"Nuestras familias se han odiado por generaciones, pero ahora, él tiene el poder de destruirme... o salvarme.
Mi padre cometió el error de su vida y la única forma de pagar la deuda es entregándome a Damian Volkov, el hombre más despiadado de la ciudad y mi rival desde la infancia. Él no quiere mi dinero; quiere mi libertad, mi obediencia y, sobre todo, quiere verme quebrada bajo su control.
Juré que lo odiaría hasta mi último aliento, pero en la oscuridad de su mansión, el deseo es una traición que no puedo controlar. Damian juega sucio, y yo... estoy empezando a disfrutar del castigo.
¿Podrá el odio sobrevivir a la pasión, o terminaré destruida por el hombre que juré jamás tocar?"
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Invitada por obligación
Tras la noche de furia y el encierro bajo llave, el amanecer en la mansión Volkov se sintió más frío que de costumbre. Alessandra pasó la mañana en un silencio tenso, mirando el anillo de diamantes sobre la mesita de noche como si fuera una sentencia. Sin embargo, a mediodía, la puerta se abrió y una de las empleadas de confianza de Damian entró con una caja de una boutique exclusiva de Venecia.
—El señor Volkov ordena que se prepare. Hay una recepción íntima esta noche en la villa de la familia. Un coche vendrá por usted a las siete —dijo la mujer, dejando un vestido de seda color esmeralda sobre la cama.
Alessandra no tuvo opción. Sabía que "ordenar" en el vocabulario de Damian era sinónimo de "obligar". Se vistió mecánicamente, dejando que la tela fría se deslizara por su cuerpo, y se colocó el anillo de su madre con un nudo en el estómago. Si Damian quería exhibirla como su trofeo tras haberla humillado, ella le daría la guerra más silenciosa de su vida.
El trayecto hacia la villa principal de los Volkov, una propiedad histórica que olía a incienso y a poder antiguo, fue una tortura de nervios. Al llegar, Damian la esperaba en la entrada. Estaba impecable, con un esmoquin que acentuaba su figura imponente, pero su mirada seguía siendo ese muro de hielo gris que ella no lograba flanquear.
—Mantén la cabeza alta y no hables a menos que te pregunten —ordenó Damian, tomando su brazo con una firmeza que no admitía réplica—. Esta es una reunión de familias aliadas. No me avergüences.
—Lo que te avergüenza es que todos sepan que tuviste que comprarme, Damian —susurró ella, pero él solo apretó más su agarre y la condujo hacia el salón principal.
El ambiente era de un lujo asfixiante. Había pocas personas, pero todas portaban apellidos que habían gobernado el comercio italiano por siglos. Todo transcurría bajo una cortesía fingida hasta que, desde la terraza que daba al jardín de los limoneros, una figura emergió captando todas las miradas.
—¿Damian? No puedo creer que el destino sea tan generoso hoy.
La voz era una caricia de seda, profunda y cargada de una seguridad absoluta. Alessandra sintió cómo los dedos de Damian se tensaban sobre su brazo de una forma que nunca había experimentado: no era rabia, era una alerta instintiva.
Frente a ellos apareció una mujer cuya belleza era, sencillamente, perfecta. Tenía el cabello oscuro recogido en un moño bajo que resaltaba un cuello largo de cisne, y unos ojos verdes que brillaban con una inteligencia felina. Su vestido, de un rojo sangre profundo, gritaba que ella no necesitaba pedir permiso para entrar a ningún lugar.
—Vittoria D’Angelo —pronunció Damian. Su voz sonó extrañamente baja, casi cautelosa.
Vittoria se acercó con una sonrisa radiante, ignorando por completo a Alessandra como si fuera parte del mobiliario. Los D’Angelo eran los únicos que podían competir en riqueza y crueldad con los Volkov. Vittoria se había ido a Londres hacía años para manejar las sucursales bancarias de su familia, dejando una relación con Damian que nunca tuvo un cierre, solo una pausa forzada por los negocios.
—He vuelto, Damian. Y veo que Venecia te ha mantenido muy ocupado —dijo Vittoria, depositando un beso en la mejilla de él, una cercanía que hizo que a Alessandra le hirviera la sangre—. No me han presentado a tu... acompañante. ¿Alguna protegida de la familia Cavalli? He oído que están liquidando hasta el último de sus activos.
—Alessandra Cavalli —respondió Damian con voz seca, recuperando su máscara—. Está bajo mi custodia personal.
Vittoria soltó una risita melodiosa mientras recorría a Alessandra con una mirada de arriba abajo, deteniéndose un segundo de más en el anillo de diamantes.
—Custodia. Qué palabra tan sugerente —Vittoria volvió a mirar a Damian, ignorando a Alessandra de nuevo—. Mi padre está ansioso por cenar contigo, querido. Dice que las rutas que dejamos pendientes en el Adriático necesitan un toque femenino para prosperar. Ya sabes que lo nuestro siempre fue una sociedad perfecta... en todos los sentidos.
Vittoria puso una mano sobre el pecho de Damian, justo sobre su corazón, y él no la apartó. Alessandra se sintió pequeña, una intrusa en un mundo de gigantes donde ella solo era el daño colateral de una deuda, mientras Vittoria D'Angelo era la reina que regresaba a reclamar su trono.