A los cuarenta y cinco años, Raquel Sanromán lo perdió todo en una sola noche.
Su esposo Miguel murió en un accidente de tráfico... acompañado de su amante. Pero la traición no terminó ahí. El testamento reveló la verdad más devastadora: durante años, Miguel planeó huir del país con Valeria Ochoa, llevándose millones robados de la empresa familiar y dejando a Raquel en la bancarrota absoluta.
Ahora es madre soltera de cinco hijos, dueña del veinticinco por ciento de una empresa en ruinas, y tiene quince días antes de perder su casa. Su hijo mayor la culpa por la caída de la familia. Las deudas la ahogan. Y Valeria, la amante que sobrevivió, ahora es dueña del cincuenta por ciento de lo que alguna vez fue su vida... y no descansará hasta verla mendigando en la calle.
Pero en su cumpleaños, en una noche de máscaras y champán, Raquel decide olvidarlo todo. Solo por unas horas. Solo para sentirse viva de nuevo.
Y entonces conoce a él.
Julian Harrington. Veintisiete años. Multimillonario.
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Capítulo 1.
Mis hermosas lectoras… 💋🔥
Bienvenidas a esta nueva locura llamada ME ENAMORÉ DEL CUÑADO DE MI HIJO.
Sí… leyeron bien.
Y no, no es una historia tranquila.
Aquí no hay medias tintas.
Aquí hay miradas que queman, manos que no deberían tocarse… pero lo hacen.
Hay pasión que desarma, posesión que asusta y un drama tan intenso que les va a apretar el pecho capítulo tras capítulo.
Esta no es una novela suave.
Es de esas que se leen con el corazón acelerado.
De las que te hacen decir: “esto está mal… pero no quiero que termine.”
Prepárense para una historia adictiva.
De esas que prometes leer “solo un capítulo más”… y cuando miras el reloj ya es madrugada.
Quiero que la vivan conmigo.
Que griten, que se enojen, que se enamoren, que sufran.
Porque si algo les prometo… es que no las voy a dejar indiferentes.
Gracias por estar aquí, por confiar en cada historia que nace de mi corazón.
Abróchense el cinturón… porque esto apenas comienza.
— CINVAN ✨
Pov Raquel
El reloj marcaba las once de la noche cuando finalmente me permití llorar. Había aguantado todo el día. Durante la reunión con los abogados que me miraban con lástima. Cuando el contador me explicó que la empresa tenía deudas por tres millones de dólares. Cuando la maestra llamó para preguntar si los trillizos seguirían asistiendo al colegio privado el próximo año. Pero ahora, sola en esta oficina que olía a derrota, con las facturas impagas apiladas sobre el escritorio y los documentos del testamento abiertos frente a mí, ya no tenía fuerzas para fingir.
Tomé el papel que había estado evitando leer todo el día. El informe de la aseguradora del accidente. Leí las palabras una y otra vez hasta que se volvieron borrosas:
"El señor Miguel Vivez viajaba acompañado de la señora Valeria Ochoa al momento del impacto. Ella resultó gravemente herida, pero sobrevivió. Él falleció en el acto."
Valeria Ochoa. La mujer que ahora era dueña del cincuenta por ciento de lo que alguna vez fue mi vida. Junto al informe estaban los boletos de avión que encontré escondidos en su estudio. Dos pasajes de primera clase a las Islas Caimán. Fecha de salida: tres días después del accidente. Ida sin retorno.
Iban a huir juntos.
Con el dinero que robó de la empresa. El dinero que nadie podía encontrar porque el muy hijo de puta lo escondió tan bien que ni sus propios abogados sabían dónde estaba.
Me llevé las manos a la cara y sollocé hasta que me dolieron las costillas.
Veinticinco años. Veinticinco malditos años entregados a un hombre que planeó abandonarme en la ruina mientras él disfrutaba de una vida de lujo con otra.
Y lo peor era que todos lo sabían menos yo. Los empleados. Los socios. Hasta mi propia madre me miró con lástima cuando se lo conté.
