Sigue a Valentina Márquez Santos, abogada humilde e hija ilegítima de un magnate. Tras ser traicionada en su boda y expulsada de su trabajo por defenderse de acoso, se convierte en asistente del amargado CEO Mateo Castellanos. Demuestra su valía al organizar el proyecto médico VidaPlus y salvar a su hija Sofía de un rapto, mientras enfrenta la envidia de Gitana, la hermana de la difunta esposa de Mateo. A pesar de que Mateo es insoportable, entre ellos surge una conexión, mientras Valentina lucha por su futuro y por hacer realidad un proyecto que cambiará vidas.
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UNA REUNIÓN EN EL CORAZÓN DE METROLIS
Al día siguiente de la demostración exitosa, Mateo llegó a mi oficina con una envoltura de documentos en la mano.
—Valentina —dijo, con su tono habitual de seriedad—. He decidido que irás conmigo a la reunión internacional de inversionistas para el proyecto VidaPlus. Se llevará a cabo esta noche a las 8:00 en el Restaurante El Cielo Azul, el más exclusivo de Metrolis. Necesito que expliques la parte legal y logística del plan de expansión.
—Entendido, señor Castellanos —respondí con firmeza—. Estaré lista a las 7:00.
A las 7:00 en punto, escuché el timbre de mi puerta. Mi casa era pequeña pero acogedora: paredes pintadas de color crema, muebles sencillos pero bien cuidados, y cada rincón ordenado a la perfección. Había aprendido desde pequeña a mantener todo limpio, aunque el tiempo fuera escaso. Me estaba ajustando los pendientes de perlas blancas cuando abrí la puerta.
Mateo estaba de pie en el umbral, vestido con su espectacular traje azul marino de seda, camisa blanca y corbata gris plateada. Lucía más guapo que nunca, con su cabello rubio peinado a la perfección y sus ojos azules que parecían brillar en la luz de la calle. Pero cuando vio mi vestido rosado de flores pequeñas, con escote en V y mangas largas que dejaban al descubierto mis hombros, se quedó paralizado por unos segundos, mirándome de pies a cabeza.
Mateo :
Mi cabello rojo estaba suelto sobre mis hombros, y llevaba solo un toque de maquillaje que realzaba mis ojos azules.
Valentina
—¿Estás lista? —preguntó finalmente, fingiendo indiferencia, pero noté cómo su voz temblaba ligeramente.
—Sí, solo falta coger mi bolso —respondí, invitándolo a entrar mientras cogía mi cartera negra de cuero.
Mateo entró en mi casa y se detuvo, mirando a su alrededor con sorpresa.
—No esperaba que... —comenzó, mirando los estantes ordenados con libros, las plantas en las esquinas y los cuadros pequeños que decoraban las paredes—. Está muy limpia y ordenada. Pensé que con tus horarios de trabajo no tendrías tiempo para esto.
—El orden es parte de mi vida —respondí, cerrando la puerta detrás de él—. Aunque la casa sea pequeña, es mía, y me gusta mantenerla como corresponde. No necesito una mansión para tener un hogar acogedor.
Mateo no respondió, pero su mirada mostraba admiración. Mientras bajábamos las escaleras hacia su coche, comenzamos a discutir por algo tan mínimo como la ruta que tomaríamos.
—Debemos ir por la avenida Central, es más rápido —dijo Mateo, encendiendo el motor.
—La avenida Central siempre tiene tráfico a estas horas —respondí, abrocharme el cinturón—. Mejor tomemos la calle lateral del parque, es más larga pero sin atascos.
—Yo soy quien maneja y quien decide la ruta —gritó, con su habitual enojo.
—Y yo soy quien conoce la ciudad mejor que tú, que siempre viajas en limusina con chofer —contesté, mirándolo a los ojos—. Si queremos llegar a tiempo, debemos tomar mi ruta. No soy tu asistente para hacer lo que tú quieras sin pensar: soy tu compañera de trabajo, y mis opiniones también cuentan.
Mateo apretó el volante, pero finalmente giró el volante hacia la calle del parque. Tenía razón: no había ningún atasco, y avanzamos sin problemas. El resto del camino discutimos de todo: el mejor modo de presentar el proyecto, los puntos clave que debíamos destacar, incluso qué plato pedir en el restaurante. Pero esta vez, nuestras discusiones no estaban cargadas de amargura, sino de un intercambio de ideas que demostraba cómo éramos complementarios.
