Alina Rinaldi siempre ha sabido cuál es su lugar: obedecer, callar y sobrevivir dentro de un clan que nunca ha sido realmente suyo.
Adriano Vassari nació para mandar. Como heredero de una de las dinastías más poderosas, su futuro ya está escrito… incluso si eso significa casarse con una desconocida.
Cuando sus caminos se cruzan lejos de las reglas y los nombres que los atan, lo que comienza como un encuentro casual se convierte en algo imposible de ignorar.
Pero en un mundo donde la sangre lo define todo, hay verdades que no pueden ocultarse para siempre.
Y cuando salgan a la luz, no solo destruirán el acuerdo que los une…
podrían destruirlos a ellos también.
NovelToon tiene autorización de N. Garzón para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 13
Alina
Había algo en Adriano que no lograba entender del todo.
Conmigo…
era distinto.
Dulce.
Atento.
Paciente.
Me escuchaba.
Me abrazaba en silencio cuando el sol comenzaba a caer, como si ese momento del día le perteneciera solo a nosotros.
Pero afuera…
era otra persona.
Y eso me hacía preguntarme…
¿qué tan roto tenía que estar un hombre para que el mundo entero le temiera?
Esa tarde estaba entre sus piernas, recostada sobre su pecho, mientras sus brazos rodeaban mi cintura con naturalidad.
Su respiración era tranquila.
La mía también.
Hasta que tomó su teléfono.
—Debo mostrarte algo.
Hice una mueca.
—¿No puede esperar a mañana?
—No —respondió, besando mi sien—. Camina, perezosa. Los de tu edad tienen muy poca energía.
Me giré para mirarlo.
—Cállate, Adriano.
Él rió.
—¿Nacieron cansados o qué?
Me levanté.
—Tú eres un anciano con demasiada energía, eso es lo que pasa.
Salimos de la casa.
—No voy a salir vestida así —protesté.
—Estás bien —dijo con calma—. Nadie te va a ver.
Me abrió la puerta como siempre.
Suspiré.
—Vamos a caminar, Adriano. Claro que me van a ver.
Se inclinó y besó mis labios.
—Confía en mí.
Caminamos unos minutos.
Hasta que llegamos a una propiedad contigua.
Fruncí el ceño.
Y entonces…
la vi.
—No puede ser…
Mi yegua.
Corrí sin pensarlo.
Ella me reconoció de inmediato, relinchando y moviéndose con energía.
La abracé.
—Te extrañé tanto…
Sentí los ojos húmedos.
—Gracias —le dije a Adriano cuando volvió a mi lado—. En serio… gracias.
—No es nada —respondió—. Esa entrada se va a cerrar, pero podrás acceder desde ese lado.
Señaló.
—¿Cuándo la trajiste?
—Hoy. Se tardaron más de lo necesario en terminar todo esto.
Miré los establos.
Perfectos.
Amplios.
Pensados.
Para mí.
—Puedes tener más caballos si quieres —añadió—. Hay espacio suficiente.
Lo miré.
Y en ese momento entendí algo.
Él sí escuchaba.
Siempre.
Se alejó para atender una llamada.
Yo me quedé con mi yegua, acariciándola, dándole comida.
Era feliz.
Simplemente… feliz.
Cuando volvió, su expresión era distinta.
Más seria.
—El viernes tenemos un evento.
—¿La gala anual?
—Sí.
—¿Hay algún color prohibido?
—El dorado. O cualquier tono similar.
Asentí.
—Lo tendré en cuenta.
Me acerqué.
Lo besé.
Una vez.
Otra.
Y otra más.
Hasta que la cercanía se volvió inevitable.
La tensión.
El calor.
La necesidad.
Nos envolvió.
Ahí.
Entre el silencio del lugar.
Entre lo prohibido y lo correcto.
Y por un momento…
olvidé todo lo demás.
Los días pasaron rápido.
Demasiado.
Fui con mi madre a buscar el vestido.
Ella estaba nerviosa.
—Nunca nos habían invitado a algo así.