Apreté los puños sobre el escritorio hasta que los nudillos se me pusieron blancos.
—Cobarde —susurré entre dientes—. Cobarde de mierda.
Porque eso era. Un cobarde que prefirió morirse antes que enfrentarme.
La puerta se abrió de golpe.
—¡Raquel Sanromán, suelta esos malditos papeles ahora mismo!
Ana entró como un huracán, con tacones que resonaban contra el piso y un vestido rojo que parecía gritar vida. Llevaba el cabello suelto en ondas perfectas y los labios pintados de un carmín imposible.
Yo debía parecer un cadáver.
—Ana, ¿qué haces aquí? —pregunté con voz rota.
—Salvarte de ti misma —respondió, arrancándome los boletos de avión de las manos—. ¿Qué es esto? ¿Vas a pasarte el resto de tu vida ahogándote en el pasado?
—Hoy es mi cumpleaños —dije, y una risa amarga se me escapó—. Cuarenta y cinco años. Y lo único que tengo para celebrar es una montaña de deudas y un marido que planeaba huir del país con su amante.
—Exactamente por eso vamos a salir.
La miré como si hubiera perdido la razón.
—¿Salir? Estoy de luto, Ana.
—Ese desgraciado no merece tu luto —escupió con rabia—. Te engañó, te robó, planeaba dejarte en la ruina con cinco hijos mientras él se bronceaba en una playa del Caribe. Y tú sigues aquí, encerrada, dejando que te consuma. No, Raquel. Esta noche no.
Sacó una bolsa negra de su enorme cartera y la dejó caer sobre el escritorio.
—¿Qué es esto?
—Tu renacer —dijo con una sonrisa peligrosa—. Ábrela.
Lo hice con manos temblorosas. Dentro había un vestido negro que parecía hecho de pecado. Corto, ajustado, con un escote que jamás me habría atrevido a usar. Y debajo, envuelta en papel de seda, una máscara.
Un fénix. Dorado y rojo. Con plumas que parecían arder bajo la luz.
—Ana, yo no puedo…
—Sí puedes —me interrumpió, tomándome del brazo—. Es una fiesta de máscaras. Nadie sabe quién eres. Nadie puede juzgarte. Por una noche vas a dejar de ser la viuda perfecta y vas a volver a ser mujer.
Me quedé mirando la máscara. El ave que renace de sus cenizas.
Qué ironía tan cruel y perfecta.
—¿Y si me arrepiento?
—Entonces te arrepientes mañana —dijo Ana—. Pero esta noche, amiga mía, te vas a recordar que todavía estás viva.
No sé en qué momento acepté. Solo sé que me puse de pie y la seguí al baño como si estuviera en trance.
Me quité la blusa arrugada, los pantalones que olían a café derramado. Me miré al espejo y casi no me reconocí. Cuarenta y cinco años. Cinco hijos. Un cuerpo marcado por embarazos y cirugías que Miguel decidió por mí. Pechos demasiado firmes para mi edad. Caderas anchas. Estrías.
Pero también vi algo más: una mujer harta de llorar.
Me puse la lencería negra. Luego el vestido. Se ajustó a mi cuerpo como una segunda piel.
Y cuando me coloqué la máscara del fénix, la mujer del espejo cambió. Ya no era la viuda. Ya no era la madre agobiada.
Era alguien peligroso.
Salí del baño y Ana aplaudió.
—¡Ahí está mi Raquel!
La limusina nos esperaba afuera. Negra, elegante, con champán ya servido. Bebí mi copa de un trago para calmar los nervios.
—¿A dónde vamos?
—A un club privado. Hoy también es el cumpleaños de mi jefe, así que tenemos pases VIP —Ana sonrió—. Relájate. Nadie te va a reconocer.
No respondí. Solo cerré los ojos, pero la imagen de Valeria Ochoa en el funeral apareció de inmediato. Vestida de blanco. Llorando sobre el ataúd como si fuera la viuda.
Mientras todos me miraban con lástima.
La cornuda. La tonta.
Apreté la copa con fuerza.
