Sigue a Valentina Márquez Santos, abogada humilde e hija ilegítima de un magnate. Tras ser traicionada en su boda y expulsada de su trabajo por defenderse de acoso, se convierte en asistente del amargado CEO Mateo Castellanos. Demuestra su valía al organizar el proyecto médico VidaPlus y salvar a su hija Sofía de un rapto, mientras enfrenta la envidia de Gitana, la hermana de la difunta esposa de Mateo. A pesar de que Mateo es insoportable, entre ellos surge una conexión, mientras Valentina lucha por su futuro y por hacer realidad un proyecto que cambiará vidas.
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TENSIONES Y RECUERDOS
Mientras yo me refugiaba en la cocina, intentando calmar los latidos rápidos de mi corazón, mi teléfono volvió a sonar. Era Santiago, con la voz un poco alterada por el tráfico que se oía de fondo.
—Valentina, disculpa la molestia —dijo—. El accidente en la carretera principal ha cerrado completamente la vía. Hay más de diez kilómetros de cola y los policías dicen que tardarán al menos tres horas en despejarlo. No podremos llegar hoy, es imposible. He decidido llevar a Odette al Hotel Las Palmas, que está a unos veinte minutos del aeropuerto. Es el mejor de la zona, con todas las comodidades. Mañana temprano, a las ocho en punto, iremos directamente a la hacienda. Espero que no sea inconveniente para ustedes.
—Claro que no, Santiago —respondí, tratando de mantener la voz estable a pesar de los nervios que aún me embargaban—. Cuídense mucho, y avísenos cuando estén de camino para preparar el desayuno. Odette debe estar cansado después del vuelo.
—Eso es lo que pensé —contestó él—. Ya le he pedido que nos preparen una habitación doble cómoda y he encargado una cena ligera para él. Hablamos mañana.
Después de colgar, me pasé unos minutos apoyada en la encimera de la cocina, cerrando los ojos y tratando de ordenar mis pensamientos. La imagen de Mateo desnudo seguía rondando por mi cabeza, acompañada de la sensación de haber tocado lo que creí que era una serpiente. ¡Cómo iba a explicarme eso! Soy una mujer virgen, he vivido toda mi vida en los barrios bajos, trabajando duro para estudiar y sacar adelante a mi madre antes de que ella muriera. Nunca había tenido una relación seria, ni siquiera había besado a un hombre con verdadero sentimiento, y ahora... ahora había visto la parte más íntima de mi jefe, el hombre más poderoso y atractivo que había conocido en mi vida.
Con un suspiro, me puse manos a la obra para terminar de preparar la comida. Había hecho una ensalada de berros frescos del huerto de la hacienda, mezclada con rodajas de naranja cara cara, camarones gambas cocidos en limón y perejil, aderezada con aceite de oliva virgen extra y un toque de miel. Además, el pollo asado con hierbas —romero, tomillo y albahaca que yo misma había recolectado en el jardín— estaba dorado y oliendo a gloria, y la tarta de manzana con canela y nueces picadas estaba lista para llevar al horno.
Cada plato lucía impecable, dispuesto con cuidado en los platos de porcelana blanca con bordes dorados de la hacienda. Cuando terminé, llevé todo al comedor principal, donde la gran mesa de roble macizo brillaba bajo la luz de los candelabros de cristal de Bohemia. Las sillas tapizadas en terciopelo rojo parecían esperar a sus invitados, y los jarrones con flores silvestres del campo añadían un toque de color natural al ambiente lujoso.
Mientras ponía los cubiertos de plata y servía el pan casero caliente en la canasta de mimbre, escuché los pasos de Mateo bajando las escaleras. Intenté concentrarme en acomodar los vasos de cristal, evitando a toda costa levantar la mirada y encontrarme con la suya. Pero sentía su presencia cerca, el aroma de su perfume de madera y vainilla que siempre llevaba, y me costaba trabajo respirar con normalidad.
Mateo se sentó en su lugar habitual, al frente de la mesa, pero no alzó los cubiertos de inmediato. Después de unos segundos de silencio cargado, se levantó lentamente y se acercó a mí, parándose a mi lado con esa presencia imponente que siempre tenía.
—Valentina —dijo con voz baja y calmada, tan diferente a su tono usualmente altanero—. Quiero pedirte disculpas sinceras por lo del baño. No debería haber entrado sin asegurarme de que la habitación estaba vacía. Sabía que las cocineras usan algunos cuartos para guardar utensilios, pero no pensé que tú estarías ahí. Fue una falta de respeto por mi parte, y no quiero que pienses que soy un hombre sin educación.
Yo me ruboricé de la cabeza a los pies, sintiendo cómo el calor subía por mi cuello y mis mejillas se ponían como tomates. Bajé la mirada hasta mis manos, que temblaban ligeramente mientras ajustaba la servilleta de lino blanco.
—No es nada, señor Mateo —murmuré, casi sin voz—. También fui yo quien entró sin preguntar qué cuarto era. Vi que la puerta estaba abierta y pensé que era un cuarto de almacenamiento. Ya está olvidado, realmente.
El extendió su mano derecha y alzó mi barbilla con su dedo índice, haciéndome levantar la mirada y encontrarme con sus ojos azules, que en ese momento parecían más oscuros que de costumbre, cargados de una emoción que no lograba identificar.
—No está olvidado para mí —dijo con sinceridad, acariciando suavemente mi mejilla con su pulgar—. Quiero que sepas que te tengo el máximo respeto. Eres una profesional excelente, una mujer fuerte y valiente. No quiero que este incidente afecte nuestra relación de trabajo ni el respeto que te tengo.
—Está bien —respondí, asintiendo mientras me agarraba a mí misma para no derrumbarme—. Acepto tus disculpas. Y yo también te pido perdón por mi reacción tan exagerada... y por lo de la "serpiente". No sabía qué pensar en ese momento, solo sentí algo grande y caliente entre mis manos y se me fue la voz.
Mateo sonrió levemente, mostrando sus dientes blancos y rompiendo un poco la tensión que había entre nosotros. Su mano se deslizó suavemente de mi rostro a mi hombro, dándome un ligero apretón de apoyo.
—No te preocupes por eso —dijo, volviendo a sentarse en su lugar—. De hecho, me hizo gracia un poco. Nunca nadie había comparado mi... eh... mi anatomía con una serpiente. Ahora, déjame probar esta comida que seguro está deliciosa. Me he sentido como un niño esperando el postre desde que te vi entrar a la cocina.
Como siempre, se comió todo con gran gusto, elogiando cada plato y preguntándome sobre las recetas, los ingredientes y los secretos que usaba para darle sabor a la comida. Me contó que su esposa, Elena, también había sido una excelente cocinera, y que desde que ella murió, nunca había vuelto a comer algo que le recordara tanto el sabor de la casa.
—Esta ensalada es espectacular —dijo, llevándose otro bocado a la boca—. Los berros están crujientes, la naranja le da un toque ácido perfecto y los camarones están jugosos. ¿Cómo hiciste la vinagreta?
—Es una receta de mi abuelo—respondí, sintiéndome un poco más relajada—. Mezcla de aceite de oliva, miel de abeja de nuestro viejo colmillo, jugo de limón y un poco de mostaza Dijon. Es sencilla pero le da mucho sabor.
que pena que alejandro solo este con ella para hacer daño