Sonreí.
—Todo estará bien.
—Tu padre está emocionado… pero no sabe ni usar un smoking.
Reí suavemente.
—Adriano dijo que debe ser clásico. Y nada de dorado.
—Los ricos son raros.
—¡Mamá!
Mientras me probaba vestidos, me observó en silencio.
—¿Es bueno contigo?
La miré.
—Sí.
—Me alegra —dijo—. Tenía miedo… por todo lo que dicen.
Sonreí apenas.
—No todo es como parece.
Adriano nos recogió.
Dejó a mi madre en casa.
—No tenías que venir.
—Es lo mínimo.
Siempre así.
Pequeños detalles.
Grandes significados.
—¿Encontraste el vestido?
—Sí.
—Bien.
—¿Y tú?
—Ya lo tengo.
—No suenas emocionado.
—Voy a esos eventos desde niño —respondió—. Es más una obligación que otra cosa.
—¿Qué hacen ahí?
—Negocios. Tratos. Bebidas. Bailes… y juegos.
Fruncí el ceño.
—¿Juegos?
—Cosas simples. Ajedrez, billar, póker, croquet, incluso cricket. Tradiciones absurdas para gente con demasiado dinero.
Reí.
—Tal vez me divierta.
Me miró de reojo.
—Tal vez.
Hizo una pausa.
—El próximo año será tu responsabilidad.
—¿Qué?
—Organizarlo.
—No, Adriano…
—Sí, Alina. Estos eventos no los organizan hombres. Los detalles… la atmósfera… eso lo construyen ustedes.
Lo miré en silencio.
Había algo en su forma de decirlo…
que no era una orden.
Era confianza.
El día llegó.
Llevaba un vestido largo, de caída elegante, en un tono profundo entre vino y negro, que resaltaba mi piel. La espalda descubierta, con delicados tirantes que cruzaban sutilmente. El maquillaje era suave, con labios en tono natural y ojos ligeramente ahumados. Mi cabello recogido en un moño bajo, dejando algunos mechones sueltos.
Me sentía… diferente.
Segura.
Bajé las escaleras.
Adriano estaba esperándome.
Se quedó en silencio unos segundos.
—Te ves hermosa.
Sonreí.
—Gracias.
Acarició mi mejilla.
Me besó.
—Cuidado con el maquillaje —advertí.
Hizo una pequeña mueca.
Reí.
El evento era… impresionante.
Lujo.
Elegancia.
Detalles dorados en cada rincón.
Saludamos a todos.
Hasta que Alessandro nos llamó.
—El próximo año será tuyo —dijo, mirándome fijamente.
Asentí.
Sin opción.
Salimos.
—Diviértanse.
Bailé con Adriano.
Y las miradas…
no paraban.
—Nos están viendo mucho —susurré.
—Nunca bailo con nadie.
Lo abracé más fuerte.
Luego fui al baño con mi madre.
—¿Enzo tiene la marca?
Me tensé.
—¿Qué marca?
—La del pecho.
—No lo sé…
—¿Adriano la tiene?
Mi corazón se detuvo un segundo.
—¿Por qué preguntas?
—Quien la tiene… hereda.
Silencio.
—Escuché a la madre de Úrsula.
No respondí.
No podía.
Salimos del baño.
Y entonces…
todo cambió.
Las luces se apagaron.
El aire se llenó de humo.
Los vidrios…
estallaron.
Gritos.
Caos.
Personas corriendo.
—¡Adriano! —grité.
Pero no lo veía.
No lo encontraba.
Mi corazón latía con fuerza.
Demasiada.
Y entonces…
unas manos.
Fuertes.
Me tomaron por la cintura.
—¡Suéltame!
Golpeé.
Grité.
Intenté zafarme.
Pero era inútil.
—¡ADRIANO!
Un golpe seco en la cabeza.
Dolor.
Oscuridad.
Y lo último que pensé…
antes de perder el conocimiento fue:
¿Dónde estaba él… cuando más lo necesitaba?