Charlotte, doncella bastarda de la casa Elara. su destino está maldito por su hermana. la única manera de salvarse es casándose con el hombre más malvado del reino. Nathaniel Cyrus.
Las reencarnaciones tiene a sus favoritos y a sus mejores guerreros.
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Capitulo 1: El inicio.
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El amanecer en la casa Elara era ruidoso desde temprano porque los sirvientes corrían por los pasillos con cuentas, cajas, telas, listas de pedidos y discusiones sobre envíos retrasados, el olor a tinta y a pergamino se unia con el del pan recién horneado, y desde el patio se oían las ruedas de los carruajes cargados de mercancía, porque la familia Elara no vivía del prestigio sino del comercio, y todo en esa casa giraba alrededor del dinero y de cómo multiplicarlo.
Charlotte abrió los ojos antes de que tocaran a su puerta.
Se quedó mirando el techo unos segundos, respirando con calma, sintiendo el peso del cuerpo, el roce de las sábanas limpias, la rigidez del colchón.
Seguía siendo Charlotte. O más bien, seguía atrapada en el cuerpo de Charlotte.
Se sentó despacio y se llevó una mano a la frente. Todavía recordaba con claridad el último momento de su vida anterior.
El sabor amargo de la pastilla para el dolor de cabeza, la prisa por tragarla sin agua, la sensación de que se quedaba atorada, el aire que no entraba, el pecho ardiendo, el intento torpe de pedir ayuda y la conciencia apagándose mientras pensaba, con fastidio, que ni siquiera estaba muriendo de algo importante.
No fue un accidente o una tragedia. Fue peor.
Juno había muerto por descuido. Una vida común que terminó de forma ridícula.
Y luego había despertado ahí. En una cama demasiado grande, con cortinas caras, en una habitación que no reconocía, con recuerdos ajenos mezclándose con los suyos como si alguien hubiera forzado dos historias a convivir en la misma cabeza.
—Quiero una arepa frita.— fue lo primero que balbuceo esta mañana.
Habían pasado meses desde ese día, pero aún había mañanas en que necesitaba varios segundos para aceptar que no volvería a su antiguo apartamento ni a su trabajo mediocre ni a su rutina sencilla.
Ahora era Charlotte de Elara.
La hija menor.
La bastarda.
Soltó un suspiro largo y se levantó. La habitación era amplia, con muebles de madera oscura, alfombra gruesa y un armario lleno de vestidos finos que jamás habría podido pagar en su vida anterior. Tenía joyas, perfumes, peines de plata.
Todo lo necesario para parecer una señorita respetable.
Nada de eso cambiaba la forma en que la miraban. Se cambió con calma y bajó al comedor.
Sus hermanos ya estaban sentados. Harry hojeaba unos documentos mientras comía sin levantar la vista, serio, siempre ocupado, siempre con esa expresión de alguien que considera una molestia cualquier cosa que no sea negocio. Paula removía el té con movimientos lentos, elegantes, cuidando cada gesto como si hubiera público observándola.
Cuando Charlotte entró, ninguno saludó. Tomó asiento sin hacer ruido.
Una sirvienta le sirvió el desayuno.
Harry habló primero, sin mirarla.
—Llegas tarde.
—Son cinco minutos —respondió Charlotte con tranquilidad.
—Cinco minutos también son tiempo perdido.
—Entonces levantarme antes no hará que el comercio de la casa prospere más rápido.
Harry chasqueó la lengua, molesto por la respuesta.
—Eres un asco.
— Cállate Harry Poter
Paula sonrió apenas.
—Hermana, deberías hablar menos —dijo con voz suave—. No queda bien.
Charlotte la miró de frente.
—¿Qué no queda bien?
—Que olvides tu posición.
—Mi posición es sentarme a desayunar, ¿no?
Paula dejó la taza con cuidado.
—No eres graciosa.
—Ni siquiera me esfuerzo.
El silencio se volvió pesado.
Harry dobló los papeles.
—Padre habló ayer con la familia Rensford.
Charlotte ya sabía lo que venía. Aun así preguntó.
—¿Y?
—El hijo mayor busca esposa.
Paula soltó una risa baja.
—Dicen que es muy apasionado.
Charlotte la miró y habló.
— También dicen que golpea a sus prometidas.