La limusina se detuvo frente a una mansión de ensueño. Jardines iluminados. Fuentes de mármol. Puertas dobles talladas.
Una mujer con máscara de zorro nos recibió.
—Bienvenidas. Los teléfonos están prohibidos y no pueden revelar su identidad. ¿Entendido?
—Entendido —respondió Ana.
Las puertas se abrieron y el mundo cambió.
Música suave. Luces tenues. Una bailarina danzaba semidesnuda en el centro del salón. Hombres y mujeres con máscaras reían, bebían, conversaban.
Nadie me conocía aquí.
Por primera vez en meses, pude respirar. Nos sentamos en una mesa y pedimos cócteles. Yo un Martini. Ana un Manhattan.
Y entonces los vi.
Dos hombres.
Uno con máscara de tigre. El otro con máscara de león.
Y el del león me clavó la mirada.
No fue casual. Me miró como si pudiera desnudarme a través de la máscara. Como si supiera exactamente quién era y qué hacía aquí.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
Se acercó con pasos seguros, felinos. Alto. Hombros anchos. Un traje negro que se ajustaba perfectamente a un cuerpo que claramente cuidaba.
—Ana —dijo con voz grave—. Me alegra que hayas venido.
—Jefe, ¿cómo me reconociste?
Él sonrió. Una sonrisa depredadora.
—Tu perfume es inconfundible.
Entonces se volvió hacia mí y sentí cómo el aire se volvía denso.
—¿Y tú? —su voz bajó una octava—. Jazmín silvestre.
No era una pregunta.
—¿Cómo…?
—Me gusta trabajar con perfumes —dijo, sentándose a mi lado sin pedir permiso. Tan cerca que pude sentir el calor de su cuerpo—. Y un aroma como el tuyo no se olvida jamás.
Su presencia era abrumadora. Masculina. Peligrosa.
Pidió whisky. Yo pedí otro Martini porque necesitaba algo que hacer con las manos.
Ana y el hombre del tigre empezaron a conversar, pero yo solo podía concentrarme en él. En cómo me miraba. En cómo su rodilla rozaba la mía debajo de la mesa.
—¿Hace cuánto que no bailas? —preguntó de repente.
—¿Perdón?
—Tienes las manos tensas. Los hombros rígidos. Hace mucho que no te diviertes, ¿verdad?
Me quedé sin palabras.
La música cambió a algo más sensual y él se puso de pie, tendiéndome la mano.
—Baila conmigo.
No era una petición. Era una orden suave, irresistible.
Dudé, pero Ana me dio un codazo y me puse de pie.
Su mano era grande, cálida, firme. Me guió a la pista y me colocó una mano en la cintura, justo en la curva donde el vestido se ajustaba. La otra tomó la mía.
Y empezamos a movernos.
Bailaba bien. Muy bien. Me guiaba con una seguridad que hacía que mi cuerpo lo siguiera sin pensar. Me acercó más hasta que nuestros cuerpos quedaron pegados.
—Llevas perfume de jazmín porque quieres que te noten, pero escoges negro porque quieres desaparecer —murmuró contra mi oído—. ¿Cuál es la verdadera tú?
Su aliento rozó mi cuello y sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado.
—No te conozco —respondí, pero mi voz sonó débil.
—Exacto —dijo, y su mano bajó un poco más por mi espalda—. Por eso puedes ser quien quieras esta noche.
Bebimos más. Bailamos más. Y en algún momento Ana desapareció con el hombre del tigre.
Estábamos solos.
Él me llevó de regreso a la mesa, pero no se sentó frente a mí. Se sentó a mi lado, tan cerca que pude ver las motas doradas en sus ojos a través de la máscara.
—¿Sabes qué me gusta de las máscaras? —preguntó, y su voz era puro terciopelo oscuro.
—¿Qué?
—Que te permiten ser honesta sin consecuencias.
Su mano rozó la mía sobre la mesa. Un toque ligero, casual, pero que me quemó la piel.
—Así que dime, Raquel —se inclinó hasta que sus labios quedaron a centímetros de mi oído—, ¿quieres divertirte de verdad?