Cuando llegamos al Restaurante El Cielo Azul, todos los presentes se quedaron mirándonos. El local era espectacular: paredes de cristal que daban a la ciudad iluminada, mesas cubiertas con manteles de lino blanco, y música clásica suave que llenaba el ambiente. Los invitados eran personas importantes del mundo de los negocios internacionales, vestidos con trajes y vestidos de diseñador. Al vernos entrar, muchos se preguntaban quiénes éramos, pensando que éramos celebridades o miembros de familias millonarias.
—Mira cómo todos nos miran —murmuró Mateo, con una sonrisa casi imperceptible—. Parecemos una pareja importante.
—Es porque lucimos como profesionales exitosos —respondí, caminando junto a él con cabeza alta—. Y porque el traje te queda muy bien, señor Castellanos.
Llegamos a la mesa reservada en la esquina, donde ya esperaban tres inversionistas internacionales: el Sr. Chen de China, la Sra. González de México y el Sr. Johnson de Estados Unidos. Al vernos acercarse, se levantaron para saludarnos.
—Señor Castellanos, un placer verlo de nuevo —dijo el Sr. Chen, estrechándole la mano—. Y esta encantadora joven debe ser su asistente ejecutiva, la Sra. Márquez Santos. Habíamos oído hablar de sus habilidades, pero no esperábamos encontrar a alguien tan... impresionante.
—Un placer conocerlos, estimados inversionistas —dije, estrechando sus manos con seguridad—. Espero poder explicarles por qué el proyecto VidaPlus es una oportunidad de inversión única, tanto económica como social.
Mientras esperábamos que nos sirvieran la cena, comenzamos la presentación. Mateo explicó la parte técnica y económica del proyecto, mientras yo complementaba con detalles legales, planes de distribución y análisis de impacto social en cada país donde planeábamos expandirnos. Los inversionistas escucharon con atención, haciendo preguntas que respondíamos en equipo, complementándonos el uno al otro.
—Nunca he visto a un equipo tan coordinado —dijo la Sra. González, sonriendo—. Ustedes no solo conocen de negocios, sino que realmente creen en lo que hacen. Eso es lo que buscamos en una inversión.
Durante la cena, las discusiones continuaron, pero con un ambiente más relajado. Mateo incluso sonrió en varias ocasiones, algo que nunca había visto hacer en la oficina. Cuando el Sr. Johnson hizo una broma sobre los trajes formales, yo respondí con una frase divertida que hizo reír a todos.
—¿Sabía usted que la ropa formal es como el proyecto VidaPlus? —dije, con una sonrisa—. Parece complicado y exclusivo al principio, pero cuando lo conoces bien, descubres que es funcional, accesible y puede cambiar muchas cosas para bien.
Mateo miró hacia mí con una expresión que nunca había visto antes: cariño y admiración. En ese momento, olvidamos que éramos jefe y asistente, que discutíamos por todo, que veníamos de mundos completamente diferentes. Solo existíamos nosotros dos y el proyecto que ambos amábamos.
Al finalizar la reunión, los inversionistas nos dijeron que estaban listos para firmar los acuerdos de inversión. Habíamos logrado lo que nadie creía posible: llevar el proyecto VidaPlus más allá de nuestras fronteras.
Mientras caminábamos hacia el coche, Mateo se detuvo y me miró a los ojos.
—Valentina... —comenzó, con la voz suave—. Hoy has sido increíble. No solo has demostrado tu profesionalismo, sino que también has hecho que esta reunión sea más fácil y... agradable. No sé qué haría sin ti.
—No tienes que decir nada, señor Castellanos —respondí, con la voz temblando ligeramente—. Hago mi trabajo porque me gusta y porque creo en este proyecto. Y porque... porque me gusta trabajar contigo, a pesar de nuestras discusiones.
Mateo se acercó un poco más, hasta que nuestras caras estaban muy cerca. Sus ojos azules miraban los míos, y sentí cómo mi corazón latía más rápido de lo normal.
que pena que alejandro solo este con ella para hacer daño