Paula encogió los hombros.
— Son rumores.
— Tres compromisos cancelados por moretones no son rumores.
Harry la miró por fin.
— No estás en posición de elegir.
Charlotte sostuvo su mirada sin bajar la cabeza.
— ¿Van a venderme?
— No exageres.
— Entonces ¿cómo lo llamas?
Harry habló con tono seco, como si explicara algo obvio.
— Te damos habitación, ropa, comida, educación. Es lógico que contribuyas a la familia.
Charlotte sonrió apenas.
— Contribuir. Entiendo.
Paula inclinó la cabeza hacia ella.
— Además deberías estar agradecida. No cualquiera aceptaría casarse contigo.
La palabra contigo llevaba desprecio. Charlotte terminó de comer sin responder.
Ya no le dolía.
Al principio sí. Cuando despertó como Charlotte y recibió ese trato, la confusión y la humillación la golpearon fuerte.
Ahora lo veía con distancia.
Ellos nunca la habían considerado familia.
Era un objeto útil. Nada más. Se levantó.
— Tengo cosas que hacer.
Harry no contestó.
Paula la observó mientras se iba. Esa mirada nunca le gustaba. No era solo desdén, era algo más oscuro.
Celos.
Desde que tenía memoria, Charlotte había sido más alta, más fina de rostro, con ese cabello plateado poco común y los ojos lila que llamaban la atención sin esfuerzo. Incluso sin intención, destacaba.
Paula lo odiaba.
Y Juno, con los recuerdos de la historia original, sabía hasta dónde llegaba ese odio.
Caminó por el pasillo y cerró la puerta de su habitación. Se sentó en la cama y abrió el cajón secreto del escritorio.
Ahí guardaba el libro. Era su memoria.
La novela trágica que había leído antes de morir. Recordaba cada detalle porque la había terminado la noche anterior al accidente.
La protagonista, el duque, la familia Elara, la bastarda inútil que muere joven; Charlotte.
En la historia, Charlotte enfermaba poco a poco. Primero mareos, luego fiebre, después una debilidad hasta no poder levantarse de la cama.
Nadie investigo. Ni mucho menos se preocupaba. Simplemente murió.
Charlotte cerró los ojos.
— Maldición —murmuró—. Fue una maldición.
No era una enfermedad.
Era una mal. Paula había pagado por hacerle ese trabajo.
Lo supo cuando empezó a notar los detalles extraños mientras leía la historia: el té con olor diferente, los susurros con una mujer encapuchada que entraba por la puerta trasera, la sonrisa satisfecha de su hermana cada vez que Charlotte tosía.
Y lo peor de todo.
La condición que tenía para romper la maldición; obtener el amor del hombre más despreciable del mundo.
Nathaniel Cyrus.
El duque repudiado. El hombre al que todos temían y odiaban.
En la novela, la Charlotte original intentaba acercarse a él con timidez y buenas intenciones. Fracasaba. Él la ignoraba y ella moría.
Pero Juno no era esa chica. Juno no creía en la ingenuidad para ganarse al duque. Creía en negociar.
Se miró al espejo.
— No voy a morirme por quedarme quieta —dijo en voz baja.
Su reflejo la miró con determinación. Necesitaba casarse. Si era su esposa, nadie se atrevería a tocarla. Ni siquiera Paula. Y quizás podría romper la maldición.
Se levantó, tomó papel y pluma, y empezó a hacer una lista. Eventos sociales donde el duque asistiría. Fiestas en su casa. Reuniones comerciales.
Todo lo que recordaba de la historia.
— Entonces así será —murmuró mientras escribía—. No voy a suplicar cariño. Voy a cerrar un trato. Compraré su amor.
Su estómago se contrajo de repente. Un dolor leve. Se quedó quieta y respiró. No era fuerte. Pero lo reconoció. Era el primer síntoma. El reloj ya estaba corriendo.
Charlotte apretó la pluma con fuerza.
— Nathaniel Cyrus —susurró—. Te guste o no, te vas a casar conmigo.
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Muchas gracias por leer. No olvide darle me gusta al capitulo y comentar. ayudaría mucho y me motiva a darle maratón sucesivamente.
Así que comienza uno de siete capitulos.
buen Charlotte muestra tus💪