo su espalda.
El aroma a lavanda.
El murmullo distante de voces.
Sus párpados se abrieron lentamente.
El techo no era el de su departamento.
Era alto, decorado con molduras doradas y una lámpara de cristal.
Parpadeó.
Intentó moverse. Su cuerpo respondió.
Pero se sentía diferente.
Más liviano. Más delicado.
Escuchó pasos apresurados.
—Su Excelencia… gracias al cielo que ha despertado.
Una voz femenina. Temblorosa.
Elías giró el rostro.
Una joven vestida como criada lo miraba con los ojos llenos de alivio.
Confusión.
Su mente trató de ordenar la información.
“¿Hospital?”, pensó.
Pero no olía a desinfectante. No había máquinas. No había ruido urbano.
Bajó la mirada.
Sus manos.
Eran más finas. Más pálidas.
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
—¿Dónde… estoy? —preguntó.
Su voz era más suave. Más melodiosa.
La criada pareció sorprendida.
—En la residencia del duque, Su Excelencia. ¿Se encuentra bien?
El duque.
Elías sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
No.
No podía ser.
Se incorporó con dificultad y miró alrededor. Las cortinas azules. El bordado en la colcha. El espejo ornamentado frente a la cama.
Conocía ese lugar.
Lo había imaginado decenas de veces.
Se levantó tambaleante y caminó hasta el espejo.
El reflejo lo dejó sin aliento.
Cabello claro, ojos grandes y brillantes, facciones suaves y delicadas.
Hermoso.
Demasiado hermoso.
Adrian Valmont lo miraba desde el otro lado del cristal.
El omega dulce.
El omega destinado a morir.
Elías llevó una mano temblorosa a su pecho.
Sintió un latido fuerte.
Real.
Estaba vivo.
Pero no en su mundo.
Un recuerdo atravesó su mente como un relámpago: el estante, el golpe, la sangre.
Había muerto.
Y ahora…
Ahora estaba dentro de su historia favorita.
Dentro de una tragedia que conocía de memoria.
Su respiración se aceleró.
La criada dio un paso atrás.
—¿Llamo al duque?
El duque.
Cassian Armand.
El alfa frío.
El hombre que destruiría a Adrian sin siquiera notarlo.
Elías cerró los ojos un segundo.
Si esto era una segunda oportunidad, no la desperdiciaría llorando.
Si estaba atrapado en esa novela…
Entonces cambiaría el final.
Abrió los ojos nuevamente, esta vez con una determinación que no le pertenecía al Adrian original.
—No —dijo con calma—. No lo llames.
Porque esta vez…
Adrian no iba a esperar a que lo abandonaran.
Y si para sobrevivir tenía que romper la historia desde el principio…
Lo haría.
Aunque tuviera que enfrentarse al duque más aterrador del reino.
Después de todo, ya había muerto una vez.
No pensaba morir dos veces y menos por un matrimonio
Dando margen a que te diga, no. 😒. Deberías de haber llegado con el papel de divorcio o "¡quiero el divorcio!".
Y si te rechaza ir al consejo y exigir el divorcio.🤨🤨