Ella no recuerda nada. Él no puede olvidar. Atados por una maldición que los obliga a renacer para perderse, Rose y Dagmar se encuentran de nuevo en el siglo XXI. Él es un brujo que desafía las leyes de la magia; ella, una estudiante de arte que ignora su pasado real. ¿Podrá esta vez, Dagmar cambiar el destino?
NovelToon tiene autorización de Estefaniavv para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 3: El centinela
El turno en el café fue una tortura de tres horas. Y él estuvo allí todo el tiempo. Dagmar se sentó en la misma mesa del rincón, frente al ventanal. Pidió solo un agua y se mantuvo inmóvil, como una estatua tallada en obsidiana. Sentía su mirada sobre mí cada vez que le daba la espalda, pero cuando yo lo miraba, él fingía interés por la calle.
Al terminar mi turno, regresé a casa exhausta. Comí algo ligero bajo la mirada vigilante de mis tías y me desplomé en la cama. El sueño me reclamó de inmediato, pero esta vez fue diferente.
Estábamos en una habitación oscura, iluminada solo por velas que se consumían. Yo estaba llorando.
—¿Por qué no podemos estar juntos? —le pregunté a la silueta frente a mí.
—Porque no lo aceptan —respondió el chico, y su voz estaba rota por una furia antigua—. Porque prefieren vernos muertos antes que unidos. Pero te encontraré, Rose. Aunque tenga que quemar este mundo y el siguiente para llegar a ti.
Desperté sobresaltada, con el sabor de las lágrimas en la boca. Necesitaba aire. Bajé a la cocina a tientas y me serví un vaso de agua, tratando de calmar mi respiración agitada.
—¿Mi niña? ¿Qué haces despierta a estas horas? —Clarisa estaba en el umbral de la cocina, envuelta en su bata, con una expresión de terror puro al verme allí.
—Vine por un vaso de agua... Tía, la verdad es que he estado teniendo unos sueños muy raros —confesé, apoyándome en la encimera.
—¿Cómo que raros? —preguntó ella, acercándose lentamente.
—Sueño que estoy enamorada de alguien, pero esa persona siempre se va. Siempre hay hombres persiguiéndome, siempre termino muriendo o despertando justo antes de que me atrapen. Y hoy... hoy escuché su voz con una claridad que me asusta.
Clarisa palideció visiblemente. Sus manos comenzaron a temblar.
—¿Cuándo... cuándo comenzaron estos sueños, Rose?
—Hace una semana, más o menos. Pero cada noche son más reales.
—Dios mío... —susurró ella, llevándose una mano a la boca.
—¿Ocurre algo, tía? ¿Por qué te pones así?
Clarisa pareció recobrar el sentido y forzó una sonrisa temblorosa que no llegó a sus ojos.
—No, mi cielo. No es nada. Es solo que me preocupa que no estés descansando bien. Vuelve a dormir, por favor. Mañana será un día largo.
Me dio un beso frío en la frente y me empujó suavemente hacia las escaleras. Mientras subía, miré hacia atrás. Clarisa seguía en la cocina, inmóvil, mirando hacia la oscuridad del jardín como si esperara ver a un fantasma emerger de entre los árboles.
Sabía que me ocultaban algo. Pero lo que más me aterraba era que, por primera vez, el nombre "Dagmar" no se sentía como el de un extraño, sino como una palabra que mi alma llevaba gritando durante siglos…
Vancouver siempre me había parecido una ciudad atrapada entre dos mundos: la modernidad de sus rascacielos de cristal y la fuerza indómita de sus bosques y el océano. Para mis tías, este lugar era solo una parada más en una huida que yo no terminaba de comprender. Habíamos vivido en Londres, en Praga, en pequeñas villas de los Alpes y en ciudades ruidosas de Asia. Mi infancia fue un collage de pasaportes sellados y maletas hechas a toda prisa. Nunca entendí su obsesión por mudarse cada dos o tres años, como si algo —o alguien— les pisara los talones.
Esta vez, sin embargo, me puse firme. Al cumplir los veinticinco, les supliqué que nos quedáramos en un solo lugar hasta que terminara mis estudios. Quería raíces, no solo recuerdos efímeros. Por eso, mi círculo social era casi inexistente; Leslie era mi única y verdadera amiga, la única que había logrado derribar los muros de mi reserva natural.
—Eres un misterio, Rose —me decía a veces, mientras estudiábamos en la biblioteca—. Tienes esa mirada de alguien que ha visto demasiado para su edad.
Yo solía reír por compromiso. Sabía a qué se refería. Soy de piel pálida, con una cascada de cabello rubio que contrasta con mis ojos grises, un rasgo que heredé de mi madre y que, según los chicos de la facultad, resultaba "hipnótico". Para mí, solo eran ojos que reflejaban el cansancio de mil noches sin dormir bien.
Caminaba hacia la facultad de Arte, un edificio de arquitectura neogótica que parecía sacado de una novela de Mary Shelley. Sus gárgolas de piedra y sus arcos ojivales eran mi refugio favorito; sentía que esas paredes antiguas entendían mi soledad mejor que cualquier edificio moderno. Estaba absorta en mis pensamientos, ajustando la correa de mi bolso, cuando el mundo se desequilibró.
Un impacto violento me golpeó el hombro. El aire abandonó mis pulmones mientras caía con brusquedad sobre el pavimento frío.
—¡Eh! ¡Mi bolso! —alcancé a gritar, con la voz quebrada por la sorpresa.
Un hombre encapuchado corría a toda velocidad, perdiéndose entre los callejones laterales del campus. Traté de levantarme, pero el dolor en mi rodilla me hizo tambalear. Varias personas se acercaron a preguntarme si estaba bien, pero mi mirada estaba fija en una silueta que emergió de la nada.
Y apareció Dagmar de la nada , se dispuso a perseguir al tipo. No corría como un hombre normal; se movía con una eficiencia aterradora, como un depredador que ya conocía el camino de su presa. Desapareció tras el ladrón en un parpadeo. Me quedé allí, de pie, temblando ligeramente, convencida de que mi bolso, mis documentos y el poco dinero que llevaba se habían ido para siempre.
Cinco minutos después, él regresó. No estaba agitado. Su respiración era tan calmada como si viniera de un paseo por el parque, a pesar de que su abrigo largo ondeaba con elegancia tras él.
—Esto es tuyo —dijo, extendiendo el bolso hacia mí.
Por primera vez, nuestras miradas se anclaron de forma directa. Sus ojos no eran solo grises; eran una amalgama de plata y humo que parecía atravesar mi carne, mis huesos y llegar hasta el rincón más oculto de mi alma. Sentí un escalofrío violento, una sacudida eléctrica que me recorrió la columna. No era solo miedo; era una sensación de reconocimiento tan profunda que me mareó.
—Sí... gracias —logré articular, tomando el bolso con manos temblorosas—. No debiste ir tras él. Fue... fue muy peligroso. Podría haber tenido un